Hermann Nitsch: vísceras y sinfonías

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Nadie sabe si los mexicanos estaban muy pendientes de la resurrección del Accionismo Vienés. Exégetas de la destrucción en el arte, mutiladores de seres vivos, creadores de violentas ceremonias báquicas, los Accionistas se encargaron, en los años sesenta y setenta, en internarse en el escupitajo, el baño de sangre, los ríos de pintura sobre el piso, en una colección de desnudos bañados en el frenesí del desastre. Poco a poco, sus miembros fueron creciendo y sus afanes por desbaratar los andamios de los museos y sus alrededores se fueron generalizando, hasta el punto de que, hoy por hoy, cada cierto tiempo, el arte necesita de posturas iconoclastas similares, para que la provocación y el escándalo continúen pareciendo la forma más efectiva de mantener viva la historia del arte: convirtiendo el acabose en el mejor remplazo de la desaparecida Belleza.

Pero los tiempos pasan y los iconoclastas cambian de nombres: a veces se llaman Living Theatre, a veces Bob Flanagan, a veces Rudolf Schwarzkogler, a veces Rosemberg Sandoval. La piel de los artistas muta sin contemplaciones y sus acciones se convierten en la vida misma. O son asimilados por el establishment, o terminan escondidos debajo de las camas presas del pánico o simplemente se suicidan. Otros, como en el caso del gran artista vienés Hermann Nitsch, pasan del Accionismo a la santidad. Y lo que antes podía ser leído como una forma inmisericorde de épater les bourgeois, hoy por hoy se presenta como la síntesis del trabajo de un anciano venerable que, aun untándose de la sangre de las vísceras, puede convertirse en una suerte de San Pedro de los avernos, mezcla de Walt Whitman y Claude Monet, elevado al santoral de los maestros gracias a la indeclinable profundidad dionisiaca de sus provocaciones.

Quién iba a pensar que, tarde o temprano, la vida terminaría pasándole la cuenta. Las últimas semanas del mes de febrero de 2015 en la capital mexicana, el escándalo ha corrido por cuenta de una exposición antológica de la gesta sangrienta de Hermann Nitsch en el Museo Jumex. Hoy en día, sólo basta que una voz se levante, para que la intolerancia estalle como un reguero de pólvora, hasta el punto de obligar a los responsables de una muestra como la del artista vienés, a tener que cancelarla. Todo comenzó en el portalchange.org donde cualquiera puede protestar con un mensaje que reza lo siguiente: “Una petición es un mensaje público a uno o más tomadores de decisiones, pidiéndoles que hagan algo. Nombra a la persona o grupo que quieres que reciba la petición. Después, podrás agregar su información de contacto para que sean notificados cuando la gente firme”. Y, más adelante, “Pídele al tomador de decisiones de tu petición que haga algo, como si estuvieras hablando directamente con él. Por ejemplo ‘pague a sus trabajadores a tiempo’”. En el caso de la exposición de Hermann Nitsch, bastó la petición de un tal Carlos Silva Ronzón (Los derechos de los animales y el respeto a la vida y hacia ellos debe ser una práctica común en nuestra sociedad. Esta exposición sólo demuestra lo lejos que están algunas personas de este ideal”) para que llovieran todo tipo de comentarios apasionados, defendiendo el respeto por los animales y las acusaciones de “depravado” hacia el silencioso Hermann Nitsch. Inútiles fueron las aclaraciones del responsable de la exposición, insistiendo en que no habría sangre en la muestra mexicana. Los dueños de Jumex (Jugos Mexicanos) prefirieron no correr el riesgo y cancelaron la muestra. Nitsch, de 77 años, que ya había llegado al DF, terminó en una clínica, víctima de una afección pulmonar y su estado de salud se mantuvo en reserva.

Nadie se tomó el trabajo de contextualizar los ditirambos finiseculares de Nitsch. Lo que en la XI Bienal de La Habana, con su Aktion135 había resultado una bacanal de los nuevos tiempos, en México ante “la extrema sensibilidad” en que se encuentra la sociedad por culpa de las salvajes masacres del mundo real, prefirieron sacrificar la libertad de expresión, minimizando a un artista y convirtiéndolo, una vez más, en un “Calígula austríaco”, como lo definió alguna vez la defensora de los derechos de los animales, Brigitte Bardot. Lo más triste es que todo este escándalo minimizó el estreno de una obra sinfónica del mismísimo Nitsch (Sinfonía für Mexiko City) concebida especialmente para el espacio Ex Teresa, antigua convento de Santa Teresa La Antigua, cuya hermosa iglesia se ha convertido, hoy por hoy, en un espacio para las más recientes manifestaciones del arte no objetual, incluidos el performance y las distintas formas de la multimedia. Nitsch no solamente es un descuartizador de cerdos. Al mismo tiempo, se ha dado el lujo de componer inmensos frescos orquestales que, como su reciente  sinfonía mexicana, consigue llevar a sus testigos a inmensos paraísos sonoros, de una emotiva solemnidad musical que puede conmover hasta al más recalcitrante fundamentalista religioso.

