SOBRE ANDRÉS CAICEDO

  • ANDRÉS CAICEDO O LA MUERTE SIN SOSIEGO.
  • DESTINITOS FATALES
  • OJO AL CINE
  • ¡QUE VIVA LA MÚSICA!
  • NOCHE SIN FORTUNA
  • CALICALABOZO
  • ANGELITOS EMPANTANADOS O HISTORIAS PARA JOVENCITOS
  • EL CUENTO DE MI VIDA


























  • ANDRÉS CAICEDO O LA MUERTE SIN SOSIEGO.

    ANDRÉS CAICEDO O LA MUERTE SIN SOSIEGO

    De: Sandro Romero Rey.

    Grupo Editorial Norma. 184 páginas. 2007.

    "El 4 de marzo de 1977, Andrés Caicedo Estela se quedó dormido para siempre sobre su máquina de escribir. Se había tomado una sobredosis de somníferos, y ponía fin a sus días, tras una discusión definitiva con su amiga Patricia Restrepo. Treinta años después, el 3 de febrero de 2007, el director de cine Carlos Mayolo, compañero de cinefilia y con quien había dirigido la película inacabada Angelita y Miguel Angel, moría de un infarto en su apartamento en Bogotá. La muerte abre y cierra los ciclos. Inaugura y acaba generaciones, inicia y concluye capítulos. Los que quedamos, los testigos, tratamos de darle una razón y una explicación a lo inevitable. Pero la muerte siempre termina triunfando".

    Este libro es el testimonio, desde adentro, de una generación signada por el teatro, el cine, la música y la literatura. Andrés Caicedo, se ha convertido, con el correr de los años, en una de las figuras fundamentales de la contracultura colombiana de la segunda mitad del siglo XX. Autor de obras de teatro (El mar, recibiendo al nuevo alumno...), de relatos (Angelitos empantanados o historias para jovencitos, Calicalabozo...), de novelas (¡Que viva la música!, Noche sin fortuna...), de extensos escritos cinematográficos (recogidos en el volumen Ojo al cine). Su figura sigue encantando, a lo largo de los años, por la contundencia de su estilo, por la creación de un universo único e inconfundible y por el enigma de su suicidio. Desde comienzos de los años 80, Sandro Romero Rey se ha dedicado a seguir los pasos sobre las huellas en la obra del escritor caleño. Ha supervisado las ediciones de sus libros póstumos y, finalmente, se ha decidido a publicar este texto exhaustivo, donde se revelan las claves para desentrañar los secretos de la obra de Caicedo. Es un libro sobre Andrés, pero al mismo tiempo es un libro sobre la muerte. Aquí está, a su vez, un homenaje a Carlos Mayolo y un recorrido personal a través del Cali de los años sesenta y setenta. Pero, sobre todo, es el homenaje emotivo a un gran creador suicida que se resiste a desaparecer.

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    DESTINITOS FATALES

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    DESTINITOS FATALES

    De: Andrés Caicedo

    Selección y Prólogo: Sandro Romero Rey y Luis Ospina.

    Editorial Oveja Negra. 1986. Reimpresión: 1988.

    "DESTINITOS FATALES" PRÓLOGO

    INVITACIÓN A LA NOCHE (fragmento)

    Destinitos Fatales

    ¿Qué compone la presente recopilación? Dado que la mayoría de los textos inéditos de Caicedo estaban en constante proceso de transformación, e incluso varios de ellos quedaron sin terminar, nos vimos en la obligación de hacer una selección un tanto rigurosa, atendiendo además la posición de Andrés en el sentido de ser bastante estricto en cuanto a los textos a publicar.

    El presente libro se divide en tres secciones: La colección de cuantos titulada Calicalabozo, la saga de Angelita y Miguel Ángel (Angelitos Empantanados o Historias para Jovencitos) y la novela Noche sin Fortuna. Los quince relatos que conforman Calicalabozo son las versiones más acabadas de cada uno de ellos. Algunos fueron publicados en suplementos dominicales, uno que otro en alguna revista y los demás son completamente inéditos.

