La puesta en escena de las ideas

Ver en revista El Malpensante.

Hace diez años me informaron que habría un encuentro literario de alto vuelo en Cartagena de Indias, con conferencias de una hora, invitados de primera línea y actividades sanctas y non sanctas hasta altas horas de la madrugada. Allá llegué, sin conocer mayores detalles al respecto, salvo la firme convicción de conocer a Enrique Vila-Matas, a la sazón y hasta el presente, uno de los escritores por los que no ahorro ni una línea. He vuelto al Hay Festival en distintas ocasiones, unas veces como invitado, otras como simple espectador, otras como artista acompañante. Y siempre, la sensación es la

misma: unas ganas efímeras de reconciliarme con el mundo, a pesar de que llegue gente que uno se pregunta qué diablos estará haciendo aquí. No importa. Siempre tengo la satisfacción de acumular ideas, de devorarme el tiempo, porque los festivales y los encuentros tienen ese encanto de la concentración, de exigir el esfuerzo por inventariar los temas de conversación y luego salir a respirar profundo. Al fondo estará siempre ese lejanísimo misterio que se llama el mar, protegiéndonos durante tres días como telón de fondo, hasta que se vuelve a la rutina de las incertidumbres y la pompa de jabón estalla al regreso de nuestra impredecible realidad.

¿Que el Hay Festival es un espectáculo? Por supuesto que lo es y no veo nada malo en que lo sea. Lo fue desde sus orígenes, en el lejanísimo pueblo de Hay-On-Wye, en Gales donde, según la leyenda, hay más librerías que seres humanos. Allí, en ese diminuto paraíso, también el Festival es un espectáculo, donde los escritores son las estrellas y el público hace largas filas para escucharlos. Recuerdo, hace muchísimos años, al desaparecido Manuel Puig cuando le preguntaron, en un encuentro de cultores de la pluma, si la literatura se estaba “comercializando” demasiado y Puig, con su voz de serpentina rosada, respondió que le parecía muy bien porque, de todas maneras, serían esfuerzos mínimos de promoción, comparados con los que se invierten en una estrella del fútbol o en un cantante pop. No. Yo tampoco tengo nada contra estos grandes eventos donde la cultura se convierte en un tema de moda, cuando todo el mundo está en función de una obra de teatro, de la retrospectiva de un gran cineasta, de las nuevas tendencias de las artes plásticas o de las polémicas en torno a la más reciente novela de, digamos, Javier Cercas. Deberían existir cien festivales similares al Hay, en un país donde los programas de opinión, hablando noche a noche sobre el conflicto armado, son el único aporte cultural a sus ciudadanos.

El mundillo intelectual en Colombia se divide entre los que se indignan con el Hay Festival y sus devotos seguidores. Con los primeros, están los que consideran que quien hace negocios con la cultura es un infame y que ésta debería financiarse sola, como si para producir arte sólo se necesitara un papel y un bolígrafo de mil pesos. Para que exista el teatro, la danza, las orquestas o los espectáculos escénicos; para que los artistas conceptuales vivan o sobrevivan; para que los poetas, en fin, coman y escriban y compren el papel y el bolígrafo de mil pesos, se necesita que tanto el Estado como la empresa privada invierta en la cultura. Y entre más invierta y entre más eventos haya donde la inteligencia se esfuerce, mucho mejor. Tanto para los artistas, como para el público que asiste y disfruta de ellos. De otro lado, están los que van al Hay Festival y lo adoran desde sus inicios, sin necesidad de publicitarlo ni de inventarse grandes debates epistemológicos. Pongo un ejemplo sencillo que, sin embargo, me encanta: conozco un grupo de personas que van a Cartagena desde el primer Hay. En principio eran, más o menos, unos diez. Atraídos por la idea de pasar un fin de semana oyendo a los escritores que les gustan, decidieron ponerse una cita en la capital de Bolívar, pagarse un hotel de paso, beber licores baratos y reunirse en las noches a comentar los acontecimientos del día. La experiencia les encantó. Decidieron inventarse un club secreto que, año tras año, se reúne en el Hay de Cartagena y hacen siempre lo mismo, van a los mismos hoteles de paso, beben los mismos licores baratos y se reúnen en los mismos restaurantes a comentar los acontecimientos del día. Así ha sido durante diez años. En este tiempo, algunos se han casado, otros se han separado, uno de ellos publicó una novela, otro se dedicó al teatro, una dirigió algunos documentales. Este año me comentan que el grupo supera las 30 personas. Yo los veo desde la distancia y les envidio su constancia, aunque no puedo seguirlos, porque en los festivales prefiero la soledad o la discreta vida en pareja. Ellos no. Por el contrario, les encanta la cultura a gritos y la cita anual que tienen en el Hay Festival ellos la celebran sin limitaciones morales y han aprendido a ser felices sin hacerse demasiadas preguntas al respecto.

