RESPIRANDO EL AIRE DE DYLAN

Por bestiales razones que no vienen al caso, terminé viviendo una temporada de mi vida en el infierno galante de Barcelona. Acababa de comenzar el nuevo milenio y estaba tratando de adaptarme a los nuevos tiempos cuando, una noche, toda llena de murmullos y de música de alas, comencé a leer un libro que se llamaba “El mal de Montano”, de un escritor que oía y oía por ahí, pero al que no me atrevía a meterle el diente. “El mal de Montano” me atrapó, pero no lo leí en una sola sentada, como hacen los reseñistas apasionados, sino que comencé a degustarlo a sorbos muy lentos, para que no se fuera a acabar nunca. El libro, por supuesto, llegó a su fin o, mejor, yo llegué al final del libro y cuando lo hice, ya estaba poseído por sus letras para siempre. Enrique Vila-Matas, su autor, se había convertido en uno más de los imprescindibles. Así que regresé a Colombia feliz, porque mi viaje vertical a Barcelona había tenido una nueva razón de ser.

Poco tiempo después, sucedió el primer Hay Festival en Cartagena de Indias. Corría ahora el año, qué se yo, 2007 y, entre los participantes al evento, estaba el fascinante Vila-Matas. Tomé un avión con los ojos cerrados y me instalé en la capital del departamento de Bolívar, sólo con el afán de conocer al responsable del mal de las palabras. Cuando llegué a Cartagena, tuve un primer desencuentro. A la salida de alguna de las conferencias del Hay Festival, paré oreja sin quererlo y capturé la voz de la más hermosa de las princesas críticas de Colombia. La bella inefable le decía a su acompañante de ocasión: “qué pereza Vila-Matas”. Y siguieron de largo. Mi corazón se hizo trizas. ¿Cómo así? ¿Sería que mi intuición estaba mal encaminada? ¿Cómo alguien podía sentir pereza por Vila- Matas y mucho menos la apetecida damisela de los ojos conversadores? Decidí no volver a dirigirle la palabra a la gélida comentarista y seguí insistiendo en mi camino a Montano. “Groupie”, me dijo una pequeña adolescente que acompañaba mis pasos. Claro que yo era una groupie, se lo dije, me encanta gritarles a los escritores que los amo, pobrecitos, nadie les tira las bragas en las mesas redondas, sólo barbas pobladas y cejijuntas razones para sus tristes confesiones.

La primera charla con Vila-Matas en Cartagena fue con el escritor español Javier Cercas y un par más de cultores de la pluma de cuyos nombres no puedo acordarme. El catalán, a un extremo del escenario del Teatro Cartagena, miraba para todos lados, como si buscase la puerta para salir corriendo. Luego leí uno de sus artículos de prensa donde reflexionaba sobre el stage fright. Entendí muy tarde lo que le pasaba. Era muy probable que, en ese momento, tuviese un ataque de pánico escénico. Y ese terror me lo sé de memoria. Pero sigamos. Debo confesar que, al hablar, Vila-Matas no me sedujo. Al menos no era la voz que imaginaba cuando leí su novela. Sin embargo, seguí admirándolo en silencio y me mantuve firme, para poder llegar hasta el día siguiente, cuando don Enrique conversó para el público, acompañado del viejo amigo Óscar Collazos.

Aquí el asunto fluyó mucho mejor, porque Collazos sacó el catalán que guardaba en sus adentros y Vila-Matas se despachó con tremendo poema de Fernando Pessoa: “Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra, /al claro de luna y al sueño, en la carretera desierta, /solitario manejo, manejo casi despacio, y un poco me parece, / o me esfuerzo un poco para que me parezca, /que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo, / que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar, /  que sigo, ¿y qué más puede haber en seguir sino no parar, proseguir? / Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa, / pero, cuando llegue a Sintra, sentiré la pena de no haberme quedado en Lisboa…” Sí. La misma sensación tuve en aquel momento, lector, la misma que usted tiene ahora: ¿para qué se despacha con un poema que no es de él, para ahorrar tiempo, para que el tiempo se haga más leve? Uno no entendía nada al principio, pero pronto nos daríamos cuenta de que la cita era esencial, porque todo el universo de Vila-Matas son citas, o son frases que otros citaron por él, antes de que Vila-Matas decidiese darse su paseo por la mitad del camino de nuestra vida.

