LAS CENIZAS DE BUÑUEL

LAS CENIZAS DE BUÑUEL

El 29 de julio de 1983, el día en que don Luís Buñuel terminó de exhalar su último suspiro, escribí un texto que se llamó Los 120 días de don Luís, publicado por el desaparecido Semanario del también desaparecido diario El Pueblo de Cali (Colombia). El texto era un jugueteo alrededor de las enumeraciones del Marqués de Sade, (el Divino Marqués, según los surrealistas) en Los 120 días de Sodoma y allí recordé el mismo número de imágenes que mi memoria retenía de la vida y milagros de uno de los directores más importantes de la historia del cine. Veinte años después he querido recuperar ese texto, pero éste también ha desaparecido. Ha desaparecido de mis archivos, pero las películas y la gesta vital de don Luís se resisten a huir de mi memoria.

 

Ha pasado mucho tiempo pero, en realidad, veinte años terminan siendo muy poco, como dicen por ahí. La figura de Buñuel se mantiene firme, casi inexpugnable y su leyenda es uno de los referentes más fascinantes en la historia de la cultura del siglo que le tocó vivir. Nacido en 1900, el realizador aragonés fue testigo y protagonista de las grandes aventuras artísticas, no solamente en Europa, sino también en México y en los Estados Unidos, como un continuo creador y provocador de imágenes inquietantes, de películas únicas e irrepetibles, como un destructor implacable de las “conciencias tranquilas”, al decir de su amigo Carlos Fuentes. Al despertar del nuevo milenio, en el año 2000, Buñuel fue el pretexto perfecto par que el mundo se pasease por las grandes transformaciones estéticas vividas en los últimos cien años y en París, en New York, en ciudad de México, en Madrid, en Londres e incluso en Calanda, su pueblo natal, se organizaron exposiciones exhaustivas y proyecciones integrales de las treinta y dos películas que conforman su filmografía. Todo amante del cine guarda como tesoro las inmensas publicaciones realizadas para dicha ocasión: ¡Buñuel!, La mirada del siglo, sólo por citar algunos, son documentos imprescindibles para seguir paso a paso la aventura vital de don Luís y para valorar, al mismo tiempo, el desarrollo de las artes plásticas, de la literatura, del teatro, de la música, de la imágenes en movimiento a lo largo y ancho del desaparecido siglo de las transformaciones.

 

Quien esto escribe ha sufrido, desde muy joven, el terrible síndrome de don Luís Buñuel. Si se padece, se sabe, en carne propia, que es una manifestación incurable. Lo más sensato es aprender a vivir con el síndrome y no llamarse a odiosos arrepentimientos. A lo largo de los años, quien esto escribe ha aprovechado en silencio sus distintos viajes para seguir los pasos sobre las huellas del gran director (por qué me siento tentado a llamarlo también “el gran poeta”?) y las experiencias vitales han sido satisfactorias, tan emocionantes, tan llenas de estímulos, como la ceremonia de ver, una y otra vez, la totalidad de sus películas. No se puede vivir con el síndrome de don Luís Buñuel sin querer vivir lo que se sueña cunado se ven sus films, cuando se leen sus memorias, cuando se leen los libros de Agustín Sánchez Vidal, su mejor estudioso. Cuando se miran los documentales realizados alrededor del “siglo de Buñuel”, se vive la doble sensación de la dicha y de lo inacabado. Uno, como espectador, como lector, siente que algo (le) falta. Por esta razón, entre otras, quien esto escribe, ha terminado persiguiendo en silencio el fantasma de don Luís por distintos lugares del mundo y termina topándose con pequeñas sorpresas. En las líneas que siguen vamos a tratar de consignar los mitos y verdades que se experimentan cuando uno va tras la sombra de un muerto que no cesa.

