A LA SOMBRA DE BERNARDO HOYOS.

A unos les tocó Illiers-Combray, a otros Dartford, a otros Dublín, a otros Santa Rosa de Osos. A mí me tocó Buga. ¿Cuántos años tendríamos? Ya no lo sé. Catorce, quince, mis primos y yo. En las noches, a unas horas inverosímiles, en un viejo radio de tubos donde se escuchaban las emisoras de onda corta, capturábamos el programa de la BBC londinense sobre la historia de los Beatles. Una treintena de capítulos, impecablemente realizados, que nos invitaba a curiosear, por nuestra propia cuenta, con el mundo de las grabaciones. “Allí hay un colombiano”, aseguraba uno de mis primos. Ya desde esa época queríamos cazar colombianos que se hubiesen destacado en la cultura por fuera de nuestras fronteras. Existía la leyenda urbana de que Carlos Villa, el violinista, había tocado en el “Sgt. Pepper’s…” Algunos años después, sabríamos que Chucho Merchán sería bajista de Pete Townshend, de David Gilmour, de los Eurythmics. Pero me adelanto. Poco tiempo después, sabríamos que quien prestaba su voz en español para traducir las declaraciones de John Lennon era colombiano y se llamaba Bernardo Hoyos. Allí, junto a Juan Peirano, en el servicio latinoamericano de la cadena inglesa, estuvo durante muchos años, guiando la beatlemanía bugueña sin saberlo, el gran Bernardo Hoyos, quien acaba de morir en Bogotá a los setenta y ocho años. Voy a tratar de resucitar mis recuerdos.

Al comenzar la década del ochenta, comenzamos a verlo en la televisión nacional. Poco a poco, se fue convirtiendo en una suerte de Tiresias de los medios pues, a pesar de su extraña ceguera, la sapiencia y el reposo galante de sus entrevistas lo fueron convirtiendo en un hombre que lo sabía todo, sin necesidad de hacer demasiados esfuerzos por demostrarlo. ¿Dónde estarán las cientos y cientos de entrevistas que Bernardo Hoyos le hizo a grandes nombres de la cultura colombiana e internacional? Busco en YouTube. La única entrevista colgada de esa serie es la consagrada a… ¡Virginia Vallejo! Qué tristeza. He aquí la oblicua mirada de nuestros tiempos. Pensé dejar pasar el acontecimiento. Pero no, uno no puede dejar pasar la muerte de Bernardo Hoyos, porque la noticia fue devorada por los goles de Falcao García. Me duele escribir en primera persona sobre un periodista tan universal como Bernardo Hoyos. Pero creo que desde mi propia mirada puedo tratar de contar todo lo que él pudo brindarle a tantas personas, de distintas generaciones, con la delicada cadencia de su amabilidad sin nombre.

Sí. Vi a Bernardo muchas veces en la televisión, en esos horarios absurdos en los que solían y suelen aplastar a los programas culturales en nuestra patria sin paz. Se me dirá que ahora el concepto de cultura ha cambiado y que dos anotaciones de Falcao García son  tan culturales como la lectura de Proust. No me voy a meter en esa discusión en estos momentos, porque no viene al caso y porque, por supuesto, quienes esgriman ese argumento terminarán goleándome. Así que voy a hablar desde la orilla de las excepciones, tratando de recuperar el tiempo perdido de la memoria y haciendo el ejercicio de evocar a un amigo que se nos fue para siempre, como se nos está yendo para siempre la idea del arte y de la cultura como antorchas que hubiesen servido para convertirnos en mejores seres humanos.

Regreso al pasado. Pobre, muy pobre, viajé por primera vez en 1991 al Festival Internacional de Cine en Cannes, haciendo una suerte de peregrinación simbólica, acreditado por alguna revista y viajando con siete barranquilleros en un carro donde sólo cabían cinco personas. Un mediodía sin fecha, curioseaba en la oficina de prensa los folletos informativos (uno se devoraba seis películas por día y, aun así, el cinéfilo insaciable que nos poseía siempre quedaba insatisfecho). De repente, oí una voz más que familiar. Era la voz de John Lennon. La voz de John Lennon en español. Me acerqué a la cabina de radio. No pude evitar una sonrisita de triunfo al ver al mismísimo Bernardo Hoyos enviando un informe para Colombia sobre el festival. Lo dejé terminar su paciente y entusiasta explicación telefónica y, apenas lo vi salir de la cabina, me le presenté. Nos hicimos, al instante, estupendos amigos. Yo ya llevaba varios días en el festival, así que me conocía todos sus rituales sin mayores problemas. Bernardo tenía otro tipo de privilegios y gozaba de un pase permanente para beber whisky sin afanes en uno de los stands donde no podíamos entrar los mortales sin nombre. Y claro. Fuimos felices en Cannes. A pesar de su visión incipiente, Bernardo se las arreglaba para acomodarse en las mejores sillas de las salas y poder gozar de las películas. Nunca se quejó de la vida ni de sus aciagos destinos. Al contrario, las enfermedades eran, para él, accidentes de ruta a los que no había que pararles muchas bolas. Había asuntos mucho más importantes: la literatura, la música, el cine, el teatro, la danza, el periodismo. Ante un ser humano así, de semejantes dimensiones, un hipocondriaco profesional como el que estas líneas escribe debe callarse. Cualquier dolor de espalda se convertía en un achaque de mal gusto. Cannes nos despidió con indeclinable alegría y guardamos entre nuestros múltiples recuerdos la figura de Roman Polanski como presidente de jurado y el premio a la misteriosa “Barton Fink” de los hermanos Coen. Bernardo adoraba ese tipo de recuerdos.

