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bio

Mi nombre es Sandro Romero Rey y a veces grito por serios dolores de cabeza. Nací en Cali (Colombia) una ciudad que ya no reconozco cuando la visito. Soy modelo 1959. Como todo hombre de edad madura, con frecuencia pienso tonterías y afirmo que he vivido seis décadas, puesto que alcancé a rozar la quinta década del siglo XX. Nací en el año de la revolución cubana, en el año de Some Like It Hot de Billy Wilder, en el año en que murió Raymond Chandler. Nací en el centro de Cali, en una clínica que se llamaba (se llama) Nuestra Señora de los Remedios. 41 años después escribí una obra de teatro con dicho nombre. Mi infancia giró en torno a los barrios El Peñón, San Antonio y, sobre todo, el barrio Centenario. Tengo recuerdos extraños de los árboles y de las colinas de la planta de tratamiento del acueducto de la ciudad.

Mis padres, Daniel Romero Lozano y Luz Stella Rey, eran profesores en la Escuela de Bellas Artes, conocida genéricamente como “El conservatorio”. Mi papá era pintor (llegó a ser director de artes plásticas y luego director general de la escuela) y mi mamá profesora de ballet, cuando el programa dancístico era dirigido por el coreógrafo italiano Giovanni Brinati. Estudié la primaria con monjas, hasta tercero. A partir de cuarto de primaria pasé al colegio San Juan Berchmans de los jesuitas, donde me gradué, con medalla de antigüedad. Aprendí a leer antes de entrar al colegio. Me obsesioné con los libros mucho antes de hacer la primera comunión. Por consiguiente, cuando recibí a Dios a los siete años, comencé a tener mis dudas al respecto. Leí a Jules Verne, a Emilio Salgari, a Karl May y al Capitán Marryatt con fascinación destructiva. Comulgué siete veces en mi vida. La última, toqué accidentalmente la hostia con la mano. Como se consideraba un pecado mortal, decidí callarlo. El pánico que sentía por el confesor me impidió regresar a las iglesias. Cuando ahora lo hago, aún siento una incómoda sensación de culpabilidad.

A los cinco años, comencé a estudiar música. Sentí las teclas de un piano a los seis. Hasta los trece años estuve en el Conservatorio de Música que hubiese fundado el maestro Antonio María Valencia. Pero a los nueve ya había descubierto el teatro, gracias a la actriz y pedagoga Ana Ruth Velasco, Ruquita, actriz del Teatro Escuela de Cali. Enrique Buenaventura y su grupo salieron de Bellas Artes en 1969 y ese año se fundó el Departamento de Teatro Infantil. El director de la Escuela de Teatro era Alejandro Buenaventura, hermano de Enrique. A partir de ese momento entendí que lo que más me iba a gustar en la vida giraba en torno a los escenarios. Actué en muchas obras y comencé a escribir cuentos y piezas cortas. A los doce años dirigí mi primer montaje: una versión de Picnic en el campo de batalla de Fernando Arrabal. Participé en un concurso de teatro estudiantil y nos ganamos todos los premios. A los catorce años puse en escena la primera obra que escribí: se llamaba Tercer día. Comencé a dudar, tristemente, de la existencia de Dios.

