El viaje sentimental de Ringo Starr

Paz y Amor modelo 2015

Ver en Revista El Malpensante.

Mi papá murió a los 72 años de edad. Estaba triste, abatido, muy enfermo, furioso con el destino, sin decirlo, después de haber sido una de las personas más divertidas que conocí. Cuando mi papá tenía, qué se yo, 30 años menos, nos observaba en la distancia, a mis primos y a mí, comprando discos y esperando las remesas de familiares ricos que nos traían los acetatos que no se podían conseguir en Colombia. En realidad, ninguno de los acetatos que queríamos se podía conseguir en Colombia. Entre ellos, estaban los discos de los exbeatles. Cuando John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr se separaron, ni mis primos ni yo soltamos ninguna lágrima. Primero, porque éramos muy niños y cuando se es niño no se llora porque se separen los Beatles. Pero, cuando tuvimos uso de razón nos dimos cuenta de que, desde el álbum Revolver, los Beatles ya estaban separados. Así que, en vez de llorar, nos dedicamos a aprendernos de memoria los prodigios de All Things Must Pass, de Plastic Ono Band, de McCartney I y, cómo no, del primer disco en solitario de Ringo Starr llamado Sentimental Journey, publicado una semana después del anuncio del futuro sir Paul de que abandonaba las toldas del cuarteto. “Lo hice para mi mamá”, dijo Ringo, cuando todo el mundo le cayó encima por su debut en solitario, con un disco de canciones de la vieja guardia. A mí me gusta mucho y lo oigo al escondido, cuando nadie se da cuenta, al igual que Beaucoups of Blues, su segundo álbum grabado en Nashville, plagado de canciones country & western. Sí, nos gustaba, a mis primos y a mí, esa relajación total de Mr. Richard Starkey, lejos de las grandilocuencias y las competencias de sus paisanos de Liverpool, gozándose las noches, la música y el cine sin demasiadas agendas, sin vergüenza, consumiendo lo que debería consumirse en la época para ser feliz y rodeándose de exquisitas damiselas de largo alcance.

La vida siguió y, contra todos los pronósticos, John Lennon fue asesinado, George Harrison fue llamado por Krishna a través de un cáncer y Paul McCartney fue remplazado, en 1966, por un doble que canta y compone mejor que Paul McCartney. El único que sigue ahí, vivito y coleando, más viejo que mi papá cuando murió, es Ringo Starr. Y todo parece indicar que es un hombre feliz. Chiquito, flaquito, barbadito, con un signo de la paz en ambas manos, con su ropita apretada y su amable sonrisa de sobreviviente, Ringo ha vuelto a Suramérica y, para dicha de la nueva Colombia, se ha presentado en Bogotá. Bueno, decir en Bogotá es un eufemismo, porque el Centro Comercial Bima queda más cerca de Liverpool que de la capital de nuestra república y nos hemos tenido que inventar distintas estrategias, los fieles rockeros que perseguimos estrellas en el firmamento, para llegar a la cita. Pero no. No voy a quejarme. Ni voy a protestar, como está de moda en estos tiempos. Ahora se protesta porque los músicos siguen tocando, cuando deberían estar muertos o retirados en un asilo de artistas desahuciados. Yo insisto en que los héroes de los años sesenta han envejecido muy bien e, incluso, han superado con creces sus polcas y sus capules, para convertirse en verdaderos clásicos sin concesiones mediáticas. Allí están David Gilmour, los Stones, Leonard Cohen, Robert Plant, Pete Townshend, en fin, Bob Dylan, que comprueban mis sermones. Ringo Starr forma parte de esa generación de creadores que no pueden vivir sin su oficio, como no podían vivir sin su oficio cuando tenían 20 años. Ahora, con la misma alegría que tenía mi padre en su juventud, Ringo ha sacrificado todos los placeres de la vida para poder dedicarse, exclusivamente, a hacer lo que más le gusta: cantar y tocar la batería. Pero en público, rodeado de gentes, bien sean los sesenta mil de un gran estadio o los dos mil quinientos que fuimos a verlo en los extramuros bogotanos.