A la salida de su conferencia, compré rápidamente un ejemplar de su libro titulado “El viajero más lento” y le pedí que me lo firmase. Lo hizo, serio y tembloroso, pintándome un coqueto sombrero al lado de la dedicatoria. Esa noche, hubo una fiesta en las murallas de la ciudad. Allí llegué y gracias a mi amigo Guido Tamayo, quien también había sido inquilino de la rumba catalana cuando Barcelona era otra fiesta, pude hablar con Vila-Matas. Me senté a su lado y traté de sacarle las palabras a punta de tragos desencajados. Acababa de salir, si mal no recuerdo, su libro “París no se acaba nunca” y le pregunté cualquier cosa sobre lo que sabía del tema, no sé, le hablé de Saint-Germain-des-Près, de la buhardilla que Marguerite Duras le alquiló, lo que conocía por la prensa. Vila-Matas no me miraba y simplemente se limitaba a decirme: “todo eso está en el libro”. Y la comunicación se cerraba.

Vila-Matas, de nuevo, miraba hacia el infinito, buscando la puerta para escaparse, pero estábamos levitando en el aire tibio de las murallas y no había por dónde salir volando. El pánico escénico se convertía ahora en agorafobia. Hasta que comenzó la orquesta tropical a interpretar sus ritmos y a decirle a la noche de dónde son los cantantes. En ese momento, Vila-Matas se paró feliz, con su cámara fotográfica. Quería capturar unas imágenes de la orquesta, con él mismo caminando dentro del cuadro, mientras el mar rugía al fondo y un Chevrolet avanzaba por la carretera de Sintra. Demasiado. “¡Enrique!”, le grité. “¡Déjeme yo le tomo la foto!” Pero Enrique no me oía, él sólo quería ser el responsable de la hazaña y logró capturar la canción con el escritor adentro, en dos o tres pistoletazos de su cámara de siete leguas. Entonces, se acercó a nosotros, en ese momento, el escritor Héctor Abad Faciolince. Yo traté de huir discretamente, pero llegó el fotógrafo de alguna revista semanal y nos agrupó bruscamente. La foto salió siete días después en la sección “Vida Social”, Abad, Vila Matas y este pobre mortal, sonrientes a la cámara, buscando la noche que apenas atacaba.

Juro que guardé la imagen al interior del ejemplar de “El viajero más lento” pero, por supuesto, como suele suceder en estos casos, la foto no aparece. Nadie me lo cree. Yo tampoco parezco estar muy seguro de su existencia. Todo esto viene a cuento, porque Dios sabe cómo junta tarde o temprano a sus criaturas. Muchos años después, Abad escribió en El Espectador un par de columnas donde confesaba su odio al arte teatral. Y pocos meses después me ha llegado desde España un ejemplar de “Aire de Dylan”, la novela más reciente de Enrique Vila-Matas, la cual respira teatro por todas y cada una de las 325 páginas de la edición de Seix-Barral. Debo confesar que, después de Cartagena, he sido poseído por la obra de Vila-Matas. Bueno, no es necesario sorprenderse. A muchos, a muchísimos les ha pasado el hechizo, salvo a la hermosa periodista, a la que le produce pereza El mal de Montano. Poco a poco, he ido comprando y leyendo uno a uno los libros de Vila-Matas, en estricto desorden. De “París no se acaba nunca” pasé a “Bartleby y compañía”, donde uno comprueba que su autor se va a pasar toda su vida escribiendo el mismo libro y uno rezará para que, por favor, no lo vaya a terminar nunca. Luego pasé a “El viaje vertical” que me produjo cansancio en la espalda y una triunfal hernia en las vértebras cervicales. Poco a poco, fui consumiendo sus libros precoces: “Impostura”, que casi me manda al manicomio que ella misma recoge; pasé a la “Historia abreviada de la literatura portátil”, que fue como un par de banderillas, para luego seguir, en fila india, por “Lejos de Veracruz”, por “Hijos sin hijos”, por “Una casa para siempre”, en fin, por “Suicidios ejemplares” por sus libros de ensayos, por las recopilaciones de sus textos de autoficción, que son como viajes esenciales alrededor de sí mismo. Si el lector sabe de lo que le estoy hablando, el salto a “Doctor Pasavento” fue como el regreso triunfal, con fiesta en las tribunas, la vuelta a los pasajes encantados de Bartleby y de Montano. Vila-Matas no se acababa nunca.

Bajo su nombre, siempre estaban las hermosas ediciones de Anagrama, con sus hieráticas fotos en blanco y negro acomodándose a la infatigable caravana de sus palabras. Por eso, cuando apareció “Dublinesca”, publicada por Seix-Barral, con una foto de Jeremy Irons en la película “Kafka” en su carátula, el cambio fue demasiado brusco. Sin embargo, le perdonamos todo, con esta novela para iniciados joyceanos (que un amigo irlandés leyó decepcionado), la cual salió a la luz pública acompañada de dos textos deslumbrantes: “La orden del Finnegans” y, sobre todo, “Perder teorías”, que le recomiendo incluso a las periodistas decepcionadas. Y por ahí siguen apareciendo regados sus libros, desde el pequeño tesoro que atesoro titulado “Ella era Hemingway”, hasta sus falsos diarios del “Dietario voluble” o sus relatos conectados de los “Exploradores del abismo”. Y así. Y así. Nunca terminaremos de citar a Vila-Matas.

