SUDACAS EN BRITANNIA

SUDACAS EN BRITANNIA

(La resurrección de Monty Python)

¿Qué hubiera pasado si, en vez de los españoles, hubiesen sido los británicos? Nadie lo sabe, pero a veces en secreto, muy en secreto, para que no regresemos al temible chantaje de la pesadilla siniestra del visado, los colombianos hemos especulado con la idea de una Suramérica Británica. Pero, por desgracia, no se pueden sacar conclusiones sobre lo desconocido. De lo que sí puedo dar fe ciega, por lo pronto, es de cuándo llegaron los Beatles a Buga. En todas partes del universo, cada ser humano  con una mínima sensibilidad sabe en qué momento oyó por primera vez alguna canción de los Fab Four. En mi caso, siempre me ha atraído sobremanera la llegada del cuarteto de Liverpool al Norte del departamento del Valle del Cauca. Y con ellos, se coló la invasión británica. Para los que no lo saben, Buga, conocida como “la ciudad señora”, es una población en el occidente colombiano, a una hora de la gloriosa Santiago de Cali, cuyo principal atractivo turístico es la Basílica del Señor de los Milagros, en la que se encuentra la efigie de un Cristo agonizante que, según la leyenda, empezó siendo del tamaño de una caja de fósforos hasta alcanzar  la estatura real del hijo de Dios. De sus proezas sobrenaturales puedo dar constancia, a no dudarlo. Y la principal, ya no me cabe la menor duda es que, entre sus habitantes, hay quienes cantan la totalidad de las canciones del cuarteto de Liverpool con mayor vehemencia que en las orillas del Mersey.

Pongo el ejemplo de la familia Renjifo, la cual conozco desde antes de nacer. Melómanos furibundos, en su colección de acetatos había una sección para la música inglesa, dándole especial relieve a los discos de Georg Friedrich Händel. “Pero si era alemán”, nos atrevíamos a musitar algunos valientes. No. No importaba. Para los Renjifo, el Messiah era un oratorio tan británico como Shakespeare y cada vez que sonaba el “Hallelujah”, se ponían de pie con la mano en el pecho, como lo hacen los ingleses en el Royal Albert Hall. En fin, resumiendo, a la discoteca de la familia Renjifo llegaron, promediando la década del sesenta, los primeros discos de los Beatles. A partir de ese momento, el mundo cambió. Oían las transmisiones radiales en español de la BBC a horas inverosímiles, tratando de entender de qué se trataba ese nuevo prodigio. Poco a poco, comenzaron a aceptar que el mundo se dividía en antes y después de Johnpaulgeorgeandringo. Lo sabían todo. Nunca habían ido a Londres, pero sabían las direcciones exactas de la ruta inglesa de los Beatles, su trivia fascinante, sus películas de primeros auxilios y sus amistades peligrosas. Cuando el cuarteto se separó, en 1970, guardaron luto riguroso y empezaron a coleccionar, con mayor vehemencia, todo lo que tuviese que ver con la historia, aún más atrayente, de los enigmáticos ex – Beatles. Fue en ese momento en el que apareció Monty Python en el panorama.

Hay muchas opiniones acerca de lo que se llama, en un repetido eufemismo, el “humor inglés”. Muchas, muchísimas personas, más allá de la isla del encanto, no se lo soportan. Lo consideran una muestra fehaciente de la decadencia de los imperios. En Colombia, para no ir más lejos, rueda un chiste clasista que parece inventado por un británico: se dice que en nuestro país no tenemos identidad, porque los ricos quieren ser ingleses, la clase media quiere parecer gringa, mientras el pueblo añora ser mexicano. Por supuesto que el humor inglés existe, como existe el humor ecuatoriano, el humor francés, o el humor ruso. El problema es que el humor no se traduce. Pertenece al exclusivo juego de las palabras y, cuando se trata de explicar, se desmorona sin contemplaciones. Hay ingleses universales, cuyo humor se puede traducir a todas las lenguas con igual dosis de inteligencia, como el de Oscar Wilde o el de Samuel Beckett, quizás porque ambos eran irlandeses. En el caso del cine, el humor inglés había llegado a Buga, para seguir con nuestro ejemplo, con las películas de Charlie Chaplin. Pero el creador de La quimera del oro dejó Inglaterra demasiado joven e hizo su carrera en America, de la misma forma que otro inmenso humorista, el director católico Alfred Hitchock, hizo la mejor parte de su obra al otro lado del Atlántico. Para los Renjifo, el humor inglés en el cine comenzaba entonces con Peter Sellers, porque no sólo era un actor extraordinario (y, en particular, gracias al film de Blake Edwards La fiesta inolvidable), sino porque se trataba de un estrecho amigo del baterista Ringo Starr, con quien compartió reparto en un film típico del humor inglés de los sesenta titulado The Magic Christian. De la misma forma, el mismo Blake Edwards se encargaría de divulgar, entre los anglófilos Renjifo, a un actor desconocido en nuestros pagos de nombre Dudley Moore, quien se inmortalizaría como inglés universal gracias a la comedia 10: la mujer perfecta. Pero esos eran otros tiempos (no vamos a hablar aquí del humor inglés traducido al español de Benny Hill, o de los gags desopilantes de Mr. Bean, porque nuestros héroes, por lo pronto, serán otros).