En mi caso, no he tenido la fortuna de asistir a todas las ediciones de la cita cartagenera pero, cuando puedo hacerlo, soy tan feliz como cuando consigo ir al Festival de Cine de la misma ciudad. Para este último evento, lo hago desde 1979 y siempre experimento una secreta tristeza cuando el tiempo no me permite acudir a esas maratones que no puedo evitar el hecho de decir que me fascinan. Entre el 29 de enero y el 1 de febrero, por segunda vez en mi vida, he sido invitado al Hay, esta vez para participar en tres eventos (“Nuevas tendencias del teatro”, “Cine y literatura”, “Los libros y el rock”) que resultaron deliciosos, tanto para mis compañeros de mesa (José Sanchis Sinisterra, Fabio Rubiano; Sergio Cabrera, Ignacio Martínez de Pisón; Jacobo Celnik…) como para el público asistente. En Bogotá, que vivimos inundados de coloquios y lanzamientos, es difícil, muy difícil, la masiva asistencia del público a eventos similares que, por lo demás, casi siempre son gratuitos. En Cartagena, a pesar del hecho de que hay que pagar una económica suma en cada “conversatorio”, todas las salas y teatros viven llenas hasta las vigas, hay que comprar con meses de anticipación las entradas y los revendedores se aprovechan del asunto para hacer sus travesuras.

No, no defiendo ni al Hay Festival, ni al Festival de Cine, ni al Festival Iberoamericano de Teatro, por el simple hecho de que allí participo. Al contrario: participo en ellos porque me parece fundamental que estos eventos existan, en lugar de soportar un país donde sólo se justifican los presupuestos de diversión cuando está de por medio el fútbol o la música popular. Este año, finalizando el mes de enero, la cita del Hay contó con presencias fascinantes como las de J. M. G. Le Clézio, Juan Villoro, Brian Eno, Sylvie Simmons, Petros Markaris, Almudena Grandes o Steven Pinker, solo por citar algunos, en medio de la centena de invitados nacionales e internacionales. Todos ellos condimentados por la ubicua genialidad de Daniel Mordzinski, el fotógrafo que pareciera haber nacido, como la canción de John Lennon, con ojos calidoscópicos. Creo que estos diez años han servido para consolidar un acontecimiento imprescindible en Colombia. Porque celebramos que haya Hays en el Reino Unido, en México, en España, en India, en el Líbano o en Nigeria. Pero, en nuestro caso, es un triunfo de la persistencia el hecho de que, en diez años, se mantenga un evento por el que no se esperaba más que un curioso experimento de un solo fin de semana. Ahora, el Hay Festival de Cartagena se ha convertido en una necesidad para todos aquellos que, sin prejuicios ni toga y birrete, necesitamos de las lentejuelas de la inteligencia. Hoy, de regreso al vértigo bogotano, con una rodilla hinchada y un bastón que guía mis pasos, sólo espero que el Hay Festival se compadezca de los mortales y no nos obligue a bailar por techos y paredes. La felicidad tiene sus consecuencias.

Siempre he dicho que el secreto de eventos como el Hay está en los moderadores. Este año, acepté gustoso el reto de serlo en tres oportunidades, porque no me gusta criticar desde el vacío, sino exigiéndome a fondo, colaborando desde mi trinchera, a pesar de la bursitis o las acechanzas del pánico. He visto, en el pasado, cómo abuchean moderadores que pretenden ser más inteligentes que sus invitados y he aprendido la lección de la prudencia. Me alegra, finalmente, que el Hay se llene no sólo de literatura o de política, sino también de música y, cada vez más, de teatro (“Conferencia sobre la lluvia”) o de cine (“Todos se van”). Este abanico de posibilidades es definitivo cuando Colombia, cada vez más, se acerca a la cultura como una posibilidad de vida y no como un cansado privilegio del anonimato. “La civilización del espectáculo” no siempre es un pecado: también Marito Vargas Llosa ha gozado con ella.

Es una lástima que se acabe el efecto de la anestesia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

20.971 Spam Comments Blocked so far by Spam Free Wordpress

HTML tags are not allowed.