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  • ANTOLOGÍA 58 ESCRITORES COLOMBIANOS 21 FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA. 2007.

















































  • CUENTOS DE ANIMALES FANTÁSTICOS PARA NIÑOS

    CUENTOS DE ANIMALES FANTÁSTICOS PARA NIÑOS

    Cuentos. Coedición Latinoamericana. Editorial Norma, Colombia, 1984

    "La historia y el desarrollo humanos, siempre han estado ligados a los animales. Algunas veces temidos, otras venerados, los animales son parte significativa en la vida del hombre.

    De esta estrecha convivencia, surge el caudal de narraciones que recrean y enriquecen la visión sobre estos seres. Los animales han tomado vida en la literatura: en las fábulas enseñan la moral y el comportamiento social. Asimismo, son numerosos los ejemplos literarios sobre animales nacidos de la imaginación y fantasía humanas: frecuentemente, existen animales fantásticos que están relacionados con leyendas que hablan de los orígenes; también, es muy común que estos seres extraordinarios estén relacionados con experiencias amorosas. A veces, los animales se convierten en fuerzas de la naturaleza que ayudan o perjudican al hombre; en ocasiones, existe la posibilidad de que un ser humano quede, momentánea o permanentemente, transformado en un animal de gran fuerza y poder.

    En esta recopilación de cuentos latinoamericanos, los protagonistas son animales fantásticos surgidos de la tradición literaria popular.

    Entre los relatos de Brasil, Ecuador, Guatemala, México, Nicaragua, Perú, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, se encuentra la historia colombiana titulada EL HOMBRE CAIMÁN, escrita por Sandro Romero Rey.

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    OTTO DE GREIFF: 90 AÑOS

    OTTO DE GREIFF: 90 AÑOS

    Recopilación e Introducción: Sandro Romero Rey.

    Ediciones Teatro Colón. Colcultura. Diciembre, 1993.

    Si se va a hablar de música en Colombia, el nombre de Otto de Greiff no podrá estar nunca entre paréntesis. Nacido en Medellín en 1903, su actitud es un referente necesario en la evolución de la cultura colombiana.

    Ingeniero, matemático, comentarista musical, periodista, poeta, traductor, Otto de Greiff fue la definición exacta de la vida de un hombre que ha brindado su vida a dos palabras: la paciencia y la constancia.

    Su aporte como comentarista a la vida musical del país es quizás la más importante contribución al desarrollo de la mentalidad artística colombiana.

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    EL REGRESO AL DESIERTO

    EL REGRESO AL DESIERTO. TABATABA.

    De: Bernard-Marie Koltès

    Traducción de "El regreso al desierto": S.R.R. Gestus. Separata Dramatúrgica. Escuela Nacional de Arte Dramático. Colcultura, 1995.

    Primera traducción al español de uno de los textos emblemáticos del dramaturgo francés nacido en 1948 y muerto en 1989. El regreso al desierto fue estrenada en 1988 en el Théâtre Renaud-Barrault de París, con Jacqueline Maillan y Michel Piccoli en producción, como de costumbre, de Nanterre-Amandiers, bajo la dirección de Patrice Chérau y escenografía de Richard Peduzzi, quienes conformaron un modelo ejemplar de colaboración estable junto al dramaturgo y actores como Maria Casarès o el mismo Piccoli. El desierto del que habla Koltès en esta obra - publicada originalmente en Editions de Minuit - es el de la provincia francesa de su infancia, cuando estalla la crisis de Argelia.

    La traducción de El regreso al desierto fue hecha especialmente para el evento Bernard-Marie Koltès: la palabra dada, organizado por la Académie des Théâtres de France, con directores y academias de teatro colombianas, con presentaciones en Bogotá y Medellín. S.R.R. dirigió,para dicha ocasión, cinco escenas de El regreso al desierto. El evento se hizo en agosto de 1995. Esta traducción fue montada, en su versión integral, por CAROLINA MEJÍA GARZÓN, con estudiantes de Cuarto Año de la Academia Superior de Artes de Bogotá en el primer semestre de 2008. Se hicieron dos temporadas: una en el escenario de los Sótanos de la Avenida Jiménez y otra en el Teatro Libre de Bogotá, Sede Centro.

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    FANNY MIKEY: 50 AÑOS DE VIDA ARTÍSTICA

    FANNY MIKEY: CINCUENTA AÑOS DE VIDA ARTÍSTICA

    Los 50, los 60, los 70, los 80, los 90. Por: Sandro Romero Rey

    Ediciones Teatro Nacional, 1996.

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    Edición conmemorativa en la que, como su nombre lo indica, se festejan los cincuenta años del trabajo teatral de la actriz, directora y gestora cultural de origen argentino, radicada en Colombia. Fanny Mikey ha sido, no sólo una destacada "bête de scène", sino la organizadora del inmenso Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, el cual existe bienalmente desde 1988.

    En este libro hay textos de Gustavo Vasco, Isaías Peña Gutiérrez, Gonzalo Arango, Antonio Morales, Alvaro Bejarano y SRR.

    El texto de Sandro Romero Rey es un recorrido por todo el trabajo de Fanny, desde su infancia en Buenos Aires, hasta la plenitud de su carrera en Colombia, pasando por sus inolvidables festivales de arte en el Cali de los sesenta, su vida como actriz y promotora en el Teatro Popular de Bogotá, el nacimiento del Teatro Nacional y su trabajo en Café-Conciertos.

    MAMÁ, ¿QUÉ HAGO?

    MAMÁ, QUÉ HAGO? Vida secreta de un director de cine

    De: Carlos Mayolo

    Prólogo: Carlos Mayolo: la fiesta sin fin. Por: Sandro Romero Rey

    Editorial Oveja Negra. 2002

    Carlos Mayolo. Desde los comienzos de su trabajo como documentalista, pasando por la reflexión acerca de sus largometrajes, hasta la consolidación de su obra como realizador de la pantalla chica.

    En el prólogo, Sandro Romero Rey hace un recorrido a lo largo de la obra de Mayolo y recuerda todos los años que pasó a su lado como colaborador, asistente de dirección y guionista.

    Romero Rey colaboró como asistente de Mayolo en Cuentas claras, chocolate espeso, Aquel 19, Carne de tu carne y La mansión de Araucaima (en las dos últimas colaboró en la adaptación del guión). Fue libretista de la serie Cuentos de Espanto y Azúcar. Tiene breves apariciones como actor en Carne de tu carne, La mansión de Araucaima y Rodando por el Valle.

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    Libro de memorias del desaparecido director de cine y televisión caleño

    VIDA DE MI CINE Y MI TELEVISIÓN

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    VIDA DE MI CINE Y MI TELEVISIÓN

    De: Carlos Mayolo.

