EL TEATRO COMO LABERINTO.

Dicen los que saben: en los tiempos en que la gente le temía a la religión católica, muchas de las representaciones teatrales no se hacían en edificios diseñados para tal oficio, sino en los atrios de las iglesias. El público veía, dijéramos, el nacimiento de Jesús y comenzaba en la entrada del templo número uno, donde se representaba la Anunciación a María. Luego, se iba caminando detrás de los actores hasta la entrada del templo número dos, donde veía la representación, no sé, de la historia de amor entre San José y la Virgen. Acto seguido, se iba a la entrada del templo número tres, para ver la escena del Nacimiento “en el portal de Belén”. Y así, sucesivamente. Muchos años después (o en la misma época, vaya uno a saber), los feligreses iban, íbamos, visitando los cuadros en los que se representaba la pasión y muerte de Cristo, en un recorrido que se llamaba, se llama, el Viacrucis. Las costumbres y los siglos cambiaron, de tal suerte que, hoy por hoy, el teatro se ha convertido en un espectáculo al que hay que disfrutar (o padecer) sentado, hay que pagar una entrada, exigir un puesto numerado, qué sé yo.

 

No sé si sea por coincidencia o por destino, pero en Bogotá, a mediados del año de gracia de 2013, no me he vuelto a sentar dos horas seguidas en un solo puesto para disfrutar (que ya no padecer) del otrora llamado “arte de las tablas”. El asunto, como siempre, ha empezado con el Teatro La Candelaria. Desde que consolidaron su inmensa aventura autorreferencial, los actores del grupo nos han puesto a los espectadores a caminar mientras observamos distintas sensaciones escénicas. Así fue en “A título personal”, con sus evocaciones de farsas del inframundo, hasta llegar al hermoso y temible viaje de “Soma Mnemosine” la Creación Colectiva que, bajo la dirección de Patricia Ariza, nos lleva a las melancólicas entrañas de un universo que vive entre sus sueños y sus pesadillas. Luego, ha sido en Casa Ensamble, en el corazón del tradicional barrio bogotano de La Soledad, donde se han inventado un curioso “teatro para impuntuales” denominado “Un cuarto para las siete”. Allí, de manera simultánea, se representan siete experiencias escénicas distintas, las cuales no duran más de quince minutos. El espectador se toma un trago, entra a ver alguna de las piezas, sale, conversa, respira, regresa a otra sala, ve otra obra. Y así, sucesivamente. Si quiere, ve las siete. Si no quiere, sólo ve una y no ha pasado nada. Pero la idea es la del tránsito, la del movimiento, la de la relajada circularidad.

 

Tampoco sé si sea por coincidencia o por destino (creo que más por lo segundo que por lo primero) que el Espacio Odeón (o antiguo Teatro Popular de Bogotá, de acuerdo con los que ya comenzamos a peinar nuestras cabezas rapadas por el tiempo) haya devuelto sus instalaciones a las artes escénicas, durante la misma época en la que Enrique Vargas y el Teatro de los Sentidos ha regresado por pocas semanas a Colombia. No podía dejar de pensar en ello, al recordar que fue allí, en el TPB, donde los espectadores locales quedamos ungidos por el viaje de la vida y de la muerte conocido como “El hilo de Ariadna” y que éste fuese el detonante para que Enrique Vargas comenzase su periplo sin fin por los grandes espacios escénicos europeos. Ahora, en el Odeón, gracias a la dinámica curaduría de un grupo de jóvenes insomnes, se presenta allí el viacrucis onírico de Laura Villegas, reconocido bajo el fálico título de “13 sueños (o sólo uno atravesado por un pájaro)”. En otras ocasiones ya hemos llamado la atención sobre el estupendo trabajo de Villegas, tanto como directora artística como creadora integral de grandes espectáculos teatrales. Por lo visto, con los “13 sueños”, insiste en no decepcionarnos, convirtiendo las ruinas del TPB en un inmenso recorrido de alta tecnología, donde los videos, la música, los actores (Marcela Agudelo, Jairo Camargo, Jorge Herrera, Ana Sol, Jimmy Rangel, María Soledad, Judith Segura y los que se me escapan…), en fin, la totalidad del dispositivo escénico, todos a una, se convierten en una fiesta de los sentidos ambiciosa, profunda, divertida, dinámica, inaplazable. Comenzando en un bar que parece heredado de los bebederos metafísicos de Stanley Kubrick, los asistentes inauguramos un recorrido que nos lleva por distintos paisajes sin nombre ni apellido. Son paisajes que no pienso contar aquí, primero porque no se pueden contar y segundo porque, si hacemos el penoso ejercicio de intentarlo, corremos el riesgo de asesinar la sorpresa. Y la sorpresa es uno de los principales ingredientes con los que uno se encuentra en los sueños de Laura Villegas. “13 sueños (o sólo uno atravesado por un pájaro)” es una profunda fiesta de largo aliento a la que se entra con cierta reticencia (sí, ya se sabe, el centro de Bogotá, la noche, las extrañas alimañas, la realidad…) pero que, una vez adentro, poseídos por sus secretos encantos, nos tienen que sacar de allí a empujones, porque el visitante no quiere volver a salir nunca.