La cerrada Félix Cuevas

Reviso mi diario (se llama Castigo de la memoria, por si se me olvida). El domingo 4 de agosto de 2001, acompañado del editor y escritor Mario Rey, nos fuimos de turismo cinéfilo – literario por la capital mexicana. Mi gran curiosidad era conocer la casa en que Buñuel, junto a su esposa Jeanne Rucar, vivió por tantos y tantos años. Esto fue lo que escribí: “… Salimos en busca de la cerrada de Félix Cuevas, número 27, en la Colonia del Valle, donde habitó don Luís Buñuel. Después de muchas vueltas, llegamos. En realidad era una “cerrada”, porque la entrada a la calle está interrumpida por una valla. El vigilante nos dejó pasar sin problemas. La calle es completamente anodina, como de conjunto residencial moderno, sin ningún tipo de ostentación ni de rasgo particular. Es más, era bastante decepcionante. Como todas las casas que habíamos conocido este día, el número 27 también estaba protegido por un muro. En la actualidad no queda ningún recuerdo de don Luís. Ahora hay unas oficinas. La familia que cuida la casa los fines de semana, no nos quería dejar entrar. Les insistimos, les dimos plata. Los convencimos. Por dentro, el paisaje era harto diferente. Había un jardín muy acogedor, un asador, distintas escaleras y una disposición un tanto laberíntica en su interior. El vigilante nos comentó que existió la idea de hacer un museo Buñuel en aquel sitio, pero que nadie se había puesto de acuerdo en la concretización de la idea. Nos tomamos la foto respectiva. Yo estaba muy emocionado porque, en realidad, era el sitio que con mayor curiosidad y reverencia quería conocer. Me imagino que a don Luís este tipo de fetichismos poco le hubiera interesado. Pero don Luís ya se fue de este mundo y yo puedo hacer lo que me venga en gana con los seres queridos. Los seres queridos! Se habrá imaginado alguna vez, Buñuel, que en un lejano país llamado Colombia lo admiraban tanto? Bueno, de Colombia si supo don Luís. Si no, baste con mirar el final de El, una de sus obras maestras mexicanas (en realidad, es la que más me gusta de sus películas americanas: ese hombre paranoico que se obsesiona por los pies de una virgen, que se casa con ella y, en la noche, en el tren, cuando la va a desflorar y ella se excita, interrumpe el coito para decirle: “en quien estás pensando?!”, o las terribles agujas que atraviesa Él, el héroe, a través del ojo de la cerradura del cuarto nupcial, para evitar que alguien los esté mirando…) o las tres menciones que hace de mi país en sus memorias, Mi último suspiro. Todas las menciones, por lo demás, relativas a la violencia. Salimos satisfechos. Yo sentía que había atravesado la Vía Láctea…”

 

Ahora que lo pienso, la visita a la casa de Buñuel fue algo más que un capricho de la curiosidad. Así como los musulmanes van a La Meca, los católicos al Vaticano o los sicarios a la tumba de Pablo Escobar, los que no creemos en nada nos aferramos a sitios insulsos, a una oficina de una compañía de seguros, donde antes vivió un aragonés fascinante quien mucho antes había cercenado el ojo de un bovino para crear una de las ilusiones más desconcertantes en la historia de las imágenes. Creo que a Buñuel le hubiese gustado que en su casa estuviesen ahora las oficinas de una compañía de seguros. Nadie va de peregrinación a una oficina.

 