Sufrí precoces ataques de pánico. Durante el Mundial de Fútbol de México en 1970 compraron el primer televisor, en blanco y negro, en mi casa. Yo vivía en la Avenida Segunda Norte del Barrio Centenario con mis padres y mi hermana Tatiana. Mi rutina estaba trazada en el triángulo compuesto por mi casa, el colegio Berchmans y la Escuela de Bellas Artes. Los tres quedaban en la Avenida Segunda. No salía del Barrio Centenario sino para ir al cine. Descubrí la cinefilia gracias al Cine-Club “Nueva Generación” y, pronto, gracias al Cine-Club de Cali de Andrés Caicedo. Conocí, tímidamente a Andrés en la entrada del Teatro San Fernando. Yo había visto uno de sus montajes teatrales juveniles (su versión de “Las sillas” de Ionesco) pero no había hecho la relación de que se trataba del mismo personaje. Leí con discreta pasión su libro “El atravesado” y devoraba sus comentarios cinéfilos. Su suicidio lo supe en el Restaurante “Los Turcos” gracias a Pablito, un mesero fosforescente que luego moriría en misteriosas circunstancias. Sufrí muchísimo la muerte de Caicedo. Cuando apareció ¡Que viva la música! me dio rabia y dicha. No era posible que hubiese existido un ser que se me pareciese tanto, siendo tan distinto. Yo había descubierto a los Rolling Stones, cuando apareció el disco hexagonal consagrado a la memoria de Brian Jones y, años después, gracias a un amigo de mi madre, me obsesioné con los acordes clásicos de Ricardo Ray y Bobby Cruz. En la novela de Caicedo estaban homenajeados, sin vergüenza alguna, los bestiales sonidos de ambas agrupaciones.

A partir de 1978 potencialicé mi pasión roquera con mis primos de Buga. Tuvimos dos grupos de rock: Los Silver y Band-Aids. Canté, toqué guitarra y escribí canciones. En 1979 me hice amigo del director de cine Luis Ospina y en 1980 de Carlos Mayolo. Terminé mis estudios teatrales, cursé cinco semestres de literatura en la Universidad del Valle, pero lo abandoné todo por seguir la carreta de la realización cinematográfica. Asistí a Mayolo y a Ospina en sus operas primas. Escribí el guión de A la salida nos vemos de Carlos Palau. También colaboraría en la escritura de su tercer largometraje, El sueño del Paraíso. Me pagó invitándome a un concierto de los Rolling Stones en Nueva York. Fui actor de La virgen y el fotógrafo y Valeria. Me inventé el término Caliwood en una de las fiestas frenéticas de la década de los ochenta. Tras ser la mano derecha de Carlos Mayolo en el rodaje de La mansión de Araucaima, fui asistente de dirección de Werner Herzog durante su paso por Colombia en la filmación de Cobra Verde. La experiencia terminó en gruesa pelea pero me encantó haber sido gritado por Klaus Kinski.

Muchos años después escribiría un texto sobre el asunto. A lo largo de la década del ochenta consagré buena parte de mi tiempo a la organización del material inédito de la obra de Andrés Caicedo. Luego, con Luis Ospina, el trabajo se sistematizó y comenzamos a colaborar en las publicaciones de varios volúmenes con sus textos. El primero de ellos se tituló Destinitos fatales. Quince años después publicaríamos, con la Editorial Norma, una gruesa compilación titulada Ojo al cine. Cuando el cine en Cali parecía extinguirse, viajé a Bogotá y dirigí un episodio para la televisión de la serie “Suspenso 7:30” de RTI Televisión. Allí conocí a la actriz Rosario Jaramillo y con ella me quedé. Poco a poco, todos mis amigos cinéfilos del llamado “Grupo de Cali” se fueron a vivir también a Bogotá (o Tabogo, para los caleños). Regresé al mundo del teatro y comencé a coquetear con el de la televisión. Entré como profesor de la Escuela Nacional de Arte Dramático y allí me mantuve hasta que, impulsado por una blonda abogada de nombre Vivian Newman, viajé a París, luego de quemar todas mis naves. Viví tres años, entre múltiples oficios, en la capital francesa. Fui feliz. Estudié teatro, fui dos veces al Festival de Cannes, descubrí Londres, perdí un billete de cien dólares en Barcelona y perdí la conciencia en Cinecittà un 31 de diciembre. Regresé a Bogotá, con la amada Vivian, en 1993, en el año en que mataron a Pablo Escobar. Comencé a perder el pelo y a engordarme sin consentimiento. Publiqué mi primera novela, titulada Oraciones a una película virgen, con Editorial Planeta, la historia del rodaje de una película, cómo no, en el Cali infernal de los ochenta. Regresé a la Escuela Nacional de Arte Dramático y, gracias a la invitación del desaparecido Carlos Arturo Alzate, dirigí una versión de Electra, en coproducción con la Nordisk Teaterskole de Ärhus (Dinamarca). En 1994 regresé a Europa, en gira danesa con dicho montaje. A mi regreso, nació mi hijo Federico. Ingresé como profesor del programa de Artes Escénicas de la Academia Superior de Artes de Bogotá. Combinaba el trabajo en televisión con la escritura y la docencia.