Volvamos a los Beatles. El humor inglés y “las escobas que cantan” (como se le conoció al cuarteto de Liverpool en Colombia) intentaron consolidar un matrimonio estable gracias al cine. Y, en particular, gracias al entusiasmo del director Richard Lester que, con A Hard Day’s Night y Help! inauguró una nueva manera de visualizar el mundo de la música pop, recurso que los mismos Beatles se encargarían de desdibujar con el telefilm Magical Mystery Tour. Un año después de las deliciosas imágenes de la película de animación Yellow Submarine de George Dunning, aparecería en la televisión inglesa un grupo de comediantes que se convirtieron, guardadas proporciones, en lo que los Beatles representaban para la música rock: en un nuevo Olimpo, en un conjunto de creadores, suplantadores de Dios. Desde 1969 hasta 1974, el Monty Python’s Flying Circus recogía las frenéticas travesuras de un sexteto de actores y músicos que venía del mundo del teatro universitario (Eric Idle, Michael Palin, John Cleese, Terry Jones, Graham Chapman y el futuro director cinematográfico de origen norteamericano Terry Gilliam) los cuales se encargaron de darle un vuelco de sinceridad y de desparpajo a la televisión inglesa. Las travesuras de los Pythons llegaron a niveles enormes de audiencia y luego trascenderían al mundo del cine y de la literatura, con un éxito descomunal, hasta convertirse en los fundadores de una nueva tradición del humor inglés. Así, mientras los Beatles morían en la terraza de Savile Row en el invierno de 1970, los Monty Python se convertían en el nuevo mito para echar a volar en la cultura británica. Y ¡harto que le debe el Monty Python’s Flying Circus a los gestores del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band! Baste con mirar las descarnadas animaciones de Terry Gilliam y pensar en el Yellow Submarine, para entender lo que son las felices deudas de la creación. Así, el matrimonio Beatle-Python se daría, tarde o temprano, como una fusión necesaria. Pero, por supuesto, no se puede comparar el grado de impacto mundial que los músicos tuvieron con sus canciones esenciales, frente al humor anglosajón del sexteto televisivo. De hecho, la familia Renjifo de Buga sólo supo de la existencia de Monty Python gracias a los Beatles. O mejor, a los ex-Beatles. O mejor, a George Harrison. Si se mira con atención, muchos de los prodigiosos sketches del Monty Python’s Flying Circus tenía sus secretos orígenes en los juegos “surrealistas” de las películas de Richard Lester y el primero en darse cuenta de ello fue el compositor de “Something” y “While My Guitar Gently Weeps”. En la segunda mitad de la década del setenta, un sketch de Eric Idle, alrededor de un grupo de rock imaginario denominado The Rutles, terminaría convirtiéndose en un prodigioso mockumentary con el mismo nombre, en el que se parodiaba la historia de los Beatles, se compusieron canciones similares a las del cuarteto de Liverpool, se filmaron falsos noticieros con encuadres exactos a los de los modelos originales y se terminó produciendo un telefilm que, hoy por hoy, es un clásico del falso documental y, por qué no, de la música rock (en nuestros días, se compran las grabaciones de The Rutles como si fueran discos incunables de los Beatles).