Desde que se supo la noticia de la desaparición de don Luís, la pregunta que uno se hacía era: dónde quedaron sus restos? Dónde se puede ir a visitar su tumba, como se hace con los cadáveres ilustres en París, ciudad diseñada para la necrofilia? En las exquisitas (y muy poco conocidas: de hecho, traté de conseguirlas en México y no existían por ningún lado) memorias de Jeanne Rucar, tituladas Retrato de una mujer sin piano (Dios mío, había escrito Retrato de una mujer sin cola. Que el demonio de los surrealistas me perdone) ella confiesa (o se abstiene de confesar) que prefiere no revelar dónde se encuentran las cenizas de su marido. Muy curioso, traté de averiguarlo en México y una tarde, el periodista Alfonso Bullé Joyri me contó una historia muy divertida. De repente la estoy adaptando para las circunstancias, pero me parece pertinente. Mi amigo me contó que, el día del entierro de don Luís, XXX (evito su nombre por razones obvias: no lo recuerdo) llegó retrasado a las exequias, por culpa de uno de los eternos embotellamientos de la capital mexicana. En el cementerio, buscó desesperado el pabellón donde deberían estar los deudos y, después de varias pesquisas, se encontró en el lugar indicado. Allí estaba un sacerdote, un tanto disgustado. XXX le preguntó por el velorio de Luís Buñuel y el cura le informó que ya había terminado. “Usted es familiar del difunto?”, le preguntó el reverendo. “Sí”, mintió XXX. “Pues le pido un favor. Los que vinieron a la ceremonia insistieron tanto en que esto debería ser tan sobrio que, cuando todo terminó, se les olvidó llevarse las cenizas. Sería usted tan amable de entregárselas a la viuda?” El representante de la iglesia fue por una discreta cajita y se la dejó en las manos a XXX. Era un viernes. Durante todo el fin de semana, XXX estuvo sin dormir, con las cenizas de Buñuel en su cuarto. Supongo que, el lunes siguiente, las entregó a los directamente interesados. Aunque uno nunca sabe. Tiempo después, un amigo editor me informó que los restos del director de El ángel exterminador reposan en el cementerio de la Vera Cruz, en el centro del D.F. Puede que sea cierto, pero yo no le creí. Para mí, don Luís Buñuel descansa debajo de la cama de XXX. Es una explicación mucho más sensata. Al fin y al cabo, a quién diablos le importa? Si queda alguna duda, lo mejor es remitirse a Mi último suspiro cuando Buñuel, cita, anticita, anticipa, en el capítulo final, sus mejores recuerdos de la muerte.

Le passage Jouffroy

Todo conocedor de la obra de Buñuel sabe que la secuencia final de Ese oscuro objeto del deseo, en la que Carole Bouquet y Fernando Rey caminan por un centro comercial y ven a una mujer (que recuerda La encajera de Vermeer) en una vitrina, bordando un encaje ensangrentado, es la última que filmó el gran cineasta. El mapa de ruta para descubrir los lugares santos de una posible peregrinación buñueliana está, por supuesto, en sus memorias. Pero también hay que guiarse por los textos del ya citado Sánchez Vidal, radiografías fascinantes de una pasión, en especial en el que descodifica toda su filmografía y en el inmenso fresco titulado Buñuel, Lorca, Dalí: el enigma sin fin. Y, para llegar a este sitio maravilloso, hay que leer con atención dichos textos y encontrar la referencia del Passage Jouffroy, en el Barrio Latino, donde, según supone el realizador, sus padres pasaron su luna de miel y allí lo concibieron.

 

Todos los caminos de Luís Buñuel conducen a París. Y, por lo visto, desde el vientre de su madre (Conchita se llamaba? No: ese es el nombre de su última heroína, interpretada por el doble reparto Bouquet-Ángela Molina) la capital francesa ya estaba dentro de sus planes. Hoy, el passage Jouffroy tiene muy poco que ver con el sitio idílico que sirvió de templo de la luna de miel de los Buñuel Portóles. Pero es un signo para los que vamos a repetir sus pasos. No es muy fácil identificar París en sus películas, porque en ellas no están las señales obvias de una guía turística. Hay que ir detrás de sus claves. Pero París se cuela, de un momento a otro, en sus sueños filmados. Porque sí. Casi siempre que aparece París en el cine de Buñuel, aparece haciendo referencia a un viaje interior, incluso a una pesadilla. Piénsese por ejemplo en su primera película, la insuperable Un chien andalou de 1928, coescrita con Dalí, toda ella filmada en estudios franceses y donde, por supuesto, el secreto misterio de la invención fluye por cada uno de sus fotogramas. Muchos años pasarán antes de que Buñuel vuelva a Francia. Sin embargo, en su periplo como cómplice de los surrealistas, primero en la Place Clichy, luego en Montparnasse, permanece fijo en su memoria y, de alguna manera, en su actitud como realizador. De hecho, se podría decir que el único cineasta total del surrealismo fue Luís Buñuel, por encima de los episódicos experimentos de sus miembros más frecuentes.