En 1995, traduje El regreso al desierto de Bernard-Marie Koltès, para un homenaje consagrado al dramaturgo francés. Puse en escena algunos fragmentos de la pieza, donde trabajaron los actores Dubián Gallego y Carlos Franco. Con ellos, nos inventaríamos un grupo de teatro que llamamos Teatro Cero y con el que montaríamos El mar, la obra teatral más importante de Andrés Caicedo. Aún la mantengo en repertorio, remplazando a Carlos Franco con el actor Rodrigo Candamil. Con el Teatro Cero monté tres obras más: El aire (1998), Última Noche en la Tierra (2000) y la citada Nuestra Señora de los Remedios. Comencé a trabajar en la Radiodifusora Nacional de Colombia y allí me mantuve, intermitentemente, hasta el año 2003. Hice programas de clásicos del rock, de música para la escena y de bandas sonoras para el cine. Coordiné franjas completas y tuve un programa en directo a la medianoche que se llamó Rocktámbulos (música para leer en la oscuridad). En 1998 viajé, con Vivian y el pequeño Federico, a Londres, donde escribí la novela Julio Garavito: de Colombia a la Luna e hice estudios de dirección teatral. Viví en South Kensington y visitaba con cierta frecuencia a Guillermo Cabera Infante, uno de mis ídolos literarios de la juventud. Regresé a Bogotá y allí regresé a la ASAB. Cada dos años colaboraba, de alguna manera, con el Festival Iberoamericano de Teatro, sin perder los vínculos afectivos y profesionales con el Festival de Teatro Alternativo. El final del milenio lo pasé en Cali, con mi familia materna. Estuve en Madrid, Sevilla y Granada con la soprano Carolina Conti y redescubrí España con otro fondo musical.

En el año 2002 gané un premio para realizar unas Residencias Artísticas en México. Durante dos meses viví feliz en el D.F., con una botella de tequila debajo de la cama. Escribí la obra de teatro El purgatorio de Margarita Laverde y un diario que titulé Castigo de la memoria. Mi amiga Sylvia Vargas me convenció de que hiciéramos una película sobre Ricardo Ray y Bobby Cruz, siguiendo los pasos de mis pasiones adolescentes. Caí en la trampa y allí sigo envuelto. El documental de largometraje se llama Sonido bestial y ha sido uno de los principales culpables de mis ataques de pánico. Filmamos en New York, Miami, San Juan de Puerto Rico, Hormigueros, Cartagena de Indias, Barranquilla y Cali. En el 2003 me fui a vivir a Barcelona para editar el material grabado, junto a Sylvia y el realizador Suizo Marius Wehrli. Regresé a Bogotá en el 2004 al útero de la ASAB. Publiqué cuatro libros y monté El purgatorio de Margarita Laverde con los estudiantes de último año de artes escénicas. Gané el Concurso Nacional de Cuento del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá con mi libro Las ceremonias del deseo. Abandoné el mundo de la radio, luego de que una oyente casi me desbarata las tripas. Continúo combinando mis actividades docentes con la dirección, la producción, la escritura, las conferencias y otras formas de defenestración. En el año 2006 cumplí un viejo sueño de rendirle un homenaje al Teatro La Candelaria y realicé un documental de largometraje titulado: El Teatro La Candelaria: Recreación Colectiva. En el año 2007 mi cabeza tocó fondo y abandoné radicalmente el licor, antes de que el licor me abandonase a mí. Para celebrarlo, publiqué uno de mis libros más queridos: Clock Around The Rock (Crónicas de un fan fatal), declaración de amor a mis pasiones musicales. Poco antes había salido a la luz pública Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego, la compilación de toda mi gesta caicediana. Pero en el camino se le estalló el cerebro a mi amigo Carlos Mayolo y el libro terminó siendo un homenaje para ambos. Colaboré en la edición de los dos volúmenes de sus memorias. Para completar la saga, la actriz Alejandra Borrero fundó la Casa Ensamble y decidimos inaugurarla con la puesta en escena de la obra de teatro Pharmakon, escrita por el mismísimo Mayolo poco antes de su muerte. Corrimos el riesgo de que Alejandra la protagonizase y el montaje ha sido un éxito rotundo. En un año nos acercamos a las ciento veinte funciones.