Claro. Hubiera sido preferible ver a Ringo en los gloriosos años setenta, cuando publicó sus obras cimeras (el álbum Ringo, Goodnight Vienna…). Pero, en aquellos tiempos, Suramérica no existía en los circuitos de la música y, la verdad, preferíamos la aventura de cazar acetatos imposibles a través de contactos de alta cirugía por desconocidos países anglosajones, que dedicarnos a perseguir estrellas por los escenarios del mundo. Además, éramos pobres. Ahora, cuando todos los que continúan metidos en el negocio de la música son pobres en potencia, la indigencia nos unifica y podemos darnos el lujo de tener a Ringo Starr en Bogotá, imaginarlo en el Museo del Oro comprándole alguna baratija a Barbara Bach (¿todavía es su esposa Barbara Bach?), dándonos la satisfacción en vida de que, si no pudimos ver a los Beatles completos en el Shea Stadium, por lo menos tenemos el consuelo de haber visto a la mitad de ellos (McCartney, Starkey) convertidos en los abuelos felices de lo que ellos mismos representaron. Así que, sin hacernos demasiadas preguntas, tomamos la decisión de gozar el concierto de Ringo Starr y dejar las problemáticas del negocio de la música o los peligros del colonialismo cultural para otros momentos más soporíferos. Como creo en los dioses de la música, no compré ninguna boleta. Me senté a esperar al lado del teléfono. Y el teléfono sonó en el momento justo: una stand-up comedian providencial no podía cancelar su show y me regaló su entrada al concierto, con la condición de que me riera en una de sus próximas presentaciones. Se lo prometí sin problemas y salí corriendo de la felicidad, cantando “Yellow Submarine” por la carrera séptima.

Mis amigos, los que no fueron a la experiencia, no me preguntan: “¿qué tal estuvo el concierto?” sino “¿sí valió la pena gastarse cuatrocientos mil pesos en ese anciano?” Como aspiro a que algún día me declaren caballero de la corte británica, no voy a entrar en esas polémicas. Supongo que estas líneas responden la agresión, sin tener que sacar un guante y cachetear a los indeseables. Solo puedo decir que yo estaba preparado para lo que vi y salí pleno. Conozco los 17 álbumes en solitario de Mr. Starkey, buena parte de las 21 alineaciones de la All Starr Band y me puedo pavonear por los aires reconociendo que he visto el 80 por ciento de las 36 películas en las que Ringo ha asomado sus cotizadísimas narices (¡he visto hasta Sextette, una de las mejores peores películas de la historia del cine, con Mae West, Alice Cooper, Keith Moon, entre otras perlas!). Así que tenía la suficiente autoridad moral de ir a divertirme en un concierto de la vieja guardia, donde terminaría triunfando la persistencia de la memoria y la fidelidad al pasado.

Así debieron sentirse los teloneros, los Villanos de Leyva, viejos y traviesos rockeros locales que tocaron el nirvana con las manos al abrirle el concierto al más grande baterista de todos los tiempos. Sí, ya sé que no es el mejor y que John Bonham y que Stewart Copeland y que blablablá. Pero en marzo del 2015 Ringo Starr era el baterista  más importante de todos los tiempos y felicito a los Villanos por estar tan bien relacionados, para tocar como si fueran primos de la familia Starkey: sin prejuicios y con ganas de gozar, acompañados por un travieso cameo de “el arquitecto de la radio” Willy Vergara. Yo aplaudí a rabiar a los Villanos de Leyva, porque me separé de mis acompañantes y, tras devorarme un perro caliente (nada de whisky: había que ser coherentes con la desintoxicación de Ringo, que le había costado una fortuna), me senté a esperar lo esperado. Una hora antes de lo previsto (se había dicho que la estrella tocaría a las once de la noche pero, a las diez de la noche, se apagaron las luces), Richard Starkey Jr., nacido el 7 de julio de 1940, hijo de Elsie Gleave Parkin y Richard Starkey el mayor, saltó al escenario, todo de negro hasta los pies forrado, con gafas oscuras y sonrisa en sí mayor. En medio de la confusión y del “no lo puedo creer”, no le paré muchas bolas al primer tema, pero supongo que se trataba del “Matchbox” de Carl Perkins con el que abre sus conciertos para rendirle el homenaje a sus maestros. Miles de teléfonos inteligentes tomaban fotos o grababan la aparición del prodigioso extraterrestre de Liverpool, acogiéndolo como a un antiguo amigo, bienvenido Ringo, te estábamos esperando. Con él, ya se ha dicho muchas veces, estaban viejas glorias extraídas del santoral de Santana, de Toto, de Mr. Mister, de Van Halen, el mismísimo Todd Rundgren. Así como, en el pasado, el baterista de los Beatles se rodeó de Billy Preston, de los genios de The Band, de Supertramp, de tantos más. La estrategia es apoyarse en otros y los otros, al mismo tiempo, le hacen la segunda a Ringo Starr en su fiesta sin fin, cantando lo que el público quiere oír y dejando colar novedades que se agradecen porque el mundo ya no está para perder el tiempo, sino para serle fiel a las fidelidades de un presente que siempre termina siendo ayer.