Pasarían muchos años, decíamos, antes de que sus películas volvieran a hablar en francés, si nos atenemos a que en L ‘age d’or no se hablaba, sino que se musitaba. Cela s’appelle I’aurore y La mort en ce jardín son películas poco recordadas pero que poseen, como todo su cine, momentos contundentes. En especial la última, donde las víctimas de un accidente de aviación reproducen su vida aristocrática en medio de la selva, con las ruinas de la tragedia. Pero sería a partir de Le journal d’une femme de chambre que Buñuel volvería a ser, en toda la extensión del término, un realizador francés. Es, además, el momento en el que comienza su colaboración con Jean-Claude Carriére, quien lo acompañaría en su aventura creativa hasta sus últimos suspiros. De esta época es su especie de tetralogía final, compuesta por La voie lactée, Le charme discret de la bourgeoisie, Le fantôme de la liberté y el ya citado Cet obscur objet du désir. Bueno, pero también estaba Belle de Jour, que don Luís banaliza en sus memorias e incluso Tristana que, a pesar de ocurrir toda en Toledo, la hemos visto siempre doblada al francés, la lengua madre de su actriz protagonista, la gélida Catherine Deneuve.

Qué es entonces Francia para Buñuel? A mi modo de ver, es la esencia, la nostalgia del movimiento surrealista. Si Breton reconocería, muchos años después, que el escándalo en nuestra época ya no existe (afirmación sobre la cual tengo mis dudas: puede que en las artes plásticas y en la poesía el escándalo se haya institucionalizado; pero, en la vida real…) de todas maneras, existe el principio surrealista de la provocación a través de lo insólito, que Buñuel no desampararía ni una sola vez. La ética de los films de don Luís es la ética de sus compañeros generacionales de la Place Blanche. Y esta ética se mantiene en todas las imágenes de su cine: desde la luna recortada por la nube en Un chien andalou, pasando por los films de Filmófono, la veintena de largometrajes hechos bajo la tutela de la industria del cine mexicano hasta, cómo no, el último plano filmado en el Passage Jouffroy, allí, en el París donde Luís Buñuel fue inventado.

El fin de la Edad Media

A España he ido muchas veces, pero nunca me he detenido en Zaragoza. En Zaragoza pasó Buñuel buena parte de su infancia, pero nunca he sabido, a ciencia cierta, dónde voy a descubrir allí su sombra. Se me preguntará: es que usted sólo vive para recorrer los pasos de los muertos? Por supuesto que no. Pero a veces los muertos nos ayudan a hacer los recorridos de manera más sensata. Perdemos menos tiempo.

 

La primera vez que fui a Madrid, le supliqué a mi novia de aquel entonces que me acompañara a la Residencia de Estudiantes, donde Buñuel, Lorca y Dalí se habían conocido, a comienzos de los años 20. Subimos a pie, en una colina un tanto empinada y nos sorprendió un lugar adusto y hermoso, donde una placa reza que, en ese sitio, estudió el poeta andaluz Federico García Lorca. Nada más. El edificio permanece en silencio y, si uno cierra los ojos, puede oír con cierta claridad el ceceo persistente de sus habitantes. La amistad de estos tres cómplices sobrenaturales está contada, hasta la saciedad, por el insuperable libro ya citado de Sánchez Vidal y es imposible añadir nada más al respecto. Lo que sí sorprende, cuando se visita la Residencia de Estudiantes, es cómo semejante lugar puede producir explosiones creativas de tal magnitud, incluso aceptando los niveles de tolerancia que allí se vivían en los años anteriores al cataclismo de la Guerra Civil.