Al firmarse el acta de defunción de la sociedad Lennon-McCartney-Harrison-Starr, cada uno de los miembros del grupo de música más famoso de todos los tiempos eligió su destino. El de George Harrison fue el más extraño. No sólo continuó con sus indagaciones espirituales y su estudio en profundidad de la música india, sino que combinó sus aventuras creativas con una desconcertante pasión por el automovilismo. Así mismo, se internó en la producción cinematográfica hasta el punto, quién lo creyera, de salvarles el pellejo a los mismísimos miembros de Monty Python. Hay una película de culto, que la familia Renjifo guarda como un tesoro, titulada Wonderwall, cuya música fue compuesta por Harrison y su guion, para completar las curiosidades, fue escrito por el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. Hoy por hoy, ya no es un film de culto sino un film oculto: sólo se consigue en Buga. Pero Wonderwall le sirvió al autor de “If I Needed Someone” para que se desinhibiese como gestor de sonidos para el cine. Tras el éxito de Monty Python en televisión, comenzaron las andanzas cinematográficas del sexteto y, poco a poco, Terry Gilliam fue consolidando su propio imperio creativo. En 1979, tras dos exitosas experiencias para la gran pantalla (And Now For Something Completely Different y Monty Python and the Holy Grail), los Python se vieron en la sin salida, al perder el apoyo económico para la realización del film The Life of Brian, una parodia de la vida de Cristo con la que sus primitivos productores no quisieron comprometerse. Como un ángel caído de los cielos orientales, George Harrison se echó al hombro el riesgo económico de la parodia y el film terminaría salvándose. Pero La vida de Brian no sólo salió a la superficie británica gracias a la inyección económica del ex – Beatle, sino que los Monty Python dejaron de ser un fenómeno de la lengua inglesa, para convertirse en una leyenda intercontinental, la cual iba a llegar hasta los muros de la ciudad de Buga. La familia Renjifo, se pegó a la leyenda de Monty Python y decidió adorar el humor inglés con el mismo fervor con el que oían Abbey Road o Rubber Soul. Así, cuando salió la película Time Bandits de Terry Gilliam, los Renjifo la repetirían hasta la saciedad, porque allí estaba la canción “Dream Away” de George Harrison y el Beatle figuraba como productor ejecutivo (de nuevo: una buena deuda argumental tiene la historia de esta película con “los viajes” de El Submarino Amarillo…)

Ahora bien, la anglofilia de la familia Renjifo nunca ha sido injusta. Por supuesto, reconocen que los Beatles tan sólo fueron un detonante para que en ese perdido lugar de la república de Colombia se riese sin problemas con los citados representantes del humor inglés. Pronto constataron que Monty Python era una galaxia independiente, con algunos brillos heredados de la beatlemania, pero con la suficiente potencia como para que sus planetas tuviesen vida propia. Los Renjifo, entre susurros, reconocen que la desmesura de Terry Gilliam poco los entusiasma (nunca se pegaron al ejército de adoradores de films como Brazil, Doce monos o Miedo y asco en Las Vegas…) pero sí admiten sus esfuerzos de gladiador del cine, hasta el punto de considerar que el mejor film del anglo norteamericano es el documental Lost In La Mancha (aunque no sea dirigido por Gilliam, sino por los iluminados Keith Fulton y
Louis Pepe), estupendo testimonio sobre la película inacabada The Man Who Killed Don Quixote. Aun así, los Renjifo saben muy bien que una cosa es Terry Gilliam en solitario y otra muy distinta Terry Gilliam como parte de la gran familia de los Pythons. Sí, exactamente: como George Harrison con o sin los Beatles.