    El primero de la serie titulado Infección, es quizás el mejor ejemplo del trabajo adolescente de Andrés. Allí están incluidos todos los ingredientes de sus primeros relatos: Un mínimo esquema argumental, las reflexiones de derrota, el discurso recurrente, el rechazo a todo lo que se le presente por delante, el tono de escritor maldito y la secreta influencia del poeta Eugenio Guerra. Por Eso yo Regreso a mi Ciudad es un relato de una extraña belleza, con un esquema que luego se volverá permanente en su obra: el encierro de un personaje y sus reflexiones sobre Cali desde la óptica del aislamiento. Vacío es una de sus mejores narraciones breves, y uno de sus primeros tanteos sobre sus dos personajes adolescentes, Angelita y Miguel Ángel. Besacalles es basado en un famoso habitante de las calles de Cali, quien moriría en oscuras circunstancias, luego de practicar alguno de los trabajitos que proféticamente le designa Andrés en su relato. De Arriba Debajo de Izquierda Derecha es un cuento del cual encontramos muchas versiones y entregamos al lector la más acabada, a juzgar por una hipotética enumeración que el autor había trazado. El Espectador es otro de los múltiples cuentos escritos en 1969, donde empieza a utilizar el cine como parte constitutiva de sus ficciones narrativas. Felices Amistades inicia lo que podríamos llamar la etapa criminal del autor, en un relato lleno de ambigüedades ingeniosas y situaciones que lejanamente aparecerán en Noche sin Fortuna. Lilita que no quiere Abrir la Puerta? es una versión primitiva de Los Dientes de Caperucita, pero que a juzgar por el resultado final de este último relato, se transformó totalmente. Lo incluimos porque tiene méritos por sí solo y porque es casi el inicio de su imagen de la mujer como devoradora (otro de los temas que llegará a felices términos en Noche sin Fortuna). En las Garras del Crimen es su único cuento directamente influido por la novela negra y el thriller, dos de sus géneros favoritos. Es un relato muy en plan de regodearse con el tema y está escrito como si Andrés jugase con su propia imagen y sus propios gustos. Se trata, al parecer, de uno de sus últimos cuentos. Patricialinda, el cual se iba a llamar inicialmente Destinito Fatal, es otra de sus interminables reflexiones acerca de un personaje, tomando un par de anécdotas mínimas, como punto de partida para las siempre reconfortantes divagaciones de sus protagonistas. Calibanismo era un fragmento de Antígona (una de las versiones de Noche sin Fortuna) donde con mayor obsesión insiste en el tema del canibalismo. Aquí se nos hace prácticamente un "análisis" de lo que serán las actitudes del extraño personaje femenino de la novela que aquí incluimos. Los Dientes de Caperucita es uno de sus relatos más delirantes y de considerable riqueza estilística. Premiado en Caracas, fue el cuento del cual encontramos mayor número de versiones y variantes temáticas. Aunque le somos fieles al autor al sacar a la luz la que él consideró el cuento terminado, había otras aproximaciones realmente excelentes, como la titulada ¡Pero que ojos más grandes tienes, Caperucita!, que, desgraciadamente, tuvimos que echar a un lado. Maternidad salió el público en la contracarátula de El Atravesado, en la edición que él mismo supervisó. Era el cuento que Andrés consideraba "modestamente, como mi obra maestra". Y, aunque hay otros relatos igualmente memorables, no estaba del todo equivocado. Hay varios elementos que luego desarrollará en ¡Que Viva la Música!, especialmente en la descripción del desmoronamiento de la dama de la historia. El tono del cuanto es inmejorable y su delicioso ambiente decadente lo convierte en el mejor ejemplo de cinismo y agite que cualquier autor colombiano haya tenido. Recuérdese, por ejemplo, cuando el narrador dice "rasgué con su sangre el pasto yaraguá", al referirse a la primera cópula con su mujercita. O su definitiva decisión: "Le haré un hijo a esta mujer". Son, evidentemente, logros contundentes de su estilo. Los Mensajeros, a criterio de los recopiladores, el cuento de mayor belleza de toda la selección. Hay un imagen apocalíptica y nostálgica de Cali, vista desde la óptica de una legendaria estrella de cine que surge y desaparece cuando Cali se convierte en la meca del séptimo arte y los soñados Estudios del Río dan cuenta de por qué la capital del Valle del Cauca se le llegó a llamar alguna vez Caliwood. Uno de los cuentos memorables para la historia del cine colombiano. Por último, los tres Destinitos Fatales que el lector encontrará al final de Calicalabozo fueron originalmente publicados por Andrés en 1971 en uno de los folletos del Cine - Club de Cali (que se llamaba Ojo al Cine), en medio de reflexiones sobre las películas de Polanski y el género de horror. Su título será una constante en todo lo que Caicedo escribió y, su vida en general estuvo marcada por esta frase. De hecho su suicidio fue la respuesta a este sino recurrente que envolvió su rápida y prolífica vida.