He vuelto a la Residencia de Estudiantes, un año después de la celebración del centenario de Buñuel. Ahora, ha sido adaptada para acoger parte de una inmensa exposición con cartas, libros, fotos, afiches que dan cuenta del paso de Buñuel por dichos pasillos. La atmósfera sigue siendo la misma e incluso me atrevería a jurar que las reformas locativas de la fachada eran las mismas de diez años atrás. O debe ser esa misteriosa sensación del déjà vu, que siempre ataca cuando menos se la busca. Al salir del lugar, uno se dirige al centro de la capital española y allí está el resto de la exposición, mucho más completa y abarcadora. Sorprende aquí, ante todo, los objetos personales de Buñuel y, en especial, sus libros y su correspondencia. Los objetos en vivo, que uno sólo conoce por las citas en textos ya leídos los cuales cobran ahora una nueva sensación de misterio.

El viaje continuó, continúa, en Toledo, una ciudad pequeña y mágica por excelencia, donde acudí, aferrado al brazo de una nueva novia, para no caer. En Toledo, Buñuel y sus alcahuetas juveniles fundaron una suerte de patafísico pacto en el que se comprometían a distintos rituales hedonistas, cada que atravesasen los muros de la ciudad. Por supuesto que Toledo es, existe para el cine, gracias a la adaptación de Tristana, la novela de Galdós que Buñuel hizo con Catherine Deneuve y Fernando Rey, entre otros. El beso necrófilo de la protagonista a uno de los cardenales enterrados en la inmensa catedral se me borra en la memoria multicolor y sólo queda su recuerdo en blanco y negro, gracias a alguna foto que conservo en cualquier libro. Toledo, como pocos lugares en el mundo, posee ese misterio inescrutable que se respira en cada una de sus calles y que Buñuel traduce sin complejos en su película sobre el viejo libre pensador y su mujer con la pierna amputada. Uno puede escuchar los pasos inválidos de Tristana por los laberintos helados de Toledo. Hitchcock, dicen que le dijo a Buñuel, que estaba fascinado por la prótesis de Catherine Deneuve. Uno se fascina de nuevo por las travesuras visuales de don Luís, cuando se visita, así sea por pocas horas, el silencio majestuoso de la villa que fue reinventada por El Greco.

Pero el viaje a la semilla buñueliana se hace cuando se viaja a Calanda. Allí deben estar todos los secretos develados, uno se imagina. Desde que vi la foto de Buñuel golpeando unos tambores, desde que se lee la historia de la Semana Santa en ese pequeño pueblo donde don Luís descubrió la luz, la curiosidad es inmensa, pero demasiado lejana. Será que algún día llegaremos a Calanda? Cómo diablos llegar, nos imaginamos, a ese pueblo que debe estar más escondido que Las Hurdes? Durante muchos años, los tambores de Calanda han retumbado en mi cabeza. Los recuerdo, si la memoria no me falla, en los créditos de Peppermint Frappé de Saura, hace muchos años. Suenan en la muda banda sonora de la prehistoria buñueliana. El hijo de don Luís los ha tratado de inmortalizar en un documental televisivo. Pero la experiencia hay que vivirla in situ, entre el Jueves y el Sábado Santos, donde los hombres y las mujeres del pueblo empuñan sus baquetas y no paran de redoblar y martillar sus parches, hasta que la sangre no fluya de sus manos. Debo reconocer que, imaginada desde afuera, la experiencia me producía un poco de miedo. Siempre le he temido a las ceremonias del catolicismo, todas tan ligadas al temor de Dios. Y el desafío inmemorial de las gentes de Calanda es una prueba de fuego para demostrar la persistencia de una sumisión.