Ringo y su ejército siguió sin dar un respiro con “It Don’t Come Easy”, su primer himno tras la separación de los Beatles. Que es una verdadera delicia, como dicen los apasionados de los pasteles. Y sí, las canciones de Ringo son pasteles, postres para la nostalgia, calditos contra la resaca. Como “Wings”, su tercera canción, guiño a su partner McCartney, grabada en distintos momentos de su vida (En Ringo The 4th, recuperada en Ringo 2012), con su coqueteo con el reggae y con la triste felicidad que solo tiene el misterio de las canciones perfectas. Acto seguido, Mr. Starkey se sentó en la batería y, apoyado en su colega Gregg Bissonnette, acompañaron a Todd Rundgren en su versión de “I Saw The Light”, que tanto emocionó a mi amigo Daniel Casas, quien la cantaba a gritos hasta que le dimos un hot dog para que se calmara. El festival de la nostalgia siguió a cargo de Gregg Rolie en los teclados, con su versión de “Evil Ways”, el clásico de Santana, fielmente emulado por el ex Toto, Steve Lukather, en la guitarra. La versión fue exquisita. Pero debo confesar que a mí me encantaba dejarme llevar por la elegancia de Ringo frente a sus tambores, marcando disciplinadamente el ritmo como tantas veces lo habíamos visto en otras reencarnaciones, en el Concert for Bangladesh, en The Last Waltz, en el Concert for George. Elegancia y fidelidad a los temas, la cual no se perdió en la versión de “Rosanna” que Lukather y el multinstrumentista Warren Ham dignificaron como en la mejor fiesta de los años ochenta. Me encanta ver dos bateristas en simultánea, golpeando al unísono y apoyando con la fidelidad de las musas al resto de su pandilla. Ringo lo hace a la perfección. Sin acrobacias ni tratar de demostrar (nunca se trasnochó por hacerlo) que podía estar en el circo del rocanrol gracias a sus misteriosos artificios. Muchos más esfuerzos hizo Todd Rundgren en el tema siguiente (“Bang The Drum All Day”) martillando unos redoblantes como si estuviera en la banda de guerra del infierno.

Cuando terminaron los amigos, regresó Ringo al micrófono central y se desgajó con el “Boys” de las Shirelles, que adornase en otras épocas los surcos de Please Please Me. Todos contentos. Ya habíamos oído el “Kyrie” del bajista de cinco cuerdas Richard Page, con su voz de querubín y sus tiesas facciones de Mr. Mister, para que la inmersión en el pasado no dejara ninguna duda. Pero las dudas había que disiparlas con los Beatles. Ringo lo sabía muy bien y por eso jugueteó con el piano para darle paso a “Don’t Pass Me By”, su primera composición que rompió con el esquema Lennon/McCartney & Harrison, especial del divino álbum blanco. Viejo tema de cantina de vaqueros decadentes, como estaban casi todos los asistentes al Centro Comercial Bima, acercándonos a la medianoche. El ambiente estaba listo para el submarino amarillo y, claro, todos los que llevaban una botella dorada en el cerebro, a estas alturas aullaron la cancioneta.

Al darme cuenta de que llevaba cuatro páginas de este texto en mi cabeza, decidí correr y simplemente enumerar, enumerar, enumerar la “Black Magic Woman” de Santana, el “Honey Don’t” del eterno Carl Perkins, el “Anthem” pacifista de Ringo 2012, el “You Are Mine” de Mr. Mister Page, mi favorita “Africa”, el “Oye como va” de Santana/Tito Puente sin bemoles, en fin, “Love Is The Answer”, “I Wanna Be Your Man”, “Broken Wings”, “Hold The Line”, la magistral “Photograph”, “Act Naturally”, y cómo no, “With A Little Help From My Friends”. Cerrando todo el asunto, Ringo y sus muchachos entonaron un “Give Peace A Chance” en homenaje a John Lennon que, en realidad, han debido entonar mirando hacia La Habana. Pero, en ese momento, en esa hora y media de descanso nadie estaba mirando ni a La Habana ni a Liverpool ni a Guadalajara de Buga. Yo, al menos, el que decidió perder el tiempo que le queda de vida escribiendo sobre un músico que le alegró la vida a medio planeta y que al otro medio planeta lo dejó mirándose el ombligo en el jardín del pulpo, no pensaba en ninguna geografía concreta. Pensaba, quizás, en mi papá, en el papá de Daniel Casas que había muerto dos semanas atrás. Pensaba en cómo la música nos había salvado de un desastre seguro, gracias a una profunda superficialidad que no tiene precio. Por eso Ringo lleva 74 años aferrado a sus baquetas, antes de ir a acompañar a mi papá, al de Daniel Casas, a John Lennon, a George Harrison. Cuando regresé a casa, después de respirar profundo, le di las gracias a Richard Starkey por estar buscando siempre un símbolo de paz. Así la paz de los humanos sea una triste ilusión óptica. Casi me sirvo un whiskey en su honor. Pero me acordé que debería sentarme a escribir estas líneas. Pero nunca tengo palabras para decir lo feliz que he sido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

20.999 Spam Comments Blocked so far by Spam Free Wordpress

HTML tags are not allowed.