    El título Calicalabozo creemos que habla por sí solo acerca de su significado. Este era el nombre que Caicedo siempre quiso para su colección de cuentos, una vez publicados. Entre sus notas, encontramos varios proyectos de unificación de sus relatos, siempre bajo el mismo título. Incluso, hay un proyecto de aglutinar sus cuentos, ¡Que Viva la Música!, El Atravesado y los Angelitos Empantanados, todos en un solo volumen. "Para mí vivir en Cali es como para el Cónsul de Lowry vivir en Quauhnauac", decía Andrés, lapidariamente. Con esto quizás explique un poco el sentido de su título y la sensación de obligado encierro que le inspira la ciudad. De todas formas, no se trata, ni mucho menos, de un rechazo climático, geográfico, ni mucho menos humano, hacia la "Sultana del Valle". Su insistente "capacidad de sufrimiento" trascendía los límites de la Capital de la Alegría y lo sumió, definitivamente, en la desazón. Su obra, en ningún momento se puede considerar como una explicación, en la medida en que trabajó casi con un obligante afán para intentar, inútilmente, de borrar las huellas de su propia tristeza. Cuando a Andrés le preguntaban, por ejemplo: "Quiubo, Qué has hecho?". Él respondía bergmaniano: "Sufrir incalculablemente", como responde algún personaje con cáncer en Gritos y Susurros. Su desespero lo llevaba consigo a todas partes y esa sensación de "Calicalabozo" la llevó a cuentas hasta L.A., New York, Bogotá o Cartagena. Sin embargo, Caicedo no pasó por trágico durante su vida y, por el contrario, su extraordinario humor se integró perfectamente a su incertidumbre. Esta posición, bastante caleña, por cierto, de reírse de las propias derrotas y frustraciones, se define en nuestro medio como la exégesis de medaunculismo, del cual Andrés fue uno de sus principales cultores. Es por esto que en todos los relatos (y, en general, en toda su obra) hay una feliz amargura, hay una satisfacción por el desmoronamiento, hasta llegar a plantear, por ejemplo: "Y vamos creciendo, puede que madurando nuestros conceptos, ganado número de visiones importantes, pero nada tendría de raro que después de un film excepcional desfallecieran nuestras fuerzas. Rico". Incluso, podemos afirmar, sin duda, que el único lugar donde Caicedo se sintió a gusto fue en su ciudad natal: la música, el ambiente, el clima, las peladas, le fueron, evidentemente, mucho más reconfortantes para ayudarle a morir a gusto. "Que jartera tener que morirse en Bogotá", planteaba en alguna de sus narraciones debordadas. E hizo todo lo posible porque esto no sucediera. Se esperó un poquito, se cortó el pelo a navajazos, sonrió para algún periódico, se dejó entrevistar para la televisora nacional y regresó a su Calicalabozo a recuperar su encierro, esta vez para siempre.

    La segunda sección del libro, Angelitos Empantanados o Historias para Jovencitos comprende tres relatos. Uno de ellos, Angelita y Miguel Ángel, contiene buena parte de su cuento Berenice, sobre todo en lo referente a la fascinación por las pocas piezas dentales coleccionables del poeiano personaje. Todas estas narraciones dan vueltas alrededor de los mismos sujetos e, incluso, de las mismas situaciones que luego veremos ampliadas en Noche sin Fortuna.

    En estos relatos encontramos que los protagonistas siempre descienden al "espiral sin fondo de la perdición", metaforizado este sentimiento en una búsqueda ingenua de la marginalidad, hasta el punto de caer en las garras de los mundos corrompidos. Los personajes principales de estos cuentos son dos muchachos divinos, estereotipos de la burguesía, limpiecitos y portadores del amor, en estado virginal. Hasta que el descenso a los infiernos, el reconocimiento de los barrios populares, la evidencia de las inmundicias, los conduce a la muerte. Esta sensación se encuentra magistral y terriblemente manifiesta en El Tiempo de la Ciénaga, evidentemente, el mejor relato de esta parte del libro. Todos los actuantes en la presente saga, están marcados por un destino juvenilmente dramático, son poseedores de tempranas tragedias, se ahogan en su propio pantano y se tornan, a veces, en obstinados y reflexivos o en jovencitos inocentes, según el caso.

    La capacidad narrativa de Caicedo se hace evidente en esta colección de retratos de unos personajes que parecen narrar una historia ya sucedida y repetida para sí mismos desde la tumba. El Pretendiente, por ejemplo, inicia la invención de su historia desde la cama, encerrado en un cuarto y teniendo a la ciudad como telón de fondo, distanciada y solemne. A pesar de estar todos en una tierna juventud, pareciese como si ellos hubiesen tenido una sobredosis de vida y estuviesen cansados de pensar. Hay una extraña reverencia en los diálogos, en la descripción de los ambientes, dándonos la idea de ser personajes que la derrota les ha conferido el don de la sabiduría. Es un poco distinto este espíritu al de El Atravesado, donde el narrador le cuenta a un interlocutor su edad de oro como peleador callejero, con un trasfondo hijo de Rebelde sin Causa, de Al Compás del Reloj, de The Wild One, pero también de los ambientes duros del Sur de Cali, del espíritu de las galladas, de las delicias lumpescas y de una evidente nostalgia por el mundo de los años sesenta. En este relato notamos la capacidad de Andrés por estar en "la piel del otro héroe", para utilizar sus propios términos. En El Atravesado quien narra es el portador de la violencia. En Angelitos Empantanados los personajes, sus víctimas de ella. Estas dos tendencias vana unirse (o, por lo menos, a intentarlo) en Noche sin Fortuna, novela que cierra esta recopilación.

    Su título es tomado de una canción de lo Panchos (conocidos en nuestro medio como Los Chopanes), la cual dice, en una de sus estrofas: "Tú diste luz al sendero / en mi noche sin fortuna / iluminando mi cielo /como un rayito claro de luna / ...". Este proyecto, Caicedo nunca llegó a concluirlo. La publicamos tal como la encontramos, anexándole dos extensas notas donde el autor reflexiona sobre sus personajes y sobre el tratamiento general del texto. Es una lástima que Andrés no haya tenido el tiempo para concluirla, puesto que se trataba de una de sus propuestas literarias más ambiciosas. Originalmente, él trabajó el tema en un extenso relato titulado Antígona (ya había realizado dos o tres narraciones sobre la imagen de la mujer devoradora), donde se explica la relación amorosa por las vías de la antropofagia.