 

En Calanda estuve este año, el 2003, cuando se conmemoran 20 de la desaparición de don Luís Buñuel. Quien me acompañó a la Residencia de Estudiantes en Madrid, 13 años atrás, ahora es la madre de nuestro único hijo, pobre víctima obligado a soportar los tambores de Calanda. Atravesamos la provincia de Aragón a gran velocidad, en el silencio propio que se vive en toda Semana Santa. De repente, hay que desviarse de la autopista principal y tomar una pequeña carretera. Pero ahora hay un atasco de los mil demonios. A la entrada de Calanda, nos recibe una inmensa valla, con la foto de don Luis Buñuel, golpeando los tambores. El diablo haciendo hostias. Poco a poco, uno va acomodándose en las callejuelas de un pueblo que cada vez es menos medieval y, como pueden sus visitantes, se llega al centro, al epicentro de la percusión. Los habitantes de Calanda se visten, casi todos, con batas púrpura. Algunos llevan bombos, otros, redoblantes. En la plaza principal se da la voz de arranque y todos empiezan a golpear con vehemencia los cuatro, cinco ritmos que se repiten hasta el delirio. De manera espontánea, se van creando distintos grupos que alternan las distintas secuencias y la descarga brama, retumba en el cielo. La sensación es fascinante y uno se deja llevar por el tableteo de los tambores que estalla en el cerebro y produce emociones que van mucho más allá del delirio místico.

Mientras truenan los quinientos parches de Calanda, caminamos por sus calles. En un almacén de fotografía, vemos en la vitrina unas fotos donde se alcanza a ver al director de Las Hurdes en el palco central del pueblo, acompañado por Fernando Rey, supongo que a inicios de los años setenta. Mas adelante, descubrimos las puertas del Centro Cultural Luís Buñuel, donde un busto del cineasta nos recibe sin emoción. A lo lejos, rataplam! Cataplum! Rataplam! Cataplum! Rataplam! Rataplam! Cataplum! Cataplum!, hasta el paroxismo. Me parece un excelente fondo musical para entrar al Museo. La colección no cuenta con muchos objetos originales, pero sí es muy original la disposición de cada uno de los espacios, donde reproducen atmósferas de distintas películas, como la mesa con los inodoros de El fantasma de la libertad o los distintos iconos que identifican cada uno de los títulos de sus films. A las tres de la tarde, uno se da cuenta que es falso que los tambores truenen sin cesar. A las tres de la tarde, como en toda España., las gentes se retiran a merendar a sus casas y a hacer la siesta. Se retiran, me imagino, a tomar impulso para la jornada de la noche. Y la jornada de la noche son las inmensas, las infinitas procesiones, los lacónicos pasos, los encapuchados, los centuriones, negros, los niños llevando cruces a cuestas, las señoras portando vírgenes dolorosas, los tambores con sus parches sangrando por las manos que sangran. Veo el nombre de la calle que tengo al frente: Calle Luís Buñuel. Durante dos horas, desfilan ante los ojos de los turistas las pancartas con la efigie de la muerte, esqueletos siniestros, grupos de encapuchados blancos, encapuchados marrones, encapuchados morados, encapuchados que recuerdan al Ku Klux Klan, el Ku Klux Klan que recuerda a los encapuchados cristianos. Mi hijo se sienta en la acera y no quiere ver más el desfile. Cierra los ojos y se tapa los oídos con las manos. “Valor, Federico”, le digo. “Si soportas los tambores de Calanda, tendrás un sitio en el cielo, podrás pecar por el resto de tus días. Dios te perdonará porque ya has pasado la prueba máxima”. “No, papá”, me dice. “Prefiero ser un santo en casa. Sácame de aquí, por favor, sabía que ibas a castigarme, pero no pensé que fueran tantas mis culpas. Yo no quiero estar aquí!”

Hacia la medianoche, huimos de Calanda, a dormir en Calaceite. Recordé que allí tenia su casa de campo (su Casa de campo) José Donoso (cuánto se parece Coronación al mundo de Buñuel!) A lo lejos, retumbaban los bombos. Aún en el hotel, seguían golpeando en nuestras sienes, como cuando se regresa de una fiesta, en la que se ha estado con los parlantes en las orejas. Mi hijo se quedó dormido. Yo permanecí mirando el cielo, esperando que, detrás de una nube, la luna comenzara a desangrarse.