    Organización y presentación: Sandro Romero Rey.

    Villegas Editores. 2007.

    La primera sensación que tuve, cuando me sumergí en los manuscritos de mi amigo Carlos Mayolo, fue la de estar leyendo a un niño genio. Albergaban la inocencia de un jovencito recién inventado, con la sapiencia de alguien que ya se había comido al mundo entero. Carlos Mayolo, el director de cine colombiano, nacido en Cali en 1945 y muerto en Bogotá en el mes de febrero de 2007, tenía una deuda con sus espectadores, con sus lectores, con la cultura de su país. Todos quisimos, de alguna manera, tener un testimonio acerca de la costura secreta que representó la creación (nunca la palabra podría haber sido más exacta) de su obra audiovisual. Mayolo insistió en llamarla siempre "sus películas", porque para él las imágenes en movimiento siempre fueron eso, películas, nunca "videos" o "programas de televisión". Mayolo es de la época en la que "filmación" y "rodaje" casi se oponían al concepto de "grabación". Filmar era una ceremonia para iniciados. Llegar a capturar la realidad a través de una cámara era un triunfo al que pocos pioneros, en Colombia, habían logrado coronar.

    A Mayolo le seguí la cuerda durante casi treinta años. Le hice la segunda y le serví de cómplice en muy buena parte de sus aventuras creativas. Le admiré sus trabajos prehistóricos y celebré sus alocadas invenciones a lo largo de dos décadas. A comienzos de los ochenta, cuando nuestra amistad comenzó a estrecharse, llegué a pensar que era la persona más inteligente que había conocido. Su velocidad, su chispa, su impresionante sentido del humor, sus juegos de palabras, su pantagruélica relación con el mundo, su capacidad infinita de seducción, lo convertían en el ser escogido para producir el pecado capital de la envidia. Para no sucumbir, preferí mirar los toros desde la barrera y ver a Mayolo seguir su camino, hasta su recta final.

    No quiero ser muy extenso en esta presentación que debería serlo. Me parece que el libro que el lector tiene entre manos es, en sí mismo, una carta de presentación. Deja ver, sin tapujos, el ser humano que se escondía en Carlos Mayolo: un niño, un genio, un borracho, un megalómano, un creador, un drogadicto, un terco, un triunfador, un poeta, un hombre iracundo y feliz. Mayolo nunca se arrugó ante nadie. Habló todos los idiomas, se codeó con los protagonistas del mundo del cine sin complejos, vivió y murió sin contemplaciones y así, sin más ni menos, se dedicó a garrapatear y a recordar su paso por el mundo.

    Mayolo escribía como pensaba Molly Bloom. Sin puntos ni comas. En los últimos diez años de su vida se concentró en lo que nunca supo hacer. En escribir. En escribir sin puntos ni comas. Y escribió y escribió y escribió. Obras de teatro, poemas, reflexiones, memorias, guiones, novelas. Cualquier papelito en blanco que se encontraba, lo llenaba de palabras. El resultado, enloqueció a varias secretarias y a algunos de sus amigos, tratando de entender qué era lo que Mayolo anotaba con tanto ímpetu. Cientos y cientos de páginas daban cuenta de la borrasca creativa que el director de cine tenía en su cabeza. Y, por supuesto, constatamos que era muy probable que Mayolo estuviera loco. Pero, ¿qué otro podía ser el desenlace en la cabeza de un creador que se dedicó a inventar cocteles con el peligro de su inteligencia?

    En el año 2005, Mayolo terminó un primer borrador de un libro que tituló Vida de mis películas. Era el embrión de lo que van a leer a continuación. Sus asistentes personales se lo pasaron en limpio. Mayolo hizo algunas fotocopias y lo mandó a varias editoriales. Nadie quiso publicarlo. Los libros de cine no se venden. Mayolo es un director de cine, no un escritor. A Mayolo parece que no le importó. Regresó a su casa y siguió escribiendo y escribiendo. Bebía como los cosacos, engordó sin más remedio y perdió la sonrisa de los labios. Bufaba como un búfalo, las manos comenzaron a temblar pero, aún así, no dejó de escribir. Me sorprendió que le interesase escribir teatro (creo, en el fondo, que lo hacía porque le podría resultar más barato que hacer cine). Pero también hizo poemas y se dedicó a pensar con su pluma. De esas notas interminables, ha salido este libro.

    Aquí, Mayolo recuerda su infancia y su primera relación con las imágenes proyectadas. Luego, se pasea por el descubrimiento del oficio, con su trabajo en publicidad y sus primeros cortometrajes experimentales. Salta de un tema a otro, desordenadamente, con los cables cruzados de sus recuerdos, invitando a que sus amigos pacientes lo tiremos de la cuerda y lo regresemos a la realidad. En esas me la pasé durante muchos años: desde Cuentas claras, chocolate espeso, un cortometraje inconcluso que realizó con Fernando Vélez, pasando por Carne de tu carne, Aquel 19, La mansión de Araucaima. Los Cuentos de Espanto y Azúcar. En todas estas aventuras, jugué a ser el súper yo de Mayolo, el que le llevaba la contraria en voz alta, el que le pasaba en limpio lo que el niño juguetón siempre quiso sucio. De igual manera, mi trabajo con este mamotreto, fue darle un orden en el tiempo y tratar de que fuese lo más completo posible, sin alterar el tono íntimo y caótico de su verdadero protagonista. Cuando faltaban datos de otros municipios, estos se completaron con sus memorias (Mamá, ¿qué hago?), con artículos de revistas (Universo de provincia o provincia universal, publicado en la revista Caligari, en su único número), con cartas o transcripciones de entrevistas grabadas (como una que realizó para Patricia Restrepo).

    No. No quisimos perder el tono de desbarajuste, de hombre que esculca papeles, del cuaderno de notas, del caos fantástico de la memoria, de traba lúcida, de periquera impaciente. Aquí, está el testimonio del Carlos Mayolo escritor, el cual, es una lástima, nunca se parecerá al Carlos Mayolo verbal. Creo que Mayolo nunca fue tan grande, como cuando hablaba. Por eso, siempre fue fascinante verlo dirigir. Aquí está, de todas maneras, el resumen de su paso por el mundo del cine, el cual, al mismo tiempo, es el resumen de más de cuarenta años de historia del cine y la televisión en Colombia. Es una historia accidentada, infantil, ingenua, entusiasta, a veces triste. A pesar de la fiesta sin fin en la que todos nos envolvimos, ahora, vista desde la distancia, es una fiesta con un peligroso e incómodo guayabo. Pero ese siempre es el resultado de toda buena fiesta.

