LAS CENIZAS DE BUÑUEL

LAS CENIZAS DE BUÑUEL

El 29 de julio de 1983, el día en que don Luís Buñuel terminó de exhalar su último suspiro, escribí un texto que se llamó Los 120 días de don Luís, publicado por el desaparecido Semanario del también desaparecido diario El Pueblo de Cali (Colombia). El texto era un jugueteo alrededor de las enumeraciones del Marqués de Sade, (el Divino Marqués, según los surrealistas) en Los 120 días de Sodoma y allí recordé el mismo número de imágenes que mi memoria retenía de la vida y milagros de uno de los directores más importantes de la historia del cine. Veinte años después he querido recuperar ese texto, pero éste también ha desaparecido. Ha desaparecido de mis archivos, pero las películas y la gesta vital de don Luís se resisten a huir de mi memoria. Sigue leyendo

SUDACAS EN BRITANNIA

SUDACAS EN BRITANNIA

(La resurrección de Monty Python)

¿Qué hubiera pasado si, en vez de los españoles, hubiesen sido los británicos? Nadie lo sabe, pero a veces en secreto, muy en secreto, para que no regresemos al temible chantaje de la pesadilla siniestra del visado, los colombianos hemos especulado con la idea de una Suramérica Británica. Pero, por desgracia, no se pueden sacar conclusiones sobre lo desconocido. De lo que sí puedo dar fe ciega, por lo pronto, es de cuándo llegaron los Beatles a Buga. En todas partes del universo, cada ser humano  con una mínima sensibilidad sabe en qué momento oyó por primera vez alguna canción de los Fab Four. En mi caso, siempre me ha atraído sobremanera la llegada Sigue leyendo

EL TEATRO COMO LABERINTO.

Dicen los que saben: en los tiempos en que la gente le temía a la religión católica, muchas de las representaciones teatrales no se hacían en edificios diseñados para tal oficio, sino en los atrios de las iglesias. El público veía, dijéramos, el nacimiento de Jesús y comenzaba en la entrada del templo número uno, donde se representaba la Anunciación a María. Luego, se iba caminando detrás de los actores hasta la entrada del templo número dos, donde veía la representación, no sé, de la historia de amor entre San José y la Virgen. Acto seguido, se iba a la entrada del templo número tres, para ver la escena del Nacimiento “en el portal de Belén”. Y así, sucesivamente. Sigue leyendo

“SI EL RIO HABLARA” DEL TEATRO LA CANDELARIA

Un estreno en la sede del Teatro La Candelaria en Bogotá es un triunfo de toda una generación de artistas colombianos. Hay una vibración especial, un ambiente de fiesta, de camaradería, de desorden feliz. Nadie se preocupa por puestos numerados, ni por acomodadores furibundos, ni por la puntualidad, ni por grabaciones con instrucciones o propagandas. Al contrario, se llega a La Candelaria como quien va a un rumba de viejos amigos. Y hay que abrirse paso entre la multitud, estar alerta para conseguir un puesto porque, en un descuido, el que llegó temprano se puede quedar por fuera. Son las reglas del juego. El Teatro La Candelaria es una institución única, irrepetible, terca, a contracorriente, que ha hecho feliz a más de una generación de espectadores y colegas, para demostrar hasta la saciedad cómo se inventan las artes escénicas en un país que todavía cree, desde la izquierda o desde la derecha, que la mejor manera de ser artistas es reproduciendo los modelos probados en las antípodas de nuestro mundo.

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HUECOS EN LOS OJOS

¿Estamos autorizados a mostrar en el mundo del arte las atrocidades del presente? ¿Tenemos que esperar a que pase un tiempo (¿cuánto? ¿meses? ¿años? ¿una generación?) para poder hablar del horror en términos estéticos? Al parecer, el mundo de la plástica tiene resuelto este problema desde hace mucho tiempo. Gracias a su estatismo, a su cómoda quietud, al negocio del escándalo, los (¿cómo llamarlos?) pintores, escultores, perfomers, videoartistas y demás, se sienten en la obligación de darle cachetadas a los espectadores. El que no provoca, no gana. Y ya están instalados, desde hace rato, en el presente. Por el contrario, a las llamadas artes de la representación les cuesta mucho más trabajo. Ha habido tantos golpes, tantas militancias urgentes, que hoy por hoy parece ser necesario metaforizar los conflictos para que entren lubricados en los cerebros de los espectadores, cada vez más escépticos.

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