El tiempo, como el de los bandidos, ha pasado a través de numerosos orificios y la gesta de Monty Python se ha extendido hasta límites que ni ellos mismos sospecharon. Cientos de programas de televisión, cuatro largometrajes propios, una veintena de films de colaboración indirecta, varios documentales, un buen número de espectáculos teatrales, una colección considerable de libros y una leyenda consolidada a través de las mejores carcajadas inglesas. Pero los Pythons se resisten a morir. Tras la desaparición de George Harrison en 2001, víctima del cáncer, se les vio en el emotivo Concert For George que la familia Renjifo atesora en su colección como uno de los mejores homenajes rendidos a músico alguno. Allí, los traviesos cómicos del Circo Volador riegan las cenizas del guitarrista, mostrando sus blancas nalgas a los deudos del gran beatle desaparecido. Los años pasaron y la leyenda de los creadores de The Meaning of Life se mantiene intacta. Pero lo que nadie imaginó es que, atravesando el 2014, los Monty Python ya no se convertirían en los émulos de los Beatles sino de los mismísimos Rolling Stones. Atravesando los setenta años, decidieron regresar a los escenarios y, quién lo creyera, los boletos para las entradas de sus shows en la 02 Arena de Londres se vendieron… ¡en 42 segundos! “El mismo tiempo que me tomo tratando de encender mi computador”, reconoció uno de sus miembros al saber la noticia. La experiencia ha resultado atortolante. Transmisiones en directo a distintos países, cientos de salas de cine inglesas reproduciendo el espectáculo y, me imagino, la ciudad de Buga paralizada por la proyección en directo del musical con los Pythons en vivo. Los Renjifo no cabrán de la dicha y, me imagino, habrán decidido ver el show de pie, con la mano en el pecho, como si se tratase de una versión de Not the Messiah (He’s a Very Naughty Boy), el exclusivo musical de los humoristas, realizado en el 2009.

El Sundance Channel se encargó de la transmisión latinoamericana del evento y la última presentación del Monty Python Live (Mostly): One Down Five To Go se realizó, en un falso directo, el 20 de julio de 2014, coincidiendo con la fiesta nacional colombiana, detalle que los fanáticos bugueños supongo que celebraron con banderas inglesas frente a la Basílica del Señor de los Milagros. 5 funciones no fueron suficientes en la 02 Arena de Peninsula Square, al Sudeste de Londres, para la presentación del musical. En total, 10 representaciones con el Coliseo a reventar (20.000 espectadores por función, para que saquen las calculadoras) dieron cuenta de la devoción de los británicos por el sexteto de ahora cinco humoristas setentones, quienes construyeron un inmenso espectáculo donde se mezclan las grandes coreografías, los sketches en vivo, las enormes pantallas de HD, las ya clásicas animaciones de Terry Gilliam, las canciones y la nostalgia por la irreverencia convertidos en alimento para el éxito garantizado. El primer toque de humor de la tercera edad se lo jugaron los Pythons invitando al mismísimo Mick Jagger, acompañado por el baterista Charlie Watts, para grabar un comercial donde el cantante de los Stones, mientras mira por la televisión los partidos del mundial de fútbol, habla sobre el extraño regreso de sus viejísimos contemporáneos. La ironía constante hacia la decrepitud y hacia las injusticias de Dios son continuas y el espectáculo se construye sobre la nostalgia y sus absurdas reglas. Desde el principio, cuando la gran orquesta interpreta en vivo un medley con las legendarias canciones de sus programas de televisión y sus películas, se adivina que el show está construido para las evocaciones irreverentes, hacia un público que pasó su infancia y su juventud viendo a Monty Python y que ahora tiene el dinero suficiente para pagar por su resurrección. Ya no está con ellos Graham Chapman, quien murió en 1989 (fue, entre otras, el protagonista de The Life Of Brian) pero, a través de los videos y las canciones, se evoca su memoria y, se sustituye la evocación fúnebre con el juego de palabras del título del espectáculo (que se podría traducir como “Monty Python [Casi Todo] En Vivo: Uno Que Se Fue y Cinco Haciendo Cola”).