    Leer la Imagen y semejanza de Mayolo, cada vez se parece más a la lectura de las Crónicas del cine colombiano 1897-1950 del "padre" Hernando Salcedo Silva. El libro de Mayolo también es la compilación del trabajo de un pionero. Porque el cine colombiano ha sido, a lo largo de su historia, la experiencia de tercos pioneros. Y Mayolo es, fue, el príncipe de nuestros pioneros contemporáneos. Irregular, impreciso, delirante, caótico, sí, pero, al mismo tiempo, vital, divertido, juvenil, agresivo, creativo, inolvidable. Quizás por cierta manía clasificatoria, me permití darle un orden cronológico a una saga que Mayolo contó a tumbos, de acuerdo a los caprichos de su memoria. Aquí está consignada, paso a paso, su filmografía y su videografía, con todos los títulos y la evolución vivida, año tras año, hasta que el destino lo destinó a la escritura.

    PALABRAS AL VIENTO (MIS SOBRAS COMPLETAS)

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    PALABRAS AL VIENTO. Mis sobras completas.

    De: Luis Ospina

    Presentación: Sandro Romero Rey.

    Aguilar. 2007.

    Cuando se estrenó el largometraje Pura sangre, en el Festival de Cine de Cartagena de 1982, ante la reacción contradictoria del público, el fotógrafo Hernando Guerrero sentenció: "ésta no es una película para Cartagena. Es una película para la historia del cine". Sabias palabras. La opera prima de Luis Ospina se esfumó de las carteleras de su tiempo y, hoy por hoy, se considera un clásico indiscutible de la cinematografía nacional. Es una de nuestras primeras películas de género, del género de horror, luego de las experiencias siniestras del director Jairo Pinilla. Sí. Pura sangre era una película de género, porque era la película de un terco cinéfilo. De un cinéfilo que colideraba a una pandilla de más cinéfilos, la cual había nacido en la década del setenta, gracias a la sagrada influencia del Cine Club de Cali y su promotor, Andrés Caicedo. Pero mejor será comenzar por el principio.

    Debo escribir en primera persona, porque no me queda más remedio. Si voy a escribir sobre Luis Ospina, debo escribir en primera persona, porque él ha sido mi primera persona, la primera persona con la que, de verdad, he podido conversar de cine. Aunque nos llevamos diez años de diferencia, me temo que la amistad cercana con Ospina me ayudó a crecer mucho más rápido de lo acostumbrado y a él le debo, de muchas maneras, mis sicosis, mis vértigos y mi frenesí. Todo comienza en Cali. Cali, una ciudad del occidente de Colombia, a escasas horas del Océano Pacífico. Allí, aquí, nació Luis Alfonso Ospina Garcés, en el mes de junio de 1949, un año después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, cuando en el país se instauraba eso que se llamó tautologicamente "La Violencia". Luis Alfonso se quedó "Poncho" para los amigos. Y así lo llamamos hasta hoy, a pesar de que a él no le gusta que el Alfonso conviva con el Luis. Los años pasaron muy rápido. El 7 de agosto de 1956, a la una y cinco de la madrugada, una explosión de siete camiones cargados con cuarenta y dos toneladas de dinamita, destruyó buena parte de la ciudad. Muy cerca de allí vivía la familia Ospina y, como la casa quedó parcialmente averiada, tuvieron que irse a vivir al Barrio Centenario, en una colina frente al colegio San Juan Berchmans. Allí, Ospina conoció al futuro director de cine Carlos Mayolo y comenzó a gestarse nuestra leyenda local. No voy a seguir paso a paso este periplo, porque de ello se encargará el propio Ospina más adelante. A lo que quiero llegar es al momento en el cual el futuro director de cine comenzó a escribir. Y ese momento se da, cuando Poncho conoce, en 1971, a Andrés Caicedo. El Cine Club ya funcionaba desde el 10 de abril de ese año en el Teatro San Fernando, aunque ya Caicedo lo había "fundado" en la Sala del Teatro Experimental de Cali y luego lo mantuvo durante un tiempo en el Teatro Alameda, durante el segundo semestre de 1970. Ospina recupera la amistad con Carlos Mayolo, quien había comenzado su aventura como realizador en Bogotá y, en el verano histérico de 1971 filman los VI Juegos Panamericanos de la ciudad, imágenes que luego se convertirían en el mediometraje documental Oiga vea. Luis estudiaba cine en los Estados Unidos, en la Universidad de California, haciendo realidad sus sueños de convertirse en sujeto de la cinefilia y no sólo en objeto de análisis.

    Ospina había realizado tres ejercicios memorables en USA: su collage titulado El bombardeo a Washington (luego convertido en obra de Pedro Manrique Figueroa en su mockumentary, Un tigre de papel), el Autorretrato (dormido), versión acelerada del Sleep de Andy Warhol y, sobre todo, El chivo expiatorio, cortometraje inspirado en el relato Eróstrato de Jean-Paul Sartre, con ecos del Fuego fatuo de Louis Malle y un gozoso escepticismo que acompañará su producción a lo largo de los años. Con su regreso a Cali, Ospina se convierte en un realizador colombiano. Se vincula al Cine Club de Cali y codirige con Mayolo. Ahora bien: Poncho ha sido una persona pudorosa y ciertos temas prefiere evitarlos. Con él, como con las señoras de otras épocas, no se habla ni de afectos, ni de plata, ni de enfermedades. "El Capitán Misterio", lo llamábamos con Mayolo en alguna época. Lo mismo sucedió, me atrevería a decirlo, con su trabajo como escritor. Intimidado, quizás, por la figura arrasadora de su amigo Andrés Caicedo, Ospina no se atrevió a practicar la crítica de cine, ni en los boletines sabatinos del Cine Club de Cali, ni en la revista Ojo al cine, fundada en 1974. Aún cuando hacía parte de Ojo al cine nunca se consideró un "crítico". Sus contribuciones eran traducciones (de Dziga Vertov, de D.W. Griffith...), entrevistas (a José María Arzuaga, a Julio Luzardo, al tándem Silva-Rodríguez, a la estrella Barbara Steele...) y algunas notículas de la sección "Ojo por ojo". El único artículo que Luis escribió para Ojo... ("XIV Festival de Cartagena: un toque de distinción") lo hizo al alimón con Caicedo. Quizás por su condición de realizador, Ospina respeta demasiado los oficios del cine y no se atreve a desbaratar de un plumazo lo que otros, con esfuerzos descomunales, se atreven a concebir en imágenes. Él mismo prefiere llamarse "un cronista cinematográfico". Y sí. En sus primeras películas Luis Ospina también es un "cronista cinematográfico", que captura la realidad con su lente, sin voces en off ni opiniones al respecto. Tanto en la agresiva Oiga vea, como en la jocosa Cali: de película. Después, en su cortometraje argumental, Asunción, los guiños cinéfilos regresan, ahora aventurándose a contar una historia al interior de un personaje: Asunción es, guardadas proporciones, nuestra Viridiana.