Ahora, mi cabeza ha vuelto a las murallas de Cartagena, con “Aire de Dylan”. Sucede que con nuestro autor siempre me sucede que estoy conectado a él sin proponérmelo. Cuando apareció “Dublinesca”, por ejemplo, leía el “Ulysses” de Joyce en una ceremonia semanal con mi amigo Joe Broderick, donde el whiskey se mezclaba con las evocaciones. Después, cuando recibo “Aire de Dylan”, acababa de terminar de leer un ejemplar prestado (no puedo leer tranquilo un libro prestado, sin dejar de pensar todo el tiempo en el asesinato) de “Una vida absolutamente maravillosa”, su colección de ensayos y veía “Masked And Anonymous”, la película de Larry Charles con el mismísimo Robert “Bob Dylan”  Zimmerman como protagonista. Todo se junta. Entonces, entré en el libro. Un  texto que comienza diciendo: “Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra”. ¿Qué pensar? No, no se piensa. Adentro, hasta el final de la obra. Y allí comienza el viaje, un viaje hamletiano que comienza con un congreso literario sobre el fracaso y sigue, enredándose en sí mismo, alrededor de la búsqueda de los orígenes de una frase de Scott Fitzgerald, se sumerge en el cine de Frank Borzage y de Mankiewicz, atravesados (y aquí viene la finta), por el Teatro de realidad, el Teatro de ratonera y el Teatro de la memoria. No, no me pidan argumentos, porque no sé darlos y los libros de Enrique Vila-Matas no tienen argumentos sino sensaciones. Remito al lector al libro titulado “Vila-Matas portátil”, edición a cargo de Margarita Heredia, donde grandes escritores de nuestro tiempo piensan en el escritor catalán. Y, con dichos textos, un video con una conversación entre el autor de Montano y el infalible escritor mexicano Juan Villoro. Allí está buena parte del acertijo.

Pero escribo para una columna sobre las artes escénicas donde se me regañará si las garras del teatro no saltan a la vista. Mientras leía “Aire de Dylan” pensaba todo el tiempo en mi querido Héctor Abad, que sufre frente a los escenarios. No debe ser muy lejano al sufrimiento de Vila-Matas que escribe sobre el teatro como si hubiera nacido allí dentro, pero se siente terrible cuando se para frente al público. “Aire de Dylan” es un libro donde el protagonista, el joven Vilnius, se parece tanto a Bob Dylan que odia que se lo digan y mucho menos su propio padre, el tácito protagonista de las líneas de Vila-Matas. Ahora bien: si la “Orestíada” de Esquilo habla del asesinato de Agamenón-padre, “Hamlet” de Shakespeare se concentra en la venganza del hijo ante la muerte del rey-padre, o “La gaviota” de Chejov juega a que Treplev nunca alcanzará el genio mediocre de sus mayores, ahora “Aire de Dylan” continúa con esta purísima tradición de la literatura teatral, para darle paso a una madeja de difíciles temperaturas, pero que lo instala a uno, pobre lector, en la fatigante caverna de las pesadillas. (Quisiera decir que “El olvido que seremos” de Abad Faciolince es un libro cuyo tema es la muerte del padre, pero no quiero mezclar la vida con los dramas). Al final, cuando todo ya está perdido, el testigo cierra el libro y debe salir a darse una bocanada de aire impuro, porque el “Aire de Dylan”, como todos los textos del gran Enrique Vila-Matas ha conseguido, una vez más, cantarnos un subterranean homesick blues, como para que nuestro corazón termine emulando al pobre Mister Jones, el de la antigua balada para los hombres ligeros.

Al poner el punto final de estas líneas, veo que sale al mercado el álbum “Tempest”. Adivinen de quién. Debo apagar el computador. Pero no puedo terminar esta declaración de amor sin recomendarle a mi amigo Héctor Abad que, si no le gusta el teatro, lea la nueva novela de Enrique Vila-Matas mientras escucha la versión de la canción “Stage Fright” en el álbum de Bob Dylan con The Band titulado “Before The Flood”. Sé que le va a encantar. Y no tiene que perderse en una butaca.

 

One comment on “RESPIRANDO EL AIRE DE DYLAN

  1. Cristina on said:

    Gracias por escribir este artículo, estoy ahora haciendo un trabajo sobre Aire de Dylan y he exprimido tus palabras porque me han sido de mucha ayuda :)
    un saludo

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