Al entrar al templo donde se desarrollaría el concierto, una nota continua escapada de algún órgano se sostuvo durante más de media hora, mientras cerca de quinientas personas se acomodaban como podían frente al antiguo altar de la iglesia. En las paredes, frescos descoloridos y columna sin frisos se encargaban de recordar que allí, alguna vez, se celebraron ceremonias católicas. Mientras los cuarenta músicos se organizaban alrededor de cámaras y computadores, en un extremo se repartía mezcal y bandejas con frutas tropicales. En determinado momento, hizo su entrada el apuesto director de la orquesta, el italiano Andrea Cusumano quien, durante años, ha seguido de cerca la producción artística de Hermann Nitsch. Los músicos, situados al mismo tiempo en el altar y de espaldas al conductor, en el balcón donde alguna vez estuvo el órgano de la iglesia, seguían con atención la partitura que, en sí misma, era una obra de arte conceptual. En el programa de mano, podía seguirse la notación de Nitsch, de la misma forma que lo hacían los miembros del Conservatorio Nacional de Música y del Ensamble Liminar, responsables de la interpretación del conjunto. Se rumoraba por los pasillos que, en cualquier momento, Nitsch haría su entrada triunfal al Ex Teresa. Pero nunca sucedió. Al día siguiente, algunos diarios locales informaron que el artista vienés, desde la clínica, “siguió el concierto de manera virtual en una video llamada”.

Todos los asistentes estábamos preparados para lo peor. Esperábamos el descuartizamiento masivo de los músicos, la entrada de una manada de ovejas, como en “El ángel exterminador” de Buñuel, las cuales serían devoradas por una tromba de violinistas sedientos de sangre. Pero nada de esto sucedió. Al contrario, Cuando Cusumano se paró frente a su atril y comenzó a dar sus indicaciones como un guardia de tránsito, el mundo se vino abajo. Sinfonía für Mexiko City era una obra de una hora de tremenda solemnidad, intensa, apasionada, llena de giros teatrales y de momentos de extrañas rancheras metafísicas que molestaron a los más radicales y desconcertaron a los que se les fue la mano en las cantidades de mezcal. El impacto comenzaba con las órdenes del conductor de la orquesta, quien dirigía como si fuera Dios inventándose el mundo. Cruzaba sus brazos en equis, les señalaba a los trompetistas del balcón una letra “C” con su mano izquierda, extendía sus extremidades para dar la señal que daban paso a bruscas interrupciones, para luego inundar la capilla con sonidos atronadores que, sin embargo, nunca fueron cacofónicos. Al contrario, la gran sorpresa de Sinfonía für Mexiko City era su inmensa belleza, una belleza de otros tiempos, un tanto lejana de los cuerpos crucificados, las diarreas de pintura o los cuerpos de los puercos desollados que su creador había impuesto en el pasado.

Al finalizar la obra, después de los atronadores aplausos y cuando el bajo continuo del órgano terminó por fin extinguiéndose, no exageraría en decir que más de uno trató de establecer conexiones entre las vísceras, las pinturas desencajadas y la tremenda y hermosa contención de esta experiencia musical irrepetible. Nitsch hablaba, en algún momento de su vida, del “Teatro de Orgías y Misterios”. A no dudarlo, su sinfonía mexicana es una simbiosis de representación teatral, de performance, de instalación plástica, de arquitectura expandida, de concierto de final de los tiempos, de solemne instinto de catedral gótica. Uno se pregunta entonces en dónde están los límites entre la belleza y el asco, de la tolerancia y del sacrificio, de los asados argentinos y de los museos de arte contemporáneo, de las corridas de toros y de la Fundación Jumex, del suicidio asistido y de la flagelación en público. ¿La muerte del arte implica que el péndulo, poco a poco, está dando una vuelta de 360 grados, hasta devolver la experiencia a los inicios del mundo, a los ditirambos, a las catacumbas, a las iglesias medievales, al cuerpo y la sangre de los sacrificios? No lo sabemos pero, mientras continúan los debates y los silicios, celebremos el triunfo de la música de Hermann Nitsch, al conseguir ingresar la sangre de las orgías en los herméticos claustros celestiales.

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