    En 1977, Mayolo y Ospina se lanzan a la pileta del anarquismo con su memorable Agarrando pueblo, mezcla de ficción y de documental, divertidísima parodia de los directores de cine que viven de las miserias del Tercer Mundo. La película es un éxito en distintos festivales internacionales y el dúo dinámico está listo para nadar en aguas más profundas. 1977 es un año definitivo: se suicida Andrés Caicedo, se rueda Agarrando pueblo, Mayolo y Ospina deciden tomar rumbos creativos por separado. Quizás por ello, la aparición de este libro, de estas Palabras al viento, no aparecen por casualidad 30 años después. Han pasado 30 años desde la muerte de Caicedo, convertido ya en leyenda. 30 años han pasado de la muerte de la revista Ojo al cine. Ahora, en el año 2007, cuando este libro se publica, acaba de morir Carlos Mayolo. Se publican sus memorias cinematográficas. Ospina estrena dos nuevos documentales: Un tigre de papel y De la ilusión al desconcierto (éste último sobre el cine colombiano desde 1970 hasta 1995). En el 2007, Poncho ha tenido que abrir por primera vez su corazón, en una operación a corazón abierto que casi nos deja con el cuento a medias. No. No es coincidencia. Como no fue coincidencia el hecho de que la década del ochenta comenzase con el primer largometraje argumental de Luis Ospina en Cali y con la consolidación de una pandilla creadora que terminaría llamándose Caliwood. Pura sangre fue una fiesta de la creación. Antes, las películas de Ospina y Mayolo se rodaban casi en secreto y la ciudad no se enteraba sino cuando estaban en la pantalla. A partir de Pura sangre, el asunto era a otro precio. En Cali se sabía que se estaba rodando un largometraje. Ya se habían vivido dos experiencias preliminares: las películas de Pascual Guerrero (o Inti Pascual, como figura en los créditos) El lado oscuro del nevado y Tacones. Pero con Pura sangre fue distinto porque, de alguna manera, todos los que nos involucramos allí sospechábamos que íbamos a ser testigos del nacimiento de una obra maestra. En mi caso, yo me había hecho amigo de Carlos Mayolo y había sido testigo del rodaje de uno de sus cortometrajes. A Ospina lo conocí realmente en Cartagena, en el XIX Festival de 1979, el año en que conocimos a Fassbinder y a Román Chalbaud, el año en que descubrimos 1900 de Bertolucci y Blue collar de Paul Schrader. Desde tiempo atrás yo lo admiraba en silencio y en Cartagena sellamos nuestro pacto de amistad. Cuando supe de la inminente filmación de su largo, abandoné mis actividades teatrales y le pedí a Poncho que me dejara hacer cualquier cosa durante el rodaje. "Cualquier cosa como un diario de la filmación", le propuse. Ospina aceptó. Parte de ese diario salió publicado en mi revista Caligari, una aventura en la que nos sumergimos con Hernando Guerrero, quizás estimulados por el aliento cinéfilo que se vivía en Cali gracias a Pura sangre. Caligari, por desgracia (o por fortuna, ya no sé) sólo sería revista de un número. Un número donde Pura sangre era el centro. Y el resto del diario desapareció.

    La película (dedicada a Andrés Caicedo) se estrenó, como ya dije, en Cartagena y compitió con otra película colombiana: Nuestra voz de tierra, memoria y futuro de Jorge Silva y Marta Rodríguez. Recuerdo las gloriosas polémicas y las celebraciones interminables. Sí. Desde el rodaje de Pura sangre, creo que el llamado Grupo de Cali se caracterizó por sus épicas celebraciones. Cali, mucho más que París, era una fiesta. Y donde estaban, estábamos los caleños del cine, se disparaba la rumba. Y los reyes de la rumba sin fin eran sus realizadores: Carlos Mayolo, Luis Ospina, Carlos Palau. A lo largo de la década del ochenta, creo que filmábamos para celebrar que estábamos filmando para celebrar. Así lo consigné en mi primera novela titulada Oraciones a una película virgen, publicada por Editorial Planeta en 1993, con una frase de presentación en la portada que rezaba: "en el cine, fe es creer en lo que no se ha revelado". La frase era de Luis Ospina, tal como podrá constatarlo el lector en el primer aparte de Palabras al viento. Porque Poncho siempre ha sido el hombre de las frases. Sus juegos de palabras son interminables, infinitos, siempre al borde de la genialidad. Poncho ha sido un banco de títulos. Cada vez que uno necesitaba un título, recurría a Ospina, quien sacaba el título certero debajo de su manga. En eso, hay ecos recurrentes al escritor y crítico de cine Guillermo Cabrera Infante (otro muerto, otro que invoca la cuenta regresiva) y creo que no es arriesgado comentar que este libro tiende tácitamente a homenajear. Lo curioso es que Ospina se haya bloqueado cuando tuvo que escoger el título para su colección de escritos. Duró varios días de duda metódica, hasta que se decidió por el definitivo Palabras al viento, tal como se tradujo en nuestra lengua el memorable melodrama de 1956 de Douglas Sirk Written on the wind y jugando quizás con la letra de la balada lacrimógena de Amanda Miguel (a quien vimos cantando una vez en Cali en un Teatro Municipal solitario) titulada "Él me mintió", cuya letra aúlla, en algún momento: "Mentiras, todo era mentira / palabras al viento / tan solo un capricho que el niño tenía...". Como decía la antigua cómplice de Ospina, Karen Lamassonne: "pachuco también es bueno."

    Tras el estreno de Pura sangre, la caravana de Caliwood continuó su camino. Se rodó Carne de tu carne, el primer largo de Mayolo, con el telón de fondo de la explosión de Cali del 56 (la de los camiones, no la de Douglas Sirk) donde Luis sería el editor y uno de los fantasmas de la historia. En la película, además, el personaje protagonista se llamaba Andrés Alfonso. No hay que comentar demasiado el homenaje. Mayolo estrenó su largo en el 84 y se preparaba para el rodaje de La mansión de Araucaima. Mientras tanto, Caliwood produjo otros cortos, otros medios, otros largos. En lo que se refiere a nuestro personaje, tenemos que destacar el cortometraje En busca de "María", correalizado con Jorge Nieto, mezcla de documental y argumental, donde se siguen los pasos del desaparecido primer largometraje del cine colombiano. Allí todos actuamos: Mayolo fue Máximo Calvo (así se llamaba el personaje, no estoy inventando chapas) y quien escribe fue Efraín. Otra película sobre el cine, otro film que es un ensayo. El clímax de la leyenda de Caliwood lo tuvimos con el rodaje de La mansión de Araucaima, donde Ospina hizo de sí mismo, es decir, de director de cine, editó de nuevo el film (como ya lo había hecho con otros dos mediometrajes de Mayolo, Aquel 19 y Cali, cálido, calidoscopio) y actuó como el cura de la banda de guerra en A la salida nos vemos de Carlos Palau.

    A partir de estos momentos, los acontecimientos se precipitan. Nace en Cali el canal de televisión regional Telepacífico y Ospina se consolida como el gran documentalista del cine y el video en Colombia. Realiza sus largometrajes Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos y Antonio María Valencia: música en cámara. Multiplica sus títulos en divertidos e inteligentes realizaciones para la televisión local, hasta llegar al clímax con su serie Cali: ayer, hoy y mañana, un fresco de muchas horas sobre nuestra ciudad, al que llamábamos en confianza "nuestro Berlin Alexanderplatz". Ospina quema entonces sus naves y se radica en Bogotá. Con la nueva década, nace otro de sus documentos cimeros: el largometraje Nuestra película, canto del cisne del pintor Lorenzo Jaramillo, una despedida gloriosa al gran artista que moría ante nuestros ojos, víctima del mal de nuestros tiempos. Hasta que, 17 años después, Luis regresa al largometraje de ficción, con el guión escrito por su hermano Sebastián, titulado Soplo de vida. De vuelta a los géneros, esta vez al thriller, al cine negro, al polar. Creo que en el texto de este libro titulado "Mi último soplo" se cuenta, sin contemplaciones, la gesta de ese nuevo parto. No sé porqué pienso ahora que la realización de los dos largometrajes de Ospina tienen el sabor amargo de un sacrificio, de una expiación. Nunca un hombre como Luis Ospina pudo sufrir tanto, como cuando tuvo que domar sus argumentales. Así lo vi yo, desde la distancia, en algunas noches en las que me colaba en el rodaje (no sé porqué me acuerdo ahora de Mayolo en levantadora en el Hotel Dorantes como Don Pancho ¿O sería Don Poncho?). Todo lo contrario sucede con sus documentales, que los ha realizado con inmensa tranquilidad, con absoluto conocimiento de causa. Quizás el momento crucial de este proceso ha llegado con su retrato de Fernando Vallejo titulado La desazón suprema, donde el verbo indómito del escritor paisa (bueno, ahora mexicano) se hace carne en las imágenes de un documental insuperable. Y, de nuevo, la escritura se cuela con timidez en las imágenes de su cine y de sus videos.

    Para completar este viaje, Un tigre de papel, su (¿falso?) documental sobre el malogrado Pedro Manrique Figueroa es una fiesta generacional. Es un recorrido a través del mundo y por el mundo de la izquierda, gracias, o por culpa de, un artista que se inventa, como en el título de Vargas Llosa, la verdad de las mentiras. Tampoco es una coincidencia que Un tigre de papel salga a la luz 30 años después de Agarrando pueblo. Ambos trabajos (qué palabra tan poco apropiada) corresponden al mismo espíritu de insobornable irreverencia, de burlarse de todos y de todo, de feliz provocación, sin duda otra fiesta de las imágenes que sólo un realizador como Ospina podía generar. No. No es una coincidencia que Palabras al viento sople en este momento, en este fatídico 2007. El hecho de que Ospina se lance a la piscina (el slogan de la empresa de su padre era: si tiene piscina, acuérdese de Ospina) de la escritura, es un regalo para el cine de Colombia, una actividad tan poco dada a la reflexión de largo aliento. Quizás por ello ha sido vapuleada durante tanto tiempo. Son muy pocos los libros de cine en Colombia: los mejores, el de Hernando Salcedo Silva, el de Hernando Martínez Pardo, los de Luis Alberto Alvarez. Hay otros memorables, como los de Hernando Valencia Goelkel, Jaime Manrique Ardila o Umberto Valverde. Hay curiosidades como las de Mauricio Laurens o Alberto Ramos. Hay otros, de los que hemos sido responsables, como los volúmenes post-mortem de Andrés Caicedo o el más reciente de Carlos Mayolo. Pero pocos son los realizadores que se han sentado a reflexionar sobre su obra. Está el curioso volumen de Gustavo Nieto Roa (Una vida de película) y artículos de directores regados en revistas y periódicos pero nada más. Este volumen de Luis Ospina, subtitulado Mis sobras completas es, en efecto, un compilado de la gran mayoría de textos que el director caleño ha escrito a lo largo de su vida, sobre su oficio, ahora del siglo XXI. Por fortuna, podemos disfrutarlos en el conjunto de un libro necesario. Como los artículos fascinantes de Fernando Vallejo, perdidos en la efímera existencia de magazines y diarios, los textos de Ospina merecían una existencia de largo aliento. Son textos escritos con mano maestra, inteligentes, muy divertidos, de una erudición atortolante, digno complemento de la obra de un creador único en nuestras tierras.

    En Palabras al viento hay de todo. Se abre con el célebre testimonio para el diario Libération, hace 20 años, respondiendo la pregunta "¿Por qué filma usted?" Luego, vienen sus grandes reflexiones sobre su propia obra, comenzando por el inmenso texto acerca de Soplo de vida (en realidad, un viaje al interior de la vida del propio Ospina) pasando por sus impresiones acerca del video, de Vallejo, del travieso e inasible Manrique Figueroa. Luego, en la segunda parte, tenemos al Ospina cronista, en el más estricto sentido de la palabra: desde sus balances e impresiones sobre Cartagena, pasando por los retratos de grandes festivales: Cannes, Benalmadena, Bilbao, París. Se titula "Ojo por ojo", como una de las secciones de la revista Ojo al cine. Más adelante, viene la revelación de un secreto: las columnas tituladas "Sunset Boulevard", firmadas bajo el seudónimo Norma Desmond, como el memorable personaje del clásico de Billy Wilder, uno de nuestros dioses tutelares. Norma Desmond era, es, a su vez, el nick name de Ospina cuando debía editar películas a regañadientes. Sobre Billy Wilder hay, por supuesto un texto, en la cuarta sección del libro, a propósito de su muerte. En este apartado, hay textos de cinéfilo apasionado: sobre la serie B, sobre la serie Z, sobre Hollywood, sobre los besos en la pantalla, sobre "la misa dominical" del cine en la Alianza Colombo-Francesa de Cali. En la quinta sección, están sus entrevistas "incunables" al desaparecido Emile de Antonio y al gran Albert Maysles, el correalizador de Gimme Shelter, mi película favorita, sobre el tour del 69 de los Rolling Stones. Y, last but not least, buena parte de su correspondencia con Andrés Caicedo y Carlos Mayolo, escritas dentro del mismo espíritu de "epístola literaria" que inunda las cartas del autor de ¡Que viva la música! Para completar los círculos, este año de 2007 verán la luz las cartas de Caicedo a Ospina, en una edición que sigue el camino trazado por el presente libro.

    No puedo evitar mi felicidad al escribir el presente prólogo. No puedo evitar la felicidad y, al mismo tiempo, dejar colar una cierta, indefinible tristeza. Con Luis Ospina he hecho de todo: hemos escrito juntos varios largometrajes que se quedaron en el papel (El pobre Lara, Colombia Pictures...), hemos hablado o permanecido en silencio durante horas y días que a veces parecen siglos, hemos viajado juntos, hemos mantenido vivos algunos cadáveres excelentes, hemos sido cómplices de las jugarretas colombianas de Barbet Schroeder, hemos sido testigos complementarios de buena parte de lo aquí consignado. Tanto que, con el Alzheimer precoz, a veces pienso que he sido yo el que ha escrito muchos de los chistes que por aquí saltan. Sí. Gracias a Santa Verónica, la santa del cine según el Padre Salcedo Silva, tenemos en nuestras bibliotecas un libro de Luis Ospina sobre sus imágenes, el cual no sabremos si ubicar en la sección de cine o en la sección de literatura.

    (Bogotá, agosto de 2007)

    COLOMBIA ESCRIBE EN ESPAÑOL

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    COLOMBIA ESCRIBE EN ESPAÑOL

    Varios autores. El texto de Sandro Romero Rey se titula "La dicha y la lengua". Fundación Santillana, Academia Colombiana de la Lengua, 2006. 211 páginas.

    LA DICHA Y LA LENGUA

    Por: Sandro Romero Rey

    Cuando se estrenó la película colombiana La vendedora de rosas, se insistió en España que se presentase con una aclaración: "hablada en colombiano, con subtítulos en castellano". Pareciese como si el idioma no hubiese viajado, no se hubiese transformado, pero, al mismo tiempo, no se hubiese mantenido en su misma esencia, en su mismo furor, en su misma capacidad de maridaje

    Tenemos una dependencia necesaria con la lengua española. En el arte, los músicos, los pintores, los bailarines, se comunican con sus herramientas sin la necesidad imprescindible de recurrir a la palabra. En el teatro, en la literatura, en el cine o en la televisión, necesitamos un tipo de comprensión que va más allá de la visión o el tacto. Necesitamos de la verosimilitud o del delirio de los signos verbales, para que dichas manifestaciones se justifiquen.

    Aunque el cine haya empezado siendo silente, la televisión y el video recurran a la primacía de las imágenes o las artes escénicas se inclinen por el silencio elocuente de los lenguajes no verbales, no podemos evitar en nuestro medio, pensar en español, en castellano, que es una sola, inmensa lengua. Sí. Somos peruanos, mexicanos, argentinos, cubanos, sevillanos, madrileños, colombianos. Sin embargo, cuando necesitamos comunicarnos, tenemos una tabla de salvación en el lenguaje. Un español y un ruso, que no hablen ruso y español, se relacionarán con la intermitencia tarzanesca de las ideas o deben recurrir a la necesaria y frágil mediación de traductores. Al mismo tiempo, los amantes de idiomas diversos deben recurrir a otro tipo de lenguas para poder gemir al unísono.

    El español no sólo representa un medio sino, al mismo tiempo, un fin. Ha sido nuestro punto de contacto entre América y Europa. "El Atlántico no ha sido para mí abismo, sino puente", dice Carlos Fuentes. Nuestro punto de llegada, para los mal llamados latinos y para los ibéricos, sigue siendo la palabra. Hoy por hoy, cuando las fronteras se cierran y el mundo trata de reducirse al refugio de sus propios miedos, pareciese como si la palabra se fuera a convertir en motivo de discordias. ¿Quién habla el verdadero español, castellano? ¿En qué medida tendremos que caer en la trampa de la maldición del sudaca? ¿Podemos encontrar en el arte, a través de la lengua hispanoamericana, una especie de redención?

    La jerga de las comunas nororientales de Medellín, los versos de don Luís de Góngora, las novelas de Guillermo Cabrera Infante, las canciones de Café Tacuba, los cuentos de Julio Cortázar, los sueños y las pesadillas de Enrique Vila-Matas, el verbo secreto del Teatro La Candelaria, el cine, en fin, el teatro, la poesía, el cuento, la novela, el ensayo, las canciones, concebidas y pensadas en español, tienen el poder de lanzarnos un salvavidas, de conciliarnos con un polo a tierra, cuando la necesidad de la comprensión profunda la conseguimos gracias al lenguaje.

    El arte en Hispanoamérica está cimentado en su palabra. Vivir en español no es lo mismo que vivir en inglés, en francés, en ruso. Vivir en español, crear en español, amar en español, sufrir en español, lanzar un último suspiro en español, nos da una carta de independencia con el mundo y, al mismo tiempo nos une, en una especie de sociedad secreta, donde cada día más se nos suman los curiosos, que quieren ser testigos de la extraña dicha de nuestra lengua.

    EL TEATRO COLOMBIANO 1990-2007: LA TRADICIÓN DE LA VANGUARDIA

    EL TEATRO COLOMBIANO 1990-2007: LA TRADICIÓN DE LA VANGUARDIA.

    Gran Enciclopedia de Colombia. "El Tiempo". Cultura 2. Tomo 9. 2007.

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    LOS QUE CUENTAN

    LOS QUE CUENTAN.

    Incluye el relato "Capítulo final", por Sandro Romero Rey. Finalista Concurso de Cuento Revista Número. 2008. Publicaciones Revista Número. 2008.

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    CALI-GRAFÍAS / CALI-GRAPHIES.

    CALI-GRAFÍAS / CALI-GRAPHIES.

    La ciudad literaria / La ville littéraire.

    Edición bilingüe. Contiene capítulo de la novela "Oraciones a una película virgen" de S.R.R. Ediciones Universidad del Valle. Vericuetos No. 22. 419 páginas. Febrero de 2008.

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    EL ACTOR Y SUS OTROS

    EL ACTOR Y SUS OTROS. Viajes gésticos hacia un rostro.

    De: César Badillo.

    Prólogo: la sombra de una duda. Por: Sandro Romero Rey.

    Ediciones La Taquilla. 1994.

    Libro escrito por César Badillo ("Coco"), actor del Teatro La Candelaria de Bogotá, desde 1979. Es una reflexión, desde la perspectiva de quien se para noche a noche en las tablas y un buen día decide pensar acerca de su oficio.

    La investigadora teatral Liliana Alzate lo presenta así: "El actor y sus otros es un libro para actores-viajeros; un navegar incierto entre océanos de años; un confluir de dudas y reflexiones en busca del OTRO".

    El texto de Sandro Romero se compone de una serie de preguntas que le asaltan al prologuista sobre las razones que mueven a un actor a decidirse a escribir sobre su proceso creativo.

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    CARTAS DESDE ÁFRICA

    CARTAS DESDE AFRICA. Relato de una misión.

    De: Tatiana Romero Rey.

    Prólogo: la misión de mi hermana. Por: Sandro Romero Rey.

    Edición privada. Impresiones Arco. Cali, Colombia. 2001.

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    La incansable tía Amparo Rey Córdoba realizó esta amorosa edición de la correspondencia de Tatiana Romero desde distintos países africanos (Chad, Mali, Mauritania), donde realizó trabajos como "misionaria" del Banco Mundial.

    Sandro Romero, hermano de la autora, aceptó la misión impuesta por su tía y escribió la presentación del libro, donde dice, entre otros apartes: "CARTAS DESDE AFRICA, es un epistolario diáfano, sencillo, contundente, como lo deben ser siempre las buenas cartas. Respiran amor e inocencia, capacidad de entrega y un humor discreto y agotado, como si le diera miedo desbaratar la magia de lo descubierto".

    DESNUDA EN EL ARMARIO

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    DESNUDA EN EL ARMARIO

    De: Cecilia Percy

    Presentación. Naturaleza muerta con desnudo. Por: Sandro Romero Rey.

    Editorial Domingo Atrasado. 2006.

    ¿Qué relación existe entre desnudarse y escribir un libro? Mejor aún: ¿qué relación existe entre desnudarse y publicar un libro? En mi caso, por lo pronto, puedo decir que, presentar un libro ajeno es como ponerse un vestido muy elegante, pero prestado. Quiero decir, es algo que, por mucho uno desee que le pertenezca, eso no será posible. Uno termina por ahí, con un poco de envidia, exhibiendo las virtudes de otro, esperando llegar pronto a casa para quitarse la ropa y poder estar, tranquilo y desnudo, con la resignación de una tácita derrota.

    La pregunta parece tonta, en pleno siglo XXI, pero cada vez que nos aventuramos a leer una primera novela, siempre se nos desata el impulso de interrogarnos cuál fue el mecanismo interno del autor para lanzarse durante varios meses a encerrarse frente a una pantalla y rellenar con letras su cerebro en blanco. Yo recuerdo que, en la adolescencia, había niñas (casi nunca niños; pero esa es otra historia) que confesaban que escribían "para ellas mismas" y sus diarios personales se convertían en auténticos tesoros de la curiosidad, la cual sólo era saciada si el diario permanecía, por equivocación, dormido y solitario en un cajón sin llave.

    Cecilia Percy ha escrito todo lo contrario. No conozco cuáles hayan sido sus impulsos, pero supongo que Desnuda en el armario surgió de una manera similar a como salieron los diarios de la adolescencia. Pero, poco a poco, el texto se fue convirtiendo en esta extraña y hermosa novela. No sé a quién se le debe agradecer el hecho de que ella haya decidido publicar estas páginas delicadas, secretas, de extraño lirismo. Pero hubiese sido una verdadera lástima no tener el gusto de leer esta saga compuesta por Amadas desadaptadas y Domingos efímeros, por Manuelas torpes, e insólitas y desaliñadas tías Elviras, por Andreas ninfómanas...

    El libro parece ser una colección deshilvanada de recuerdos. Pero hay más, mucho más en este calidoscopio de voces y de sombras, las cuales se mezclan por obra y gracia de un travieso cerebro. En Desnuda en el armario estamos frente a una galería melancólica de fracasos, escrita con tímido humor y poseída por un adorable sentimiento de venganza. Hay, a lo largo y ancho de esta colección de sombras, una especie de tácita recriminación hacia un mundo que se resiste a avanzar, un microcosmos que se despide (y, al mismo tiempo, le pertenece) de las nostalgias de La hojarasca de Gabriel García Márquez, de Respirando el verano de Héctor Rojas Erazo, de En diciembre llegaban las brisas de Marvel Moreno,, para sólo citar tres de los textos admirables de la literatura de la Costa Atlántica colombiana.

    Porque, para qué evitarlo, el libro de Cecilia Percy es un libro que respira, por todos los poros de su desnudez, aires del Caribe de su país natal. Los personajes de Desnuda en el armario, como en los dramas de Chejov, pareciese como si quisieran huir del Destino que les tocó en la vida. Quieren huir de su pueblo, quieren huir de las ciudades, quieren huir de ellos mismos. Pero, de igual forma, lo aceptan y lo admiten porque pareciera que no les quedase más remedio. Sí. La tristeza existe en las páginas que siguen. Pero es una tristeza barnizada de gentiles carcajadas, las cuales nos ayudan, como en la vida, a que los sinos fatales sean recibidos con la satisfacción de las aventuras prohibidas.

    Cecilia Percy, hasta donde sabemos, comenzó su entusiasmo por la escritura, gracias a (o por culpa de) la televisión. Ha sido libretista de seriados, de unitarios, de programas infantiles, de telenovelas. Su cinefilia y su pasión por la lectura la llevaron, de un solo impulso, casi sin proponérselo, a quitarse la ropa de la discreción y a correr el riesgo de estar desnuda en el armario de los libros publicados. Los verdaderos escritores son los que corren riesgos y los que, sabiendo que el fracaso está a la vuelta de la esquina, se lanzan al vacío porque no les queda más remedio. Onetti decía que hay dos clases de escritores: los que quieren ser escritores y los que quieren escribir. En el caso de Cecilia Percy, no cabe la menor duda de que estamos ante el segundo caso.

    El hecho de que se haya decidido a sacar a la luz su texto, es la mejor manera de comprobar que su strip tease literario es un riesgo que ella se ha atrevido correr a fondo. Siga usted adelante, señor lector. Le aseguro que, cuando menos lo piense, el libro se ha terminado y a usted le han quedado ganas de más, de mucho más, como en los mejores placeres de la vida.

    Podríamos, para finalizar, concentrarnos en hablar de la estructura, de los catorce bloques del libro, de los pequeños sub-bloques, de sus títulos y de sus poéticos subtítulos. Podríamos hacer el árbol genealógico de esta singular familia de miradas obtusas. Pero me temo que sería llover sobre mojado y dañaríamos la sorpresa de descubrir un mundo sin cartas de navegación. Por lo pronto, que sea Cecilia Percy, sola y desnuda, la que nos cuente la historia que se traía entre manos.

    LA DOSIS MORTAL

    LA DOSIS MORTAL (CUENTOS). De: Adriana Cantor. Presentación: "Adicto a La dosis mortal" de Sandro Romero Rey. Cali, Editorial Feriva. 2008.

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    ANTOLOGÍA 58 ESCRITORES COLOMBIANOS 21 FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA. 2007.

    ANTOLOGÍA 58 ESCRITORES COLOMBIANOS 21 FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA. 2007. Incluye el texto de Sandro Romero Rey "La ciudad encantada". Publicación del Ministerio de Relaciones Exteriores y del Ministerio de Cultura de Colombia y de la Feria del Libro de Guadalajara. 2007.

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    LA CIUDAD ENCANTADA

    Por: Sandro Romero Rey

    Cali es una ciudad cada vez más perdida al occidente de Colombia, capital del departamento del Valle del Cauca, a pocas horas del océano Pacífico, donde tuve la suerte de nacer y donde cada vez es más difícil entender las razones por las cuales vinimos a este mundo. Los caleños nos hemos inventado una nueva manera de entender la alegría y así lo rezan los mejores epítetos para definir el misterio de su encanto. Cali se conoce como "la sultana del valle", "la sonrisa de Dios sobre la tierra", "un sueño atravesado por un río" o, simplemente, como "la capital de la alegría". Ante tanto derroche de felicidad uno empieza a sospechar que todo ese asunto es cierto y que, quizás, el equivocado es el triste y silencioso espécimen que garrapatea estas líneas.

    Cali es una ciudad tan feliz, que casi no tiene escritores. No hay necesidad de cantarle a nada, porque en Cali decidieron, decidimos, mitificar la música antillana y convertirla en el pulso de nuestra sinrazón diaria. Cali se conoce también como "la capital mundial de la salsa" y, por consiguiente, cuando se canta y se baila a gritos las 24 horas del día, no hay mucho tiempo para sentarse a escribir en o sobre la ciudad. No en vano, la novela que considero más importante de la literatura caleña de todos los tiempos se llama ¡Que viva la música! En Cali todo lo resuelven bailando. La palabra escrita, en Cali, pareciese como si fuera un asunto de viejos poetas.

    Y viejos poetas hay unos cuantos y muy buenos. En todas partes hay poetas, por supuesto, pero en Cali son especiales, porque pueden contarse con los dedos de una sola mano. No voy a nombrarlos, porque no quiero ganarme enemigos, ni gratuitos ni pagados y creo que todo poeta tiene el derecho de guardar la esperanza de figurar en el paraninfo de los inmortales. En lo que a mí respecta, la poesía de mi ciudad me llegó un poco a contracorriente y me temo que aún me emociono un tanto más con las canciones que con los versos, pero ése es un problema tan privado, que no quiero comprometer a nadie en el asunto. Pero no quiero ser injusto con algunos poetas como Antonio Llanos o Harold Alvarado Tenorio, con Gilberto Garrido o Jotamario Arbeláez, con Tomás Quintero o con Orietta Lozano. "¿Qué hay en un nombre?", preguntaba Shakespeare. De repente nada, así que mejor callar, antes de que sigamos traicionándonos.

    En cuanto a la prosa, creo que es un terreno donde me entusiasmo con mayor facilidad. Desde María, la novela romántica de Jorge Isaacs, muchísimo más grande de lo que uno cree, hasta los opíparos decibeles de hoy en día, creo que se encuentran varios y gratos ejemplos de una literatura que se impone a pesar, incluso, de sí misma: las novelas intrépidas de Gustavo Álvarez Gardeazábal, los textos megalómanos y felices de Umberto Valverde, los escritos taciturnos de Fernando Cruz Kronfly o las pesadillas de Germán Cuervo, de Fabio Martínez, de Carlos Patiño. Pero, sin temor a equivocarme, para mí (y resalto la primera persona, antes de morir en el intento) el escritor caleño por excelencia es el desaparecido Andrés Caicedo, autor de la ya citada ¡Que viva la música!, a quien le he consagrado 25 años de mi larga vida, organizando y publicando sus textos póstumos. Andrés se suicidó en 1977, muy joven, dejando un reguero de cuentos, novelas, obras de teatro y monumentales escritos sobre el cine. Decía que escribía tan sólo para muchachitos entre los 12 y los 15 años y el tiempo le ha dado la razón pues, 3 décadas después de su pepera fatal, sus lectores se siguen multiplicando en mi país como conejos, hasta el punto de convertirlo en un autor de culto o, lo que es peor, en un mito que no cesa.

    El Cali que me pertenece, ya no existe. Existe en las páginas de Caicedo y, sobre todo, en mi novela Oraciones a una película virgen, que publiqué en 1993 y que aún da cuenta de una ciudad que para mí ha sido como un set, una ciudad que terminó llamándose Caliwood, gracias a los chistes de nuestra pandilla cinéfila. Mick Jagger decía de su condado natal, Kent, en Inglaterra, que era "el mejor lugar para nacer y el mejor lugar para no volver". Quisiera decir lo mismo de Cali, pero no puedo. Cali es un vicio feliz, del cual no puedo desprenderme, a pesar de todos los esfuerzos que uno hace en la vida para desembarazarse de los amores imposibles. Cali ha pasado de ser un templo de la cultura, epicentro del cine colombiano y del nadaísmo, cuna del teatro experimental y paisaje de grandes artistas plásticos, a convertirse en una ciudad apeñuscada y amorfa, donde todo pareciese que se hubiera limitado a ser eco del narcotráfico, de la salsa o del fútbol.

    Sin embargo allá, muy en el fondo, cuando uno se abre paso por entre las sombras, los esqueletos de los edificios y las ruinas estridentes de la Avenida Sexta, respira aún la secreta y mágica ciudad encantada, aquel territorio de la infancia que se resiste a morir, a pesar de que nuestros equipos de sonido hayan apagado sus turbinas.

    Cuando yo era adolescente, había en mi ciudad una discoteca que se llamaba Mexicali. No sé si existan hilos secretos que nos unan a los mexicanos y a los caleños. De repente, el hecho de que haya una ciudad, desconocida para mí, que nos aparea sin saberlo, sea una buena razón para gozar con algo que va más allá de las complicidades y las coincidencias.