    En la novela, se unen casi todos los elementos trabajados por Andrés a lo largo de su obra: La Estatua del Soldadito de Plomo, su novela de adolescencia, está presente, pues en ésta, igualmente, tenemos el personaje que se levanta, se arregla y sale para asistir a una fiesta y encontrarse con un amigo, todo esto plagado de continuas trampas, las cuales serán, a la postre, de preferencia del autor para reflexionar sobre sí mismo. El personaje central, Solano Patiño (este nombre se utiliza en Cali para referirse a alguien que está solo, que se quedó sin nadie), ya había aparecido en los relatos de Angelita y Miguel Ángel, pero en contraplano, del otro lado de la fiesta. Danielito Bang, igualmente. Caravaca, aparece como personaje, pero no se el cita su nombre. Es, en otras palabras, la historia de los actores secundarios de los Angelitos Empantanados. Quizás el personaje más importante sea Antígona, una especie de metáfora de la mujer con la vagina en la boca, destructora y a la vez portadora de placeres. En vida, a Andrés se le oyó decir que si encontraba el amor, éste lo destruiría. Esta imagen de la feminidad se describe en este extraño conductor de placeres en que se envuelve dicha mujer, la cual lame ojos, chupa ombligos, succiona granos o muerde muslos tiernos, feliz y solemne. A su vez, uno siente que hay una concepción edípica en la manera de mirar a este ser que deambula por Cali como si navegase en el mar, que se pierde en su propio placer, hasta contagiarlo a sus víctimas inocentes.

    En una de sus notas, Andrés pone en tela de juicio toda esta aventura mental y carnal de los personajes de su novela y pensaba rescribirla con el nombre de Lilita, como el gran film de Robert Rossen. Esto, como se ve, nunca pasó de ser más que una vaga idea que desapareció con su autor. Consideramos que Noche sin Fortuna posee méritos incuestionables y todo lo que Caicedo alcanzó a escribir de ella vale la pena sacarlo a la luz. Sabemos, igualmente, que la novela llevaría un monólogo de la mamá de Solano Patiño y, seguramente, el viaje interior por la ciudad de Cali continuaría, en esa deliciosa transformación geológica de la avenida sexta, en esa descripción submarina del barrio Santa Teresita, en ese desenfrenado delirio mezcla de coprofilia y abulia, en ese descenso al Maelstrom de la perdición. Noche sin Fortuna se convierte, por consiguiente, en el testamento literario de su autor y en una pieza de especial riqueza literaria.

    Andrés Caicedo empieza entonces, para concluir, a ascender de nuevo a la necesidad de su público reconocimiento. Su obra es de los pocos ejemplos en la literatura colombiana que no pertenece a la "cultura oficial", ni sus textos vana a ser de obligada lectura escolar, ni recibirá condecoraciones post - mortem. Si embargo, por esas paradojas de la historia del arte, todo su trabajo literario merece un lugar predominante, toda vez que representa una de las obras más vitales, agresivas, trágicas, inteligentes y profundamente divertidas, que se hayan producido en muchos años en Colombia.

    Los Destinitos Fatales de Andrés Caicedo están manifiestos aquí, luego de varios meses de encierro voluntario para develar el misterio de los caprichos de su pluma, ahora que concluimos este trabajo y empieza a envolvernos la profunda tristeza de la obra concluida. Afortunadamente, este libro es tan sólo una parte. Todavía queda mucho por recopilar, organizar y destacar, para que el verdadero Caicedo quede entre sus lectores no como un hippie que no se entendía ni a el mismo, sino como el poeta en que realmente se convirtió. No sobra agregar que, entre los más escondidos papeles de Ramiro Arbeláez, uno de sus mejores colaboradores del Cine - Club de Cali, encontramos una colección de Poemitas, escritos a mano por Andrés y donde están presentes los versos que alguna vez debieron estar inmersos en su obra en prosa. Sólo nos que da sacar a flote el esfuerzo y esperar que la procastinación no acabe con nuestra paciencia. Hay fuego en el 23.

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    OJO AL CINE

    OJO AL CINE

    De: Andrés Caicedo

    Seleccionado y anotado por: Luis Ospina y Sandro Romero Rey.

    Grupo Editorial norma. 1999.