Cuando regresé a Colombia, nos veíamos de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Pero ese de vez en cuando era un argumento para la felicidad, porque con Bernardo siempre se hablaba de temas definitivos. Conversábamos para sus programas de televisión y para sus programas de radio. Nos veíamos en conciertos de música clásica. Compartíamos moderaciones en los festivales iberoamericanos de teatro. Incluso llegó a invitarme a unas secretas veladas sabatinas donde un exigente coleccionista proyectaba sus tesoros cinematográficos ante unos poquísimos elegidos. A pesar de que no soy adicto a los desconocidos, aceptaba sin chistar, porque a Bernardo Hoyos nunca se le podría decir que no. Antes de que terminara el milenio, viví con mi familia en Londres. Y allá llegó Bernardo. Yo no cabía de la dicha cuando me invitó a algún pub, mientras su esposa hacía algunas compras de la vida real. Me presentó “su” Londres con absoluta generosidad etílica y me enseñó un mapa de ruta memorable de una capital inglesa que ya no existía sino en la memoria de quienes la vivieron.

Tengo las fechas entrecortadas por la tristeza, pero recuerdo cuando me contó que iba a empezar a hacer un programa para Caracol Televisión que se llamaría “Cine Arte”. Me contó que lo haría con Diana Rico, a quien yo ya había disfrutado en algunas fiestas histéricas de los años noventa. En distintas ocasiones, me invitaron a conversar en el programa, el cual pasaba cada vez más en horarios de vampiros. Bernardo nunca se quejó. Trabajaba siempre con alegría, sentado en su trono amable, conectado a los micrófonos de solapa, sin preparar sus apariciones, salvo con su memoria de privilegio. En la emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano se mantuvo con el mismo espíritu, con una programación demasiado bella para ser real. Gracias a Carolina Conti, otra de sus sabias colaboradoras, pasé por allí en distintas ocasiones y Bernardo nos demostraba sin decirlo cómo se hace cultura sin perder la alegría, sin perder la compostura, sin tener que armar escándalos ni polémicas para llamar la atención de los indiferentes: el que quiera llegar, parecía decir Bernardo, que llegue, lo recibiremos. El que no, debe estar muy ocupado en otros asuntos, déjenlo tranquilo. Nosotros seguiremos en lo nuestro.

La última vez que vi a Bernardo Hoyos fue el día de mi cumpleaños, el 6 de julio de 2012. Quería invitarme a su “Cine Arte”. Cada vez les ofrecían películas menos acordes con el espíritu de sus gestores. Pero tanto Diana como Bernardo continuaban allí, haciendo de tripas corazón y tratando de explicarle a los noctámbulos que el cine siempre es fascinante, hasta en sus momentos menos afortunados. Me enviaron una lista de títulos para que escogiera el film que yo quisiera. Opté por “P2” de Franck Khalfoun, porque todavía tengo sinceras nostalgias por el cine de terror. Hacía cinco años no probaba una gota de licor, pues no quería terminar convertido en vida en un personaje de Dario Argento. Cuando llegué al set de Caracol, Bernardo me recibió con alegría, mirando hacia el infinito y felicitándome por mi cumpleaños. “Tenemos que tomarnos un whiskycito”, me dijo, como si me estuviera ofreciendo una magdalena. No pude decirle que no. Brindamos una, dos veces, de un flask plateado que guardaba para sus ocasiones especiales. Ese día supe que uno podía beber sin necesidad de continuar con la botella entera y me despedí de Diana y de Bernardo sin ningún tipo de preocupaciones. “Salúdame a tu mamá, que siempre la recuerdo”, me dijo, antes de salir. Un mes después, en un insomnio de las dos de la mañana, vi el programa emitido por Caracol Televisión y casi saco una botella de whisky para celebrarlo. Pero me contuve. Creía que iba a encontrarme pronto con Bernardo para hacer excepciones a las reglas.

Pero el tiempo perdido pasa y la poderosa muerte no hace concesiones. En la mañana del 12 de octubre de este año sin pausas, me llamó mi mejor amigo a contarme que habían dado la noticia de la muerte de Bernardo Hoyos. Cuando llamé a mi mamá para contarle, ella me contesta, como en un partido de tenis: “sí. Y se acaba de morir Edgar Negret”. Pensé en Cali, en los años sesenta, en la casa de Negret en el barrio Normandía, frente al río. El resto es silencio.

Llamé a mis primos de Buga. Ellos todavía guardan la historia de los Beatles en unos viejos casetes del milenio pasado. Les pedí que, por favor, no fueran a borrarlos. Todo se está acabando y debemos hacer algo para evitarlo. Así sea guardando unos casetes para escucharlos en silencio, evocando los buenos tiempos con el siempre querido maestro Bernardo Hoyos.

4 comments on “A LA SOMBRA DE BERNARDO HOYOS.

  1. Natalia Bedoya on said:

    Que homenaje tan hermoso !
    Gracias por escribirlo así
    Y contarlo así .

  2. Athala Morris on said:

    Me llego al alma lo que escribiste sobre nuestro querido y inolvidable Bernardino

  3. Ramiro Ángel on said:

    Gracias por ese artículo, en pocas palabras nos muestran a ese hombre hermoso y sabio que era el maestro Bernardo Hoyos, esperemos que en algún momento se nos pueda presentar la recopilación de las diferentes entrevistas que realizó .

  4. Jimena Guerrero on said:

    Precioso homenaje Sandro. Cómo olvidar a este gran señor. Cómo no recordar su voz. Inevitable nostalgia de los tiempos idos.

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