Es muy difícil entender el espíritu de la experiencia, si se mira a Monty Python de manera aislada. Ellos, en sí mismos, son hijos de la fragmentación, del collage, de la yuxtaposición delirante, de la asociación de ideas, con una extraña y única estructura en la que no se pretende establecer un hilo conductor sino, todo lo contrario, el propósito es construir a partir de la destrucción. El orden de los factores determina el producto: hay animaciones de Gilliam en las que se juguetea con las grandes distribuidoras del cine, hasta que aparecen los cinco viejos maestros en smoking, en una sección de photo opportunity, tal como se lee en las pantallas de video. Acto seguido, los Pythons ensayan, en castellano inventado, una parodia sobre “las llamas” (animales suramericanos conviviendo con castañuelas españolas: la geografía no es una de las virtudes de los cómicos) donde cantan en vivo y evocan en video viejos números televisivos. De repente, aparece el cabezote del Flying Circus, para luego ver a Idle, Cleese, Palin y Jones, como viejos socios de un club británico, fumando habanos, bebiendo brandy y evocando con procacidad los viejos tiempos. Corte. Oscuridad. De nuevo, animaciones delirantes. Luego, un sketch “clásico” de pocos segundos: la danza del pescado cacheteador. Muy pronto, Idle, en levantadora, acompaña a Terry Gilliam, vestido de mujer, quien se sienta al piano para interpretar un número musical, al que se suma todo un cuerpo de baile vestido de marineros, en el que los juegos de palabras sexuales se repiten en las pantallas, para que el público cante a gritos con los intérpretes. Oscuridad. Más sketches grabados. Luego, Cleese disfrazado del Papa Julio II, discute con Idle, quien ahora es Michelangelo. Al fondo, un mosaico en el que salta a la vista un conjunto de espermatozoides estilizados. Más adelante, dos viejitos hablan sobre condones y estimulantes eróticos. Apagón. Sketches de la época de las Olimpiadas de Munich 72. Un sketch más, en vivo, de Palin y Cleese. De repente, Palin se cambia de traje e interpreta su clásico barbero sicópata que quería ser leñador, acompañado por coros y estribillos. Y así, hasta el final del primer acto: más videos de archivo, la “Canción Filosófica” (sin olvidar el partido de fútbol entre los pensadores alemanes y los pensadores griegos), un sketch de Cleese y Gilliam sobre el chocolate (con ataque de risa incontrolado por parte de los mismos actores), juegos de palabras alrededor de Shakespeare, otra canción de Idle sobre los chinos, más archivos (Mozart presentando la muerte de Gengis Khan; una clase de italiano…), hasta terminar con uno de sus números maestros: “La mejor broma del mundo”. Intermedio musical.

El Segundo Acto sorprende por la variedad inagotable de temas, pero el modelo sigue siendo el mismo: parodia de ballet clásico, la transmisión radial de la muerte de la Reina María, un rápido sketch en vivo de Terry Gilliam, un par de jueces que terminan en ligueros de travestis, otro sketch à la Gilliam, uno más del inmenso Cleese apoyado en un albatros disecado, improvisaciones alrededor de un bigote mal pegado sobre los labios de Idle, más coreografías de chicas extravagantes, un número de Palin, hasta llegar a los clímax de la noche: el sketch del loro muerto y la interpretación en vivo de la canción clásica de The Life Of Brian: “Always Look on the Bright Side of Life”, que canta un grupo de mártires crucificados. Al finalizar, los aplausos son casi tan prolongados e histéricos como el conjunto del espectáculo. El público bate sus palmas no sólo por el humor sino por la valentía. No sólo por la travesura sino por el triunfo sobre la muerte.

Entusiasmado, quise saber, de primera mano, cómo se iba a celebrar en Buga la resurrección de Monty Python. Llegué sin avisar, con mi camiseta del tour de los 50 años de los Rolling Stones pero, para mi sorpresa, no encontré a ninguno de mis conocidos. Me dirigí a la casa de la familia Renjifo, para que me acompañaran en la transmisión en directo, pero recibí la noticia: la embajada británica les había dado (¡por fin!) un visado de emergencia y, todos a una, los Renjifo estaban en Londres riendo, sin hablar inglés, por cada uno de los chistes de una Gran Bretaña que se resiste a desaparecer. Me colé entonces en la Basílica del Señor de los Milagros para dar las gracias. Imponente, la estatua de Nuestro Señor Jesucristo se había puesto de pie y, sin ninguna vergüenza, le cantaba a gritos al lado brillante de la vida.

One comment on “SUDACAS EN BRITANNIA

  1. Rola Bambuquera on said:

    ¡Grande Sandro! Y al Milagroso gracias por crear tantas maravillas. Va mi abrazo a mi querido Gustavo Adolfo Renjifo, sin duda, uno de los mejores músicos colombianos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

20.987 Spam Comments Blocked so far by Spam Free Wordpress

HTML tags are not allowed.