    OJO AL CINE

    Avance

    Hace más de 15 años comenzó la gestación de este libro. Los recopiladores organizamos todo el material póstumo del autor y lo dividimos por distintos géneros y actividades, de tal manera que existiese un mapa para navegar por las aguas fascinantes de los textos caicedianos. En 1984, publicamos con la Editorial Oveja Negra el libro Destinitos Fatales, donde se incluyeron 15 cuentos, los relatos reunidos bajo el título Angelitos Empantanados o historias para jovencitos y la novela inconclusa Noche sin Fortuna. Dicho libro, con el correr de los años, se convirtió en objeto de culto, al igual que la novela ¡Que Viva la Música! y el relato El Atravesado. ¿Por qué ha pasado tanto tiempo para publicar este Ojo al Cine? Para los compiladores se fue convirtiendo en una especie de destinito fatal. Pasó por muchas editoriales y el cuerpo final del libro dio muchas vueltas. Hoy, por fin, el lector tiene entre manos un volumen con mucho volumen, como lo quiso su autor en vida. La tardanza ha sido producto de muchos accidentes que no dependieron, por favor, de la voluntad de sus gestores. Por fortuna, la constancia vence lo que la dicha no alcanza y estos escritos cinéfilos ven la luz, brindándole a todos aquellos que han disfrutado la obra de Andrés Caicedo lo que su autor más cultivó: la escritura por, para, desde, en y frente al cine. Más allá de la coyuntura de los años setenta , existe en todos estos textos una actitud y una manera de asumir la vida a través de lo que la pantalla provocaba. He aquí otra deuda que tenemos con su autor: aprender a descubrir de qué manera el cine nos mira a nosotros.

    ¡QUE VIVA LA MÚSICA!

    ¡QUE VIVA LA MÚSICA!

    De: Andrés Caicedo

    Edición al cuidado de Sandro Romero Rey.

    Grupo Editorial Norma. 2001.

    "¡Que Viva la Música! es una novela de iniciación. Es la invitación a una fiesta sin sosiego, donde su protagonista dejará que le mundo baje hasta el pozo sin fondo de sus propios excesos. Pero con felicidad. Con absoluta dicha. Hay un pacto secreto con la muerte en esta danza de María del Carmen Huerta, la rubia protagonista de estas páginas. Pero es la muerte dulce de las celebraciones: el paisaje, los afectos, la noche, la niñez que huye, la adolescencia triunfal, el rock and roll, los Rolling Stones, la salsa, Ricardo Ray, Bobby Cruz, las drogas, Cali (o Kali, según la ortografía de nuestra narradora). Es, así mismo, una iniciación al descubrimiento de una ciudad colombiana (única, mágica e irrepetible), que comienza por el cielo del norte, con su Avenida Sexta, su parque Versalles y sus parajes mágicos, hasta llegar al infierno del Sur con su caseta Panamericana, su río Pance, sus barrios más allá de Miraflores, su cordillera de los Andes alada y los refugios de la salsa y el sexo en los límites finales de la calle quince. Andrés Caicedo, el autor de este viaje hacia el deliro verbal, pondría fin a su vida el mismo día que tuvo el ejemplar publicado de esta novela en sus manos. Han pasado más de veinte años y, lo que se pensaba sería una oscuridad efímera, terminó siendo uno de los libros más importantes de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo veinte.

    El ejemplar que el lector tiene entre manos es la edición definitiva de la novela de Caicedo, en la que se corrigen, por fin, los accidentes y gazapos de ediciones anteriores".

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    NOCHE SIN FORTUNA

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    NOCHE SIN FORTUNA

    De: Andrés Caicedo

    Edición al cuidado de Sandro Romero Rey. Presentación: Luz al sendero de Noche sin fortuna. Por: Sandro Romero Rey. (Contiene el relato "Antífona").

    Grupo Editorial Norma. 2002.

    Luz al sendero de Noche sin Fortuna

    La obra literaria de Andrés Caicedo (Cali, 1951 - 1977), se planteó, desde un principio, como un proyecto obsesivo y totalizador. Por una de esas extrañas razones que impone el azar, el muy joven Caicedo, casi desde los diez años de edad, se propuso que su breve paso por este mundo debería estar de la mano de aventuras creativas, tanto a nivel de la narrativa, como de la dramaturgia o de la indagación de las formas cinematográficas. Ya desde los primeros escritos juveniles de Andrés podemos encontrar temas y pesadillas que se van a repetir, desde distintos ángulos, hasta sus últimos fantasmas creados segundos antes de su suicidio. Ya se ha dicho hasta la saciedad que Andrés Caicedo planteó siempre que vivir más de veinticinco años era una soberana estupidez y por eso se sentó a inventar con frenesí frente a la máquina de escribir con una pasión y una vehemencia sólo comparable a la fatalidad de los adictos.

    Desde muy niño, desde los doce años, nos encontramos con escritos de Andrés Caicedo que darán cuenta de su curiosidad creativa. Se trataba de cuentos nihilistas y desamparados, cuentos donde se batía contra el mundo, contra el Cali de los años sesenta, contra su clase, contra su colegio, contra las calles, contra el mundo. En aquella época, escribiría su primera aventura novelesca titulada La estatua del soldadito de plomo, una extensa historia de un joven dispuesto a asistir a una fiesta de adolescentes, pero con un cerebro pertinaz que no deja de reflexionar hasta lo más ínfimo. De este texto inédito, muchos años después, el grupo de teatro Matacandelas de Medellín incluiría textos en su segunda obra caicediana llamada Diplomas (1997). Y no es extraño que un grupo escénico se hubiese interesado por los textos de Andrés, puesto que el mismo autor, desde que estaba en el colegio, se interesó por el mundo de las tablas y escribió y dirigió sus propias obras o adaptaciones inmensas de múltiples autores (Triana, Ionesco, Vargas Llosa, Melville, Pinter, Allan Poe). Tanto la escena como la literatura serían sus dos focos de atención en los primeros años de su vida.

