EL TEATRO COMO LABERINTO.

Dicen los que saben: en los tiempos en que la gente le temía a la religión católica, muchas de las representaciones teatrales no se hacían en edificios diseñados para tal oficio, sino en los atrios de las iglesias. El público veía, dijéramos, el nacimiento de Jesús y comenzaba en la entrada del templo número uno, donde se representaba la Anunciación a María. Luego, se iba caminando detrás de los actores hasta la entrada del templo número dos, donde veía la representación, no sé, de la historia de amor entre San José y la Virgen. Acto seguido, se iba a la entrada del templo número tres, para ver la escena del Nacimiento “en el portal de Belén”. Y así, sucesivamente. Sigue leyendo

“SI EL RIO HABLARA” DEL TEATRO LA CANDELARIA

Un estreno en la sede del Teatro La Candelaria en Bogotá es un triunfo de toda una generación de artistas colombianos. Hay una vibración especial, un ambiente de fiesta, de camaradería, de desorden feliz. Nadie se preocupa por puestos numerados, ni por acomodadores furibundos, ni por la puntualidad, ni por grabaciones con instrucciones o propagandas. Al contrario, se llega a La Candelaria como quien va a un rumba de viejos amigos. Y hay que abrirse paso entre la multitud, estar alerta para conseguir un puesto porque, en un descuido, el que llegó temprano se puede quedar por fuera. Son las reglas del juego. El Teatro La Candelaria es una institución única, irrepetible, terca, a contracorriente, que ha hecho feliz a más de una generación de espectadores y colegas, para demostrar hasta la saciedad cómo se inventan las artes escénicas en un país que todavía cree, desde la izquierda o desde la derecha, que la mejor manera de ser artistas es reproduciendo los modelos probados en las antípodas de nuestro mundo.

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HUECOS EN LOS OJOS

¿Estamos autorizados a mostrar en el mundo del arte las atrocidades del presente? ¿Tenemos que esperar a que pase un tiempo (¿cuánto? ¿meses? ¿años? ¿una generación?) para poder hablar del horror en términos estéticos? Al parecer, el mundo de la plástica tiene resuelto este problema desde hace mucho tiempo. Gracias a su estatismo, a su cómoda quietud, al negocio del escándalo, los (¿cómo llamarlos?) pintores, escultores, perfomers, videoartistas y demás, se sienten en la obligación de darle cachetadas a los espectadores. El que no provoca, no gana. Y ya están instalados, desde hace rato, en el presente. Por el contrario, a las llamadas artes de la representación les cuesta mucho más trabajo. Ha habido tantos golpes, tantas militancias urgentes, que hoy por hoy parece ser necesario metaforizar los conflictos para que entren lubricados en los cerebros de los espectadores, cada vez más escépticos.

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¿QUÉ HAY SIN UN NOMBRE?

Shakespeare, a través de Julieta, se preguntaba “¿qué hay en un nombre?” para tratar de encontrar la esencia de las maldiciones. Los siglos pasaron y hoy seguimos aferrados a los nombres como una forma cómoda de sostener conversaciones, de escribir artículos para la prensa, de identificarnos con algo o con alguien. Cuando me cuestionan que en la escena colombiana no han surgido “nuevos nombres” pienso más bien, que los jóvenes artistas consolidan sus esfuerzos con trabajos de otra índole y sus nombres no brillan en nuestras contadas marquesinas, primero porque no les interesa y segundo porque el modelo del artista/autor parece un recurso que cada vez pertenece más al pasado. A pesar de que la escena colombiana de los años setenta se gestó en torno a las utopías colectivas, aún nos referimos a nuestros grandes maestros de las tablas por sus nombres propios (Santiago García, Enrique Buenaventura, Cristóbal Peláez, Fanny Mikey, qué se yo, Patricia Ariza, los hermanos Abderhalden…) y, claro, cuando pasamos al nuevo milenio comienza el desconcierto, porque los viejos ya no van a ver lo que hacen los jóvenes y los jóvenes ya no se preocupan por bautizar a sus semejantes.

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TANGOS PARA ACARICIAR A UTE LEMPER

El año termina en Bogotá con un espectáculo excepcional: el concierto de Ute Lemper en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. Aunque no todos sintieron lo mismo, a juzgar por los comentarios que le oí a algunos asistentes en el intermedio. Debe ser que a ciertos  espectadores del Santo Domingo no les gustan los grandes riesgos y nuestro país, indefectiblemente, cada día es más conservador. A juzgar por los acontecimientos políticos de los últimos días, así parece. Pero me sorprende ver cómo a la gente no le gusta que le cambien las reglas del juego. Recordé, muy para mis afueras, el viejo chiste reaccionario en el que se afirmaba que los toreros deberían ser españoles, el papa romano y los cantantes de tango argentinos. Al parecer, en buena parte del público bogotano se sigue pensando lo mismo, a pesar de que haya toreros suramericanos (o que las corridas de toros las estén acabando), haya papas polacos o alemanes y los tangos se canten hasta en esperanto. Pero no. Por lo visto, aquí nos gustan las tradiciones. En las transmisiones desde el MET neoyorkino que proyecta Cine Colombia en sus salas, ciertos espectadores protestan con óperas tipo “Nixon en China” pero se conmueven con nostálgicas versiones de  “Elixir de Amor” o “La Bohème”. Yo no tengo nada contra las tradiciones, al contrario. En la medida en que me salen más canas, las respeto con mayor gusto. Pero me sigue pareciendo fundamental que en el arte se corran riesgos. Grandes riesgos. Como los que corre una artista descomunal como lo ha sido, como lo es, como lo seguirá siendo, mi amada Ute Lemper.

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