El cine dentro del cine dentro del cine

He visto el documental de Sylvia Mont sobre Gala. Se busca su presencia, desde la lejanísima Kazan, donde ya no hay ni rastros de su nombre, hasta las orillas azules de Port Lligat. En la película, aparece el admirado Agustín Sánchez Vidal, recordando los años en los que Buñuel visita a Dalí en la Costa Brava. Es la época en la que Gala abandona a Paul Éluard y a su hija Cécile (a quien no volverá a ver nunca más, ni en su lecho de muerte) para dedicarse a convertir a Salvador Dalí en Ávida Dollars. El chiste es de don Luís y es repetido en el film por alguno de los entrevistados. Según cuenta la leyenda, Buñuel trató de estrangular a Gala, porque no se la soportaba. Allí dizque comenzó el final de la relación entre él y su compañero de la Residencia de Estudiantes. Buñuel desaparece de la vida de Dalí para siempre, pero las huellas, los guiños, las burlas, los juguetees, se mantendrán por siempre, en la obra de uno y otro. De García Lorca… queda la muerte.

Ahora me pregunto: qué queda de las cenizas de Buñuel? Quién es Buñuel para alguien que nació en 1983, el año de su desaparición? Yo recomiendo siempre, como manual de instrucciones para su laberinto, la lectura de Mi último suspiro, uno de los mejores libros de memorias jamás escritos. A partir de allí hay que ver, por supuesto, sus películas. Y, de seguro, las imágenes van instalándose, poco a poco, en la cabeza de quien quiera eternizarlas. Cito ahora de memoria. Si pienso en el cine de Buñuel, en qué pienso? Pienso, por supuesto, en el ojo cercenado de El perro andaluz. Pienso en la mano llena de hormigas, en los burros podridos encima de unos pianos que son arrastrados por las cuerdas del hombre atribulado. Pienso en los esqueletos de los arzobispos y en la lucha de los escorpiones de La edad de Oro. Pienso en la miseria sin fin de Las Hurdes que, muchos años después, ha sido puesta en tela de juicio en un documental por sus propios habitantes. Pienso en los sonidos cascados de La hija de Juan Simón y Don Quintín el amargao, sus películas fantasma realizadas en España en los años treinta. Pienso en su inmenso período mexicano: en Libertad Lamarque cantando en Gran casino, en el burgués desencantado de El gran calavera, en los retos melodramáticos de El río y la muerte, en Una mujer sin amor, que Buñuel consideraba su peor película y que a mí me pareció perfecta, pienso en el humor de La ilusión viaja en tranvía, en los sueños de Subida al cielo, en las piernas de la protagonista en Susana (tan parecida a La mansión de Araucaima!), pienso en el campanario de El, en las particulares cumbres borrascosas de Abismos de pasión, en el inválido de Los olvidados, en los aristócratas hacinados de El ángel exterminador. Pienso en la María Félix de Los ambiciosos y en el ingenuo erotismo de La joven. Pienso en la soledad de Robinson Crusoe y en su particular entomología. Cambio de idioma y pienso en la fascinación por los botines de la señorita Moreau en El diario de una camarera. Pienso en la cara embarrada de Catherine Deneuve y en la misteriosa cajita de Belle de Jour. Pienso en cada uno de los planos de Viridiana, película perfecta. Pienso en la cabeza colgante de Fernando Rey en Tristana y en los pechos nunca vistos de su protagonista. Pienso en el camino de Santiago en La vía láctea, en el camino a ninguna parte de El discreto encanto de la burguesía, en los relatos laberínticos de El fantasma de la libertad, en el viejo utilizado por una jovencita en Ese obscuro objeto del deseo.

 

Pienso, por último, que Buñuel es demasiado grande para resumirlo en unos cuantos recorridos, en unas breves citas. Quisiera, eso sí, que a los veinte años de su desaparición, revisemos su obra, y descubramos, quién lo creyera, que el cine no hubiera existido, como lo conocemos hoy en día, sin los fotogramas eternos del hombre que rasgó los parches de los tambores de Calanda.

(Barcelona, 29 de julio de 2003)

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