    Hasta que el virus de la cinefilia comenzó a rondarlo. Caicedo estuvo al servicio del cine tanto como guionista, como realizador, como actor y, sobre todo, como crítico, tal como se da cuenta en el volumen recopilatorio Ojo al cine (Norma, 2000). Para Andrés, como para los apasionados creadores de la Nueva Ola francesa, el cine era una eficaz manera de suplantación de la vida. Sumergirse en los laberintos de la pantalla era una forma de aferrarse a una nueva realidad con herramientas únicas y fascinantes las cuales, para un joven sin salida como Andrés Caicedo, iban a ser más que necesarias. Desde finales de la década de los sesenta entonces, Andrés combinaría la producción de ficciones con la escritura de distintos textos por y alrededor del cine. De todas maneras, es frente a la máquina de escribir donde encontraremos al inseguro Caicedo navegando con total eficacia. Ráfagas de frases, de palabras, de dudas, de pirotecnia verbal salen de su cabecita sin sosiego, hasta lograr concebir un universo que tan solo, hoy por hoy, estamos sabiendo asimilar y darle coherencia.

    Tratemos de seguir un poco el recorrido de sus textos de ficción. En 1975, el autor publicó, con la complicidad de su madre, un extenso relato titulado El atravesado, el cual da cuenta de la saga de los pandilleros caleños (sí, caleños; siempre Cali). Esta narración, junto con el cuento Maternidad, se publicarían en 1975, pero ya desde antes Andrés tendría una voluminosa producción de relatos breves, de la cual hay un considerable ejemplo en la compilación titulada Calicalabozo, la cual reúne narraciones que van desde 1966 hasta el fin de los días de su autor. Pero no sobra agregar que los escritos de Andrés van mucho más allá de la síntesis concebida para este volumen de historias. El autor se preparó sin tregua con la creación de muchos cuentos, con la escritura y reescritura de las mismas historias, hechas con total disciplina y con una obsesión que rayaba con el delirio. En los días de su muerte, Colcultura publicó su novela ¡Que Viva la Música! (reeditada por Norma en el 2001) las cual es, sin lugar a dudas, su obra más acabada y que mejor cuenta da del talento demoledor de su autor. Alo largo de los años, quien esto escribe, en compañía del director de cine Luis Ospina, nos hemos puesto en la tarea de organizar y publicar el inmenso legado que Andrés dejó en el camino y así han visto la luz distintos volúmenes donde se recopila la deliciosa aventura literaria del autor que nos compete.

    En 1986, editamos un volumen titulado Destinitos fatales, donde reunimos toda la obra de ficción de Caicedo no publicada hasta ese momento. Allí se encontraba la ya citada colección Calicalabozo, los relatos Angelitos empantanados o historias para jovencitos y una novela inclasificable y contundente titulada Noche sin Fortuna. Este texto era la novela en la que Andrés trabajaba cuando tomó la decisión de acabar con sus días. En carta a Juan Gustavo Cobo Borda fechada en 1976, el autor hablaba de un texto en el cual estaba trabajando ("muy violento", según sus palabras) titulado Despezcueznarizorejamiento. Por lo que intuimos, se trataría de la misma Noche sin fortuna, al igual que la colección de cuentos Baladas para niños muertos, serían los mismos Angelitos... Estos cambios no serían extraños en el proyecto creativo del autor, siempre haciendo variaciones sobre los temas que le preocupaban.

    El caso de Noche sin fortuna es, a todas luces, excepcional. Se trata de una novela, inacabada, por supuesto, pero que pretendía recoger todos los temas tratados por Andrés hasta el momento. Allí encontramos elementos que datan de La estatua del soldadito de plomo y se reencuentran en los relatos de Angelitos, en cuantos como Calibanismo o Vacío, o incluso en sus guiones cinematográficos. Noche sin fortuna es una novela furiosamente juvenil, ingenua, descarnada, trágica, terrible y divertida. Una vez más, los jovencitos burgueses (nótese la irónica pasión de Andrés por los diminutivos: Angelitos, destinitos, jovencitos, caperucita, soldadito: el mundo visto siempre a través de la mirada pequeña) salen de sus casas a una banal fiesta de quince años (¿es esta Angelita Sardi la misma Angelita Rodante de los empantanados?) y, poco a poco, el mundo se va convirtiendo en una "burbuja de horror", donde los personajes parecen extraídos de La noche de los muertos, el film de George Romero que tanto le entusiasmase a Caicedo.

    Ya lo dijimos en el prólogo a los Destinitos fatales: "Su título es tomado de una canción de Los Panchos (conocidos en nuestro medio como los chopanes), la cual dice en una de sus estrofas: "tu diste luz al sendero/ en mi Noche sin fortuna/ iluminando mi cielo/ como un rayito claro de luna...". Este proyecto, Caicedo nunca llegó a concluirlo. Lo publicamos tal como lo encontramos, anexándole dos extensas notas donde en autor reflexiona sobre sus personajes y sobre el tratamiento general del texto. Es una lástima que Andrés no haya tenido tiempo para concluirlo, puesto que se trataba de una de sus propuestas literarias más ambiciosas. Inicialmente, él trabajó el tema en un extenso relato titulado Antígona (ya había realizado dos o tres narraciones sobre la imagen de la mujer devoradora), donde se explica la relación amorosa por vías de la antropofagia (...) Todo esto plagado de continuas trampas, las cuales serán, a la postre, de preferencia del autor para reflexionar sobre sí mismo. El personaje central, Solano Patiño, (este nombre se utiliza en Cali para referirse a alguien que está solo, que se quedó sin nadie), ya había aparecido en los relatos de Angelita y Miguel Ángel, pero en contraplano, del otro lado de la fiesta. Danielito Bang, igualmente. Carevaca, aparece como personaje pero no se le cita su nombre Los años han pasado y, ahora que se cumplen veinticinco años de la muerte de Andrés Caicedo, es preciso volver a publicar este magnífico proyecto de novela. Y como las sorpresas no cesan, nos encontramos con un ejemplar de la revista Eco, donde se publicó la versión "definitiva", en 1979, del relato de Antígona, el cual narra, desde otro ángulo, la siniestra aventura del lovecraftiano personaje caicediano. Lo incluimos a esta edición como otra de las variantes del laberinto mental y literario de este Andresito, cada vez menos empantanado.

    CALICALABOZO

    CALICALABOZO

    De: Andrés Caicedo

    Invitación a las noches. Por: Sandro Romero Rey y Luis Ospina.

    Grupo Editorial Norma. 2003. Colección Cara y Cruz.Reimpresión; Verticales de Bolsillo. Grupo Editorial Norma, 2008.

    PRESENTACIÓN (FRAGMENTO).

    Alrededor de sesenta cuantos pudimos recopilar, luego de organizar por secciones todo el archivo de Caicedo. Su cuarto, en la casa de sus padres en el barrio Ciudad Jardín, ha cambiado notablemente. Todavía se conserva parte de su biblioteca, hay un archivador con papeles de su padre, un baño decorado con un gigantesco afiche de Performance (el excelente filme de Nicholas Roeg y Donald Cammel, con Mick Jagger, James Fox y Anita Pallenberg, que tanto le gustó en vida), unas pocas fotos de cine en la pared y, a un lado de la habitación, un baúl negro que contiene los folios. En ellos está la mayor parte de su gigantesca producción como crítico de cine, dos versiones de su novela La Estatua del Soldadito de Plomo, todos los guiones, unas seis obras de teatro (hay, incluso, una extensísima adaptación inconclusa de Gordon Pym de Poe), los cuentos, toda su correspondencia escrita y recibida, incesantes notas autobiográficas, traducciones y cuadernos de proyectos, éstos últimos, redactados a mano.

    Fundamentalmente, nos concentramos en los cuentos, pues este libro se propone dar cuenta de esta faceta en la obra de Andrés Caicedo, y allí nos detuvimos, a lo largo de varios meses.

    Podríamos dividir su trabajo como narrador, en tres "etapas" (seguramente, a nivel temático, muy arbitrarias), que nos ayudaron a la simplificación y organización del material. La primera, son sus cuentos de adolescencia, publicados algunos en dominicales del Occidente y El Espectador, entre 1966 y 1968. La segunda, es su trabajo de 1969, absolutamente prolífico. Y la tercera, todos los relatos que conducirían a la saga de Angelita y Miguel Ángel. Habría que advertir que, paralelamente a la escritura de los relatos, Andrés trabajaba en sus novelas, las cuales formaban parte de las obsesiones temáticas de sus cuentos.

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    ANGELITOS EMPANTANADOS O HISTORIAS PARA JOVENCITOS

    ANGELITOS EMPANTANADOS O HISTORIAS PARA JOVENCITOS

    De: Andrés Caicedo

    Colección de relatos recuperados por: Sandro Romero Rey y Luis Ospina (incluídos originalmente en "Destinitos fatales".)

    Grupo Editorial Norma. 1995. Colección: Verticales de Bolsillo, 2008.

    INVITACIÓN A LAS NOCHES (FRAGMENTO) Por: S.R.R. y LUIS OSPINA

    Angelitos Empantanados o Historias para Jovencitos comprende tres relatos. Uno de ellos, Angelita y Miguel Ángel, contiene buena parte de su cuento Berenice, sobre todo en lo referente a la fascinación por las pocas piezas dentales coleccionables del poeiano personaje. Todas estas narraciones dan vueltas alrededor de los mismos sujetos e, incluso, de las mismas situaciones que luego veremos ampliadas en Noche sin Fortuna.

    En estos relatos encontramos que los protagonistas siempre descienden al "espiral sin fondo de la perdición", metaforizado este sentimiento en una búsqueda ingenua de la marginalidad, hasta el punto de caer en las garras de los mundos corrompidos. Los personajes principales de estos cuentos son dos muchachos divinos, estereotipos de la burguesía, limpiecitos y portadores del amor, en estado virginal. Hasta que el descenso a los infiernos, el reconocimiento de los barrios populares, la evidencia de las inmundicias, los conduce a la muerte. Esta sensación se encuentra magistral y terriblemente manifiesta en El Tiempo de la Ciénaga, evidentemente, el mejor relato de esta parte del libro. Todos los actuantes en la presente saga, están marcados por un destino juvenilmente dramático, son poseedores de tempranas tragedias, se ahogan en su propio pantano y se tornan, a veces, en obstinados y reflexivos o en jovencitos inocentes, según el caso.

    La capacidad narrativa de Caicedo se hace evidente en esta colección de retratos de unos personajes que parecen narrar una historia ya sucedida y repetida para sí mismos desde la tumba. El Pretendiente, por ejemplo, inicia la invención de su historia desde la cama, encerrado en un cuarto y teniendo a la ciudad como telón de fondo, distanciada y solemne. A pesar de estar todos en una tierna juventud, pareciese como si ellos hubiesen tenido una sobredosis de vida y estuviesen cansados de pensar.

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    EL CUENTO DE MI VIDA

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    EL CUENTO DE MI VIDA

    De: Andrés Caicedo

    Texto contracarátula: Sandro Romero Rey

    Grupo Editorial Norma. 2007.

    Andrés vivía de afán. Pareciese como si el tiempo no le fuera a alcanzar nunca. Esa impaciencia y ese frenesí se sienten en su escritura. Sus libros, sus escritos en general, en ningún momento revelan un autor reposado. Por el contrario, Caicedo era frenético en su manera de descascarar las ideas frente a las cuartillas y saborear hasta el cansancio las palabras habladas, para traducirlas en el papel. Nadie ha sabido recrear mejor el lenguaje de los jóvenes caleños en la literatura como lo hizo Andrés, no sólo en sus escritos publicados, sino en las miles y miles de hojas que garrapateó a lo largo de su vida.

    Y nuevas páginas siguen apareciendo. Esta vez, la sorpresa nos la tenía guardada su familia. Cuando Andrés se suicidó, se encontraron, en su mesa de trabajo, un par de cartas, recién tecleadas. Una era para Patricia Restrepo, y otra para el crítico de cine español Miguel Marías. La familia guardó las copias (Andrés siempre escribió sus cartas con copias en papel carbón) y un tesoro adicional: los cuadernos en los que consignó sus impresiones personalísimas a lo largo de su vida. Estos cuadernos permanecieron, celosamente guardados, por respeto a sus padres, por respeto a la memoria. Porque era muy difícil, para sus allegados, enfrentar la muerte compartiendo el terrible látigo de las palabras. ¿Para qué escribió Andrés esas montañas de papel? ¿Para exorcizarse a sí mismo? ¿Para que las cuartillas fuesen descubiertas después de su muerte y éstas fueran publicadas como un secreto develado? Es muy probable. De hecho, Andrés quería publicar un libro que se llamase Pronto: Memorias de una cinesífilis donde saldrían a la luz todas sus reflexiones "en voz alta", como una especie de incesante monólogo interior que a Andrés lo estimulaba, se le hacía fácil y cada vez recurría a él con mayor y mejor pericia. Fragmentos de estas Memorias salieron publicados en el volumen Obra en Marcha No. 2 del Instituto Colombiano de Cultura, meses antes de la aparición de ¡Que viva la música!, en la misma colección. Este relato se reprodujo en el libro Ojo al cine de 1999. El lector aguzado podrá sentir el mismo aliento y el mismo impulso en los escritos de El cuento de mi vida e, incluso, algunas frases y algunas ideas son prácticamente exactas.

    Bueno, pero, ¿qué es El cuento de mi vida? Cuando el texto llegó a mi correo electrónico, debo confesar que comencé a leerlo con cierto nervio y con indómita tensión. ¿Y esto cómo se lee? Después de tantos años de seguirle la pista a la obra de Caicedo, cómo enfrentarme a un nuevo e inesperado hijo de más de treinta años? Las dudas se despejaron rápidamente cuando me devoré sus páginas. Allí estaba consignado y confirmado el talento feliz de su autor, su horrorosa sinceridad, su temible sentido del humor, su eficacia narrativa, su poderosa manera de enfrentarse a la auto-destrucción, con las herramientas intactas de un escritor que decide inmolarse mientras se enreda en sus palabras. Al leer los textos (que Andrés insiste en no llamar "diarios") uno queda con la sensación de que su autor vivía algunos asuntos de la vida real, para poder escribirlos y reflexionar sobre ellos. La vida, para Caicedo, era preferible escrita. Da la impresión de que su autor quería ser una especie de aciago demiurgo al que le estorbaba el ritmo banal de la existencia, pero lo estimulaba a más no poder su traducción en signos escritos.

    Cuatro secciones, extraídas de sus cuadernos personales y dos cartas demoledoras, nos dan cuenta de los pálpitos del corazón delator de Andrés. De repente, el único reproche que tengo a El cuento de mi vida, es que queda faltando algo. Uno como que quisiera más. Pero, bueno. Es que con la obra de un escritor suicida siempre va a quedar faltando algo.

    Y, estoy seguro, que los lectores incondicionales de Caicedo siempre querrán, querremos, que se nos rebose la taza.

    Bienvenido este cuento de la vida de Andrés, que nos abre las puertas, una vez más, al misterio de su muerte.