 

Y para continuar con las coincidencias profundas, que son un destino. Sólo dos días después del estreno de los “13 sueños”, algún pájaro atravesado me trinó la noticia de que Enrique Vargas y su Teatro de los Sentidos vendría a Bogotá. No podía creerlo. No sólo por la relación espacial con el TPB, sino porque había visto (bueno, ver un espectáculo que sucede casi todo en la oscuridad es un decir…), no hacía mucho, “La trastienda del Polvorín” en las afueras de Barcelona, donde Vargas y su ejército de la noche defienden su cuartel general. Cuando supe que el Teatro de los Sentidos tenía un trabajo, desde hacía varios años, que se llama “Oráculos”, le rogué a los dioses para que me dejaran verlo. Pero la realidad siempre se atravesaba en mi camino y nunca podía ir a consultar mis pasos en esa experiencia que, se me antojaba, debería ser sublime. Pero los dioses (y, en especial, mis impredecibles dioses griegos) saben muy bien cómo organizan sus fichas. Así, si Mahoma no va a la montaña, la montaña viene hacia Mahoma. Y la montaña es, qué duda cabe, el Teatro de los Sentidos que, durante varias semanas, ocupó la primera planta de la Casa del Teatro Nacional de Bogotá con la versión integral de sus “Oráculos”. Ahora escribo con los pelos más que erguidos. Creo que es difícil tener una experiencia similar a la que se vive en el recorrido de una hora y veinte minutos al interior del útero descomunal que se han inventado los juguetones habitantes de esa caverna del recogimiento. De nuevo, no me atrevo a describirlo, porque se trata de un ejercicio inútil y porque quiero redactar a la velocidad del viento, para que no se me pase el entusiasmo, para que los que lo vivieron me den respiración boca a boca y los que no estuvieron allí sientan brillar en sus corazones la dolorosa llamarada de la envidia.

 

Sólo unos pasos: tú, viajero (dejadme tutearte), debes comprar tu boleta a una hora específica. Llegar a la hora señalada y esperar en silencio. De pronto, entre susurros, un amable catalán te invita a seguirlo. Sales a la calle y entras por la puerta del garaje del teatro a una salita de espera donde hay una silla de madera muy antigua, una lámpara que te ilumina tímidamente y una puerta de cuento infantil. O de terror, que es lo mismo. El amable catalán te deja solo y, segundos después, regresa y te susurra algo al oído que no voy a revelar. Es un secreto. Luego, golpeas a la puerta y alguien te abre. Te recibe la penumbra, que te acompañará durante todo el tiempo que dure tu viaje. Para alguien que, como yo, ha publicado una novela que se llama “El miedo a la oscuridad”, la experiencia pareciera pertinente hacerla de la mano del sicoanalista. Pero, no, no hay necesidad. Al interior del laberinto hay puertos espirituales. Cada cierto tiempo llegas a un lugar silencioso donde te espera un actor que te sumerge en un mundo amable, te protege, te vuelve un ser importante, misterioso, necesario. Nada sobra ni nada falta en este extraño recorrido que no es un castillo del horror, ni mucho menos, ni un tren fantasma, ni un viaje al más allá. Es una experiencia en la que te pierdes a sabiendas de que te vas a encontrar, entras en un remolino de introspección donde sin ti no existen los actores ni el espacio pero, al mismo tiempo, tú no puedes vivir sin ellos.

 

Apoyados en los arcanos del tarot, los responsables del Teatro de los Sentidos han construido una inmensa instalación llena de preguntas y de juegos trascendentes en los que hasta el más escéptico (como yo, que ya no creo ni en creer) termina envuelto y con antojos de aplaudir al universo. Al salir de la experiencia de “Oráculos” en la Casa del Teatro Nacional uno sale sin muchas ganas de regresar al mundo. Sé de personas que han entrado (en Munich, en Madrid, en Estocolmo…) de las maneras más insólitas: bostezando, con el Libro Rojo de Mao debajo del brazo, disfrazados, desnudos, con libretica de apuntes, prevenidos. Todos, sin excepción , son derrotados por esa maquinaria de la Belleza (con pomposas mayúsculas) que el gran Enrique Vargas y su ejército de inventores han diseñado para nuestra dicha. Es una verdadera lástima que, en los primeros días de las representaciones, hubo turnos libres para entrar a los “Oráculos”. A partir de la segunda semana, se agotaron las localidades y los que se quedaron sin boletos rogaban con el látigo en las espaldas para que los dejaran entrar. No fue posible, una lástima, así están diseñados los caprichos del mundo. El Teatro de los Sentidos sigue su marcha (Vargas, el bueno, dictará sendos talleres en algunas ciudades de Colombia, antes de regresar a su madriguera catalana). No puedo evitarlo, pero creo que ya quedé marcado para siempre por la experiencia. Ahora me veo caminando descalzo por las noches, con los ojos cerrados, tratando de encontrar a alguien para que, por favor, me devuelva sin demora a la gruta de la felicidad perdida. Pero la felicidad eterna sólo dura una hora y veinte minutos. El viacrucis de los escépticos siempre nos recordará que todo buen principio tiene su final feliz. Pero fin, al fin y al cabo.

One comment on “EL TEATRO COMO LABERINTO.

  1. Raúl Mejía on said:

    Muchas gracias por este artículo, también tuve la oportunidad de ver “Soma Mnemosine”, una oportunidad extraña de los que vivimos lejos de Bogotá. Hay que estimular los sentidos para estimular el teatro del siglo XXI.

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