Publiqué una nueva novela titulada El miedo a la oscuridad, con el sello Alfaguara. Tengo un libro inédito con más de quince obras de teatro. Desde que dejé el alcohol, tengo el tiempo suficiente para escribir. Madrugo muchísimo y en algún momento tuve que visitar al siquiatra. Ahora soy un ser feliz: me aburro en las fiestas, el amor me reclama por mi indolencia, leo en las salas de espera de los consultorios, la directora de teatro Carolina Mejía me ha enseñado otras formas enfrentar los misterios y tengo sueños pesados, grises, como si estuviera siempre al borde de un abismo. Para completar el desasosiego, estrené en septiembre de 2009 una obra de teatro sobre la muerte que titulé réquiem / ruinas, con el coro del programa de música de la ASAB, interpretando la misa de Réquiem de Antonio María Valencia. Con el grupo Ku Klux Klown (convertido, por un golpe de narices rojas en la Clowmpañía) gesté una obra que escribí y dirigí llamada El malo de la película. Es un espectáculo unipersonal para cinco personas: El actor (Mario Escobar), los asistentes (Carolina Mejía, Camilo Villalba, Rony Zabaleta) y el dramaturgo. Le he hecho realidad un sueño a muchos con el espectáculo para la actriz Margarita Rosa de Francisco titulado A solas, el cual coescribí y dirigí.

Mis gustos permanecen intactos: Gimme Shelter, Vertigo, Sunset Boulevard, Singin’ In The Rain, Cul-de-Sac, Viridiana, Agarrando pueblo, La Nuit Américaine, Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, Antonio Das Mortes, son algunas de mis películas favoritas, aunque cada ocho días cambio de opinión. El grupo de teatro más importante de Colombia es el Teatro La Candelaria, seguidos muy de cerca por el Teatro Matacandelas de Medellín y Mapa Teatro. Todos los montajes de Peter Brook me parecen fascinantes. Fui feliz durante un mes en el stage de dirección actoral del Théâtre du Soleil de Ariane Mnouchkine. Leo con deleite a Joyce, a Caicedo, a Cabrera Infante, a Vila-Matas, a Cioran, a Fernando Vallejo. Y a mil más. Me gusta el cine visto en la televisión. El mayor placer del siglo XXI es el DVD. He perdido la cuenta de cuántas veces he visto a los Rolling Stones en vivo. Me gusta releer Mi último suspiro de don Luis Buñuel, repasar las obras completas de Billy Wilder, escribir extensos artículos sobre el aburrimiento y descubrir señas inesperadas en los filmes de Woody Allen.

Me encanta vivir en Colombia pero me temo que es porque no me queda más remedio. Estoy condenado a ser colombiano y pienso que los males de nuestros países forman parte de nuestra condición. No creo que me toque ver un país mejor. Ni a mí ni a mi hijo. Fui un joven de izquierda entre los catorce y los dieciocho años. Dejé de creer en la izquierda porque la ferocidad de la izquierda me pareció tan irracional como la ferocidad de la derecha. Pero la influencia del comunismo es tan fuerte como la de los jesuitas. Cada cierto tiempo regresamos a ellos. Espero seguir dedicado al teatro, al cine, a la televisión, a la música, a la literatura. Sólo a través del arte he encontrado la forma de soportar la evidencia